¿Son las bacterias nuestras enemigas?

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Las bacterias han arrastrado durante décadas una fama pésima. A pesar del temor a estos seres invisibles, en las últimas décadas se ha descubierto que nuestro interior alberga millones de bacterias, y que sorprendentemente realizan funciones mayoritariamente beneficiosas para nosotros.

TEXTO POR HÉCTOR RODRÍGUEZ
ILUSTRADO POR JESÚS PADILLA
ARTÍCULOS
MICROBIOLOGÍA
3 de Septiembre de 2015

Cuando empecé a trabajar en un laboratorio de microbiología, siempre que le hablaba a mi abuela de bacterias ella inmediatamente me decía, «ay, ten cuidado hijo» porque imaginaba unos bichos invasores y terribles que aprovechando mis descuidos con el lavado de manos me atacarían sin piedad.

El pensamiento popular describe a las bacterias como entes patógenos causantes de plagas e infecciones y se suele pensar que el esfuerzo de la ciencia microbiológica se afana mayoritariamente en su exterminio. Sin embargo, ya el fundador y gigante de la microbiología Louis Pasteur y alguno de sus barbudísimos (hipsters primigenios) y sabios discípulos sugerían en el siglo pasado la bondad de algunas bacterias para el ser humano. Este es el caso del que después sería Premio Nobel Iliá Méchnikov que postuló que ciertas bacterias presentes en un yogur primitivo que se consumía en Bulgaria, estaban detrás de la alta longevidad de los habitantes de esta región.

Nuestra relación con las bacterias de nuestro tracto digestivo se integra dentro del llamado comensalismo (una asociación entre varias especies en la que no se genera perjuicio para ninguna), lo que si se aplica la traducción literal de la palabra querría decir que bacterias y huéspedes humanos nos sentamos juntos a la mesa. Esto es cierto si tenemos en cuenta que compartimos la comida ingerida que supone para estos microorganismos una fuente constante de nutrientes procedentes de nuestra alimentación. Además, nuestro interior es un refugio perfecto para ellas con una temperatura idónea y constante para su desarrollo. A su vez, las comunidades bacterianas nos ayudan a digerir nutrientes, sintetizan vitaminas que nosotros no podemos obtener de la alimentación y nos protegen de las infecciones de bacterias patógenas, por lo que en esta alianza, generalmente, ambas partes salen ganando.

Para hacernos una idea de la magnitud de su asentamiento, el número de bacterias presentes en un ser humano es diez veces mayor que el de las células que lo componen, con un peso aproximado de más de 1 kg (curiosidad escatológica: el componente principal en peso de las heces humanas lo constituyen bacterias). Esta cantidad enorme de microorganismos, que se encuentra fundamentalmente en el intestino, tiene un papel decisivo en todos los ámbitos de nuestra salud como se irá contando en diferentes artículos. Para comenzar, hoy hablaremos de la colonización inicial tras el nacimiento y sus repercusiones para la salud del bebé y del futuro adulto.

 La colonización inicial: parto natural versus cesárea

¿De dónde vienen las bacterias que habitan nuestro interior?Las bacterias nos acompañan desde el nacimiento. Dentro del útero materno el feto se encuentra en un ambiente estéril, es decir, libre de microorganismos (aunque este paradigma podría cambiar en breve al haberse encontrado recientemente evidencias de presencia bacteriana dentro del útero). Es durante el nacimiento, cuando al pasar por el canal del parto, nos impregnamos de bacterias presentes en la vagina materna que rápidamente avanzan posiciones por el tubo digestivo en busca de un hogar en el que asentarse. Así se convierten en nuestros primeros colonizadores. Estas primeras okupas intestinales son principalmente bifidobacterias y lactobacilos, estos últimos bacterias en forma de bastoncillo, populares entre el gran público por su presencia como coprotagonistas en anuncios televisivos junto a Shakira o José Coronado y que se han relacionado (las provenientes de la madre, no las de los anuncios) con propiedades beneficiosas para el recién nacido. Parece lógico que en el caso de un parto con cesárea, el intestino del recién nacido no sea «okupado» por este tipo de bacterias al ser extraído del útero sin pasar por el canal del parto. En efecto, se ha comprobado experimentalmente que la microbiota (de aquí en adelante se denominará  así al conjunto de bacterias intestinales) que coloniza al bebé nacido por cesárea se parece más a la que se encuentra en las manos de los médicos y enfermeras que ayudan al parto, la piel de los padres y en el ambiente hospitalario donde se aloja en las primeras horas de vida.

Bebé con barrera de protección

 Lactancia y biberón: cómo afectan a la microbiota intestinal

Otra fuente de bacterias colonizadoras en los primeros días proviene de la lactancia materna. Aunque hasta fechas recientes se pensaba que la leche materna no contenía microorganismos, varios estudios han demostrado que además de los múltiples nutrientes que benefician al desarrollo del recién nacido, la leche contiene bacterias y su contenido diferirá (en diversidad y número de bacterias beneficiosas para el bebé) en función de la alimentación y el estado de salud general de la madre. A partir de estos colonos iniciales que viajan en la leche y otras bacterias que el bebé va incorporando por la boca del ambiente que le rodea, en los meses siguientes tiene lugar un «juego de tronos» microbiano cuyo guion podría haber firmado el mismísimo Charles Darwin y que es interpretado por las distintas especies bacterianas.

