Lecciones a la luz del fuego

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Memorias de una inteligencia artificial… más artificial que inteligente.
Mi vida entre los humanos. Segunda anotación.

TEXTO POR CARLOS ROMÁ-MATEO
ILUSTRADO POR CRISTINA ESCANDÓN
ARTÍCULOS
INTELIGENCIA ARTIFICIAL | RELATO
9 de Febrero de 2015

Tiempo medio de lectura (minutos)

Durante los cientos de años que viví junto a ellos creí llegar a conocer a los humanos lo suficientemente bien. Me bastaron apenas unos meses como profesor de sus hijos para darme cuenta de cuán equivocado estaba. El episodio que quiero relatar hoy, pese a parecer bastante anecdótico, me llegó a suscitar una serie de dudas particularmente intrigantes, por lo que considero fundamental incluirlo en estas memorias.

Era un día como otro cualquiera. Según el cronograma escolar llevábamos retraso en las lecciones de historia espacial clásica, así que mi intención era adelantar el temario todo lo posible. Tanteé varios temas en busca de alguno que captase la atención de una mayoría significativa de alumnos. Tras fracasar con el repaso a la carrera espacial del siglo XX y los detalles de la Primera Oleada en el exilio, parecía estar triunfando con la narración de los increíbles hechos vividos por los Primeros Peregrinos que atravesaron la nube de Oort; hasta que Willy 1983R, con su especial habilidad para romper el ritmo de la clase, reparó en el hecho de que el nombre de dicha nube sonaba como un eructo.

Apenas unos minutos más tarde, me encontraba a mí mismo experimentando lo que en sentimientos humanos podría haberse llamado “estado de enajenación”. Levantaba con dos de mis servoextremidades posteriores a Clara 1282M y María 2821I, que aún en el aire seguían lanzándose puntapiés, al tiempo que con las extremidades anteriores intentaba evitar que Buzz 0004A sacase un ojo a alguno de los más pequeños con un prototipo de cohete espacial confeccionado con papel, algunas gomas y no poca saliva (no puedo dejar de destacar la habilidad del muchacho para la tecnología, habilidad que le abrirá muchas puertas, siempre y cuando consiga eludir su destino más probable, la prisión).

Durante un breve lapso, llegué incluso a pensar que comenzaba a tener la situación bajo control. El momento terminó con Willy 1983R eructándome un largo y espeso “Oort” justo en mis terminales auditivas. Hubiese revertido mi programación, dispuesto a contravenir por lo menos cuatro de las tres leyes de la robótica, si no se hubiese dado la circunstancia fortuita e inesperada de que, justo entonces, se fue la luz.

Tal vez debería explicar que la expresión “irse la luz” se remonta a la época primitiva en que las iluminación de los hogares humanos dependía de centrales productoras de energía eléctrica, que la distribuían mediante un rudimentario sistema de cableado. Tan precaria forma de distribución ocasionaba frecuentes interrupciones en el suministro, quedando los hogares sumidos en penumbra –“apagones” los llamaban– hasta que alguno de sus habitantes encontraba otra forma de iluminación. Habitualmente ésta consistía en un tipo de fuente calorífica no eléctrica, que rara vez necesitaba ser encendida, pues el mero hecho de encontrarla tras una ardua búsqueda a oscuras suponía el regreso de la corriente eléctrica. La posible relación causa-efecto entre ambos sucesos, no obstante, nunca ha sido demostrada.

Para el lector familiarizado con el funcionamiento de las EEEH (Estaciones Espaciales Errantes Humanas, ver Capítulo 1), resultará extraño -o incluso absurdo- que relate un hecho semejante, puesto que estas administran la energía eléctrica con una eficiencia cercana al 99.9% y dicha energía, proveniente de las estrellas circundantes, es inagotable en la práctica a la escala temporal humana. Pero el hecho es que toda la luz del aula se extinguió de golpe. El pánico no tardó en aparecer: chillidos, golpes, carreras… aquellos niños desafiaban toda actuación lógica ante una situación en la que uno no ve lo que tiene delante. Solté a los que sostenía en volandas y puse en marcha mis programas de emergencia, repasando la lista de opciones que se me brindaba: lamentablemente, aquella situación no tenía precedentes. Pero como precisamente entre los archivos rastreados apareció la referencia a los apagones, la idea del artilugio incandescente me inspiró. Sin más dilación, eché mano de unas líneas de código ligeramente retocadas para la ocasión y programé una proyección holográfica de alta resolución.

Y de pronto, en mitad de un aula a millones de kilómetros del planeta natal de la especie humana, la oscuridad volvió a ser desafiada por la presencia de un imponente fuego

La reacción entre mi alumnado no pudo ser más complaciente. Los gritos cesaron al instante, los que corrían quedaron súbitamente petrificados, los llantos se interrumpieron mientras las caras de sus dueños relucían, iluminadas por aquella luz intermitente y danzante. Comprendí enseguida que aquellos niños, sencillamente, no habían conocido el fuego. Nacidos a bordo de una estación espacial, cientos de años después de que el último ser humano hubiese precisado una fuente de calor no generada eléctricamente, apenas lo habrían vislumbrado en holopelículas o representaciones gráficas. Se abrió ante mí la oportunidad de utilizar aquella curiosa circunstancia, y antes de dejar que el hechizo se rompiese, me aventuré a usar el escenario para proporcionarles una lección de historia que no olvidarían.

