Matando moscas a cañonazos

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En alguna región en guerra del intestino humano, dos civiles discuten sobre el sentido y las tácticas de la guerra.

TEXTO POR HÉCTOR RODRÍGUEZ
ILUSTRADO POR JULIETA GUTNISKY
ARTÍCULOS
MICROBIOLOGÍA
16 de Noviembre de 2015


Esta comunicación interceptada durante un imaginario Apocalypse Now bacteriano retrata el escenario que se produce en nuestro intestino cada vez que ingerimos antibióticos. Estos no actúan específicamente sobre la especie de bacteria que amenaza nuestra salud sino que, a la manera de una bomba atómica utilizada para eliminar una plaga de langostas, exterminan a gran parte de las poblaciones bacterianas del intestino con repercusiones que solo ahora empiezan a entenderse.

Los compuestos antibióticos son sustancias diversas que impiden el crecimiento de los microorganismos o los matan. Pudiera parecer que son una invención humana surgida de las factorías farmacéuticas pero en realidad, existen desde antes de que el ser humano apareciera sobre la Tierra. Mayoritariamente se trata de armamento sintetizado por microorganismos para combatir en su hábitat a competidores o invasores y que el hombre ha descubierto y utilizado en su provecho con o sin modificaciones. Sin embargo, a veces los antibióticos son utilizados como señales químicas amistosas a modo de Whatsapp del micromundo (grupo de wasap bacterias zumba: «os mando este guasap-antibiótico para avisaros que he visto a un hongo rondándonos, a por él, empieza el baile»).

Son indudables los enormes beneficios que el descubrimiento y la aplicación clínica de los antibióticos han deparado a la humanidad. Ya desde su descubrimiento, su aplicación en la Segunda Guerra Mundial, particularmente la de la penicilina, fue determinante para el desenlace de la contienda y la salvación de miles de soldados del bando aliado. De la misma manera, en los últimos 100 años estos compuestos son protagonistas principales en el espectacular salto de la esperanza de vida, habiendo convertido infecciones antes graves, como por ejemplo una bronquitis bacteriana, en problemas menores de salud o infecciones mortales en enfermedades crónicas con posibilidad de tratamiento (excepción hecha de los países subdesarrollados donde vergonzosamente aún fallecen millones de personas por este tipo de infecciones).

Sin embargo, en los últimos tiempos se han demostrado los daños colaterales del abuso de antibióticos. El más evidente es la aparición de cepas bacterianas capaces de resistir la acción antibiótica, un problema de salud pública a nivel mundial que ha obligado a redoblar los esfuerzos en la búsqueda de nuevos compuestos (tema que trataremos en una futura entrega). No obstante, existe otra problemática menos comentada pero que puede tener consecuencias importantes para la salud: su efecto en la microbiota intestinal.

Para empezar, el abuso de antibióticos ha causado una disminución de la diversidad microbiana, al atacar además de al patógeno, a muchas de las especies intestinales que han evolucionado con nosotros durante milenios. Esto se hace evidente si comparamos la diversidad bacteriana de tribus no expuestas al uso de antibióticos cuyo número de bacterias diferentes (y potencialmente beneficiosas) es mucho mayor que la de un «comehamburguesas» de un país occidental constantemente clamoxilizado. Parece que estos hábitos estarían llevando a algunos grupos bacterianos al borde de la extinción. Varios estudios han mostrado que la toma de antibióticos tiene un efecto inmediato y duradero en cuanto a la diversidad y abundancia de las bacterias que colonizan el intestino. Cada pastilla antibiótica que ingerimos acaba con numerosas «aliadas» además de terminar con la infección.

Por si esto fuera poco, el antibiótico desplaza a los bichos nativos (la microbiota residente) que ya no podrán utilizar su armamento químico contra los invasores, provocar la adecuada respuesta inmune ni competir con ellos por el espacio y la comida. Está demostrada desde hace tiempo la facilidad de la invasión de patógenos tras un chute antibiótico siendo especialmente preocupante en el caso de bacterias muy peligrosas y de nombres impronunciables como Clostridium difficile, Enterococcus, Citrobacter rodentium y Salmonella enterica que pueden campar a sus anchas por nuestro intestino tras las tomas.

Una posible explicación a las epidemias modernas: antibióticos en la infancia.

Uno de los aspectos más estudiados del abuso de armamento bactericida sobre nuestros socios intestinales es su efecto en los niños y las posibles repercusiones en su futura salud. Diversos trabajos apuntan que el abuso de toma de antibióticos en los primeros meses de vida podría tener repercusiones en la aparición de obesidad, diabetes y otros trastornos como asma, alergias, enfermedades inmunes y autismo, que se han hecho más prevalentes coincidiendo con el aumento de la toma de antibióticos, la generalización de la vida urbanita y la occidentalización de la dieta.