En este caso, las armas esgrimidas por los microorganismos serán diversas: producción de compuestos que inhiban o impidan el crecimiento de especies competidoras, mecanismos de anclaje a la pared intestinal y de forma predominante, la capacidad para aprovechar en beneficio propio la comida ingerida por el recién nacido. En este sentido, la lactancia es fundamental, al haberse demostrado que los azúcares presentes en la leche materna favorecen el crecimiento de unos grupos bacterianos frente a otros. En este proceso de selección natural, las bacterias que pueden utilizar de manera más eficaz estos azúcares prevalecerán frente a grupos bacterianos que no estén genéticamente preparados para ello. Esta ventaja evolutiva encumbra al grupo bacteriano de las bifidobacterias como las reinas del trono intestinal en estas primeras fases del desarrollo del bebé. Parece lógico, por tanto, que las bacterias encontradas en las heces de bebés alimentados con leche materna o con biberón, difieran significativamente. Esto es así porque la leche de fórmula presenta nutrientes distintos que favorecerán la proliferación de otros grupos bacterianos, obteniendo una microbiota diferente en cada caso y que según estudios preliminares no sería tan beneficiosa como los favorecidos por la leche materna.

En los meses siguientes tiene lugar un «Juego de tronos» microbiano cuyo guion podría haber firmado el mismísimo Charles Darwin y que es interpretado por las distintas especies bacterianas

¿Cómo determinan las «primeras invasoras» la salud del bebé y del adulto?

Las implicaciones de esta variación en la microbiota para la futura salud del bebé podrían ser enormes. Aunque no es cuestión de extenderse aquí demasiado, y para dejaros con ganas de leer sobre este tema en futuros artículos, las primeras bacterias que albergamos educan al sistema inmunitario. El sistema inmunitario aprende con ellas a distinguir entre bacterias patógenas y bacterias beneficiosas y queda establecido de este modo como escudo protector para la vida adulta. Una «mala educación» del sistema inmunitario en estos primeros años ocasionaría su posible sobreactuación y estas circunstancias se han relacionado con trastornos alérgicos y asma. Del mismo modo, la alteración de la microbiota infantil se ha relacionado recientemente (en ensayos con ratones y humanos) con trastornos metabólicos como la obesidad y algunos tipos de diabetes. 

Sabiendo que existe un vínculo entre desequilibrios en la microbiota y obesidad (y otras enfermedades), algunos hospitales de EEUU frotan al recién nacido por cesárea con gasas procedentes de la vagina de la madre, intentando imitar el paso por el canal del parto. Esta medida se ha demostrado bastante eficaz en cuanto a la incorporación de bacterias beneficiosas semejantes a las adquiridas por el recién nacido en un parto natural.

Las primeras bacterias que albergamos educan al sistema inmunitario. El sistema inmunitario aprende con ellas a distinguir entre bacterias patógenas y bacterias beneficiosas y queda establecido de este modo como escudo protector para la vida adulta

De la misma manera se ha demostrado que las bacterias recibidas y fomentadas a través de la lactancia materna tienen un papel protector para el bebé frente a las infecciones de bacterias patógenas. Estas bacterias compiten por el espacio con posibles patógenos y a través de armas biológicas en forma de compuestos antimicrobianos, impiden su proliferación.

Si tenemos en cuenta todo lo dicho hasta ahora, parece que el parto natural favorece una microbiota más saludable que la cesárea, al igual que lo hace la alimentación vía lactancia materna en los primeros meses evitando la toma de antibióticos (siendo este un tema apasionante que se tratará en otro artículo).

Pero no todo son malas noticias. Como en algunos casos, por diversas circunstancias, el parto natural o la lactancia materna no son posibles, la ciencia viene a nuestro rescate a través del desarrollo y aplicación de técnicas que restauran la óptima composición del microbioma. Entre ellas, los ya mencionados «frotamientos» del bebé con un paño «vaginal», el aumento de la disponibilidad de leche procedente de bancos de lactancia y su adecuada caracterización y la mejora de las leches infantiles que contengan bacterias (a las que llamaremos probióticos si sus efectos están demostrados) y/o azúcares que imiten los de la leche materna (prebióticos, que serán aquellos compuestos que ayudan al crecimiento de bacterias típicas de una microbiota saludable). Todas estas medidas se han demostrado eficaces a la hora de lograr una microbiota similar a la obtenida en el proceso natural.

A partir de este asentamiento inicial de la microbiota, las bacterias continuarán prosperando en nuestro interior, constituyendo un órgano más que irá cambiando a lo largo de nuestra vida influyendo en innumerables facetas de nuestra salud. Será este maravilloso e inexplorado universo bacteriano lo que seguiremos descubriendo en entregas posteriores.

Para profundizar:

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