Autoinmunidad: el fuego amigo del sistema inmunitario

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Te vence el sueño, tumbado en el sofá y apenas prestas atención al sonido cada vez más distante del mar que se cuela por las ventanas abiertas, acompañado por la brisa fresca de la noche. En medio de la penumbra, respiras despacio, suave, cada vez con más profundidad. Todo este vaivén rítmico de olas, aire y humedad que contemplado desde fuera, sería un buen motivo para expresar la paz, la tranquilidad y el descanso.

TEXTO POR JAVIER RASCÓN
ILUSTRADO POR SARA GABANDÉ
ARTÍCULOS
INMUNOLOGÍA
30 de Noviembre de 2015

Sin embargo, bajo tu piel hay un mundo de guerra y acción frenética, donde la vida y la muerte cambian de escala pero no de sentido. La hinchazón de la pequeña herida que te hiciste en el dedo cortando un tomate