Desde hace años, se conoce que la administración de antibióticos a animales de granja favorece su engorde. Este rápido aumento de peso de las reses es el motivo por el que granjeros de medio mundo atiborran con antibióticos al ganado, con el fin de generar vacas obesas que engordarán al mismo tiempo que el beneficio económico de su criador. Recientemente, sorprendentes estudios llevados a cabo en ratones, han revelado que el origen de este engorde animal se encontraría en la modificación de la microbiota. La toma de antibióticos provoca en estos animales el aumento de la grasa corporal (se compararon en estos experimentos ratones con el mismo menú alimentario, con o sin suplemento antibiótico). Si los antibióticos se combinaban con una dieta alta en grasa el resultado era explosivo, dando lugar a ratones con graves problemas de salud y tremendamente obesos. ¿De verdad este aumento de peso se debía a las bacterias? Para comprobarlo, se administró a ratones sanos (no tratados con antibióticos) bacterias procedentes de ratones obesos-antibiotizados y estos se transformaban como por arte de magia, en ratones obesos, ratificando que la modificación de la microbiota estaba detrás del engorde. Esta microbiota modificada por los antibióticos es capaz de obtener más energía de la comida y alterar la forma en la que el cuerpo digiere las grasas, lo que explica la gordura ratonil.

Por si esto fuera poco, puede haber también una relación entre el abuso de antibióticos y el asma. Al parecer, el batiburrillo microbiano producido por los antibióticos y otros factores (cesárea, leche de fórmula) durante la infancia provocaría una relación alterada de la microbiota con las células madre encargadas de nuestra «construcción» en los primeros meses de vida. Así lo sugieren estudios realizados en Canadá y Dinamarca, que han revelado que los niños que habían recibido más dosis antibióticas tenían más probabilidades de sufrir asma y alergias. No obstante han de llevarse a cabo nuevos experimentos para comprender exactamente qué hay detrás de esta observación.

Se administró a ratones sanos (no tratados con antibióticos) bacterias procedentes de ratones obesos-antibiotizados y estos se transformaban como por arte de magia, en ratones obesos, ratificando que la modificación de la microbiota estaba detrás del engorde.

La ciencia al rescate: una caca puede salvarte.

Como ya se ha mencionado anteriormente, los antibióticos han sido esenciales para el aumento de la esperanza de vida y siguen siendo absolutamente necesarios en muchos casos. Sin embargo, según lo que se ha explicado, parecería razonable evitar la automedicación eliminando las tomas de antibióticos sin supervisión médica, muy extendidas en nuestro país («una de clamoxil jefe; sí, sí, sin receta») y en el caso de los médicos, controlar el gatillo fácil de algunos facultativos en su prescripción y limitarla a lo estrictamente necesario (muchas faringitis leves, por ejemplo, no necesitarían de la toma de antibióticos).

Por otro lado, la investigación científica ya busca compuestos que ataquen específicamente a las bacterias invasoras así como tratamientos alternativos como el uso de bacteriófagos y terapias con bacterias que desplacen a los patógenos y restauren el equilibrio intestinal. Especialmente espectacular, a la par que poco apetecible a priori, es el tratamiento conocido como «trasplante fecal» que en el caso de infecciones muy graves se ha demostrado enormemente eficaz. En este caso, un cóctel de bacterias aisladas de las heces de un individuo sano se administró a pacientes con infecciones intestinales que ponían en peligro su vida. Las bacterias «sanas» desplazaban la infección intestinal y producían la curación en la mayoría de los casos. Mucho queda aún por conocer de esta técnica coprófaga: cuáles son las bacterias rescatadoras, qué mecanismos utilizan... Sin embargo, se ha extendido en los últimos años debido a su elevado porcentaje de éxito en el tratamiento de las infecciones hospitalarias de Clostridium difficile.

Un cóctel de bacterias aisladas de las heces de un individuo sano se administró a pacientes con infecciones intestinales que ponían en peligro su vida. Las bacterias «sanas» desplazaban la infección intestinal y producían la curación en la mayoría de los casos.

En definitiva, hemos evolucionado durante milenios en compañía de nuestras bacterias intestinales y distintas evidencias indican que el cambio de la forma de vida en el último siglo ha alterado esta convivencia. Deberíamos intentar conciliar los beneficios de la modernidad y la paz doméstica con nuestros diminutos aliados, con los que compartimos trinchera y cuyo bienestar supone también el nuestro.

Para profundizar

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