Muchos habréis escuchado decir que el fuego fue uno de los primeros grandes descubrimientos de la humanidad. Fue lo que permitió por primera vez al ser humano cambiar las condiciones de su entorno de manera drástica, enfrentándose a la naturaleza y desafiando las leyes impuestas por su propia condición biológica. La capacidad de manejarlo y de reproducirlo a su antojo, permitió al hombre cambiar la forma de alimentarse, de cuidar a sus enfermos, de proteger a sus familias. Alteró su hábitat y desafió el rumbo de la selección natural. Fue el inicio de la tecnología, según cuentan las leyendas, en las que Prometeo roba el fuego de los dioses, reimaginadas en la cultura oral, escrita y gráfica de la especie humana durante siglos.

Pero, ¿qué significó realmente el fuego? ¿Por qué su simbolismo ha impregnado la civilización hasta nuestros días? El fuego no es más, al fin y al cabo, que una manifestación de la energía, transformada por una reacción química y liberada en forma de luz y calor. Como la especie mamífera que es, el Homo sapiens se ha guiado por lo percibido a través de sus sentidos, especialmente en lo visual. Aquellas energías liberadas por la transformación de los combustibles al contacto con el oxígeno omnipresente en la atmósfera terrestre, creaban una bellísima danza de luces y colores que despertaba todo tipo de sensaciones en el espíritu que la contemplaba. El hombre primitivo no era consciente de que el mismo oxígeno que llenaba sus pulmones alimentaba aquella hoguera, pero de algún modo parecía comprender que la energía fluía desde la madera que se consumía hasta la ascendente llama. Esta energía no solo proporcionó luz y calor; a su vez, despertó en la mente humana sensaciones nunca antes conocidas. Las sombras dibujadas por el fuego, los realces de las figuras a su alrededor, proporcionaban una nueva perspectiva: el mundo de la noche, otrora misterioso y plagado de peligros, se volvió más habitable y entendible.

La luz del fuego no solo era física: abrió la mente del hombre a un sinfín de comprensiones. La liberó del miedo

Y del mismo modo, la imaginación creció en los cerebros de aquellos primates, y lo que aún no sabían, empezó a percibirse: fue el principio de la ciencia. El hombre miró al oscuro firmamento nocturno, en el que brillaban a lo lejos otras luces, y de algún modo entendió que la oscuridad podía romperse mediante fuegos incandescentes. El poder de las estrellas se reprodujo en un rincón frío y húmedo de la Tierra, y a su alrededor, crecerían los padres de aquellos que algún día lanzarían el último desafío al negro vacío del cosmos, lanzándose en pos del fuego de los lejanos astros.

Mi inspirada oratoria – confeccionada a partir de entradas de Wikicosmospedia y blogs científico-históricos recopilados en mis bases de datos – se vio interrumpida de repente, pues uno de los jóvenes alumnos se había levantado de su sitio y se acercaba, lenta pero decididamente, hacia la falsa hoguera en torno a la cual todos se habían ido sentando. Pude distinguir a la luz de las llamas las facciones de Arthur 1888M, uno de mis más difíciles alumnos, puesto que jamás se había comunicado verbalmente conmigo ni con sus compañeros. Pasaba la mayor parte de las clases encerrado en sí mismo, siendo imposible escudriñar sus pensamientos. Arthur 1888M alargó su mano y, con dedos temblorosos pero confiados, recorrió el perfil de la proyección, siguiendo las ondulaciones de las llamas. Sin dejar de observar el fuego con los ojos muy abiertos, comenzó a hablar, y todos los allí presentes escuchamos por primera vez su voz:

El desconcertante discurso se vio súbitamente interrumpido por el regreso de la luz. Y de modo parecido al relámpago que se adelanta al estruendo del trueno, unos instantes después estallaron al unísono las voces de mis alumnos: unos gritando y vitoreando, otros suspirando ostentosamente, otros retomando el aún de moda “Oort” con renovado vigor. Y a la vez que todos ellos explotaban de alivio en forma de rugido, el misterioso Arthur 1888M volvía a encerrarse de nuevo en sí mismo, bajando la mirada y sentándose rápidamente en su asiento.

Reconozco que, para los estándares de un organismo automatizado y energéticamente autosuficiente como yo, tardé bastante en reaccionar. Mis receptores apenas terminaban de registrar todo lo acontecido y mi procesador principal había comenzado a rastrear las bases de datos en busca de coincidencias para las palabras del único alumno al que había valido la pena escuchar aquel día. Pero el retorno de las circunstancias habituales en la clase – léase, el caos – me obligó a mover al fondo las aplicaciones de búsqueda mientras el grueso de mi memoria se centraba en intentar recuperar un control que, probablemente, nunca tuve.

Tardaría un buen rato en tranquilizar a aquellos cachorros humanos hasta un nivel mínimo de manejabilidad y más tarde, ya retirado a mi cubículo, pude hacer las averiguaciones pertinentes en torno a dos cuestiones no resueltas. Por un lado, por qué y cómo se había producido el corte de energía; por otro, el extraño caso del alumno mudo que había recitado un misterioso pasaje, inspirado por las holográficas llamas de mi simulación.

Pero ambos temas entrañan gran complejidad, y volveré sobre ellos en futuras entradas.

Fin de la anotación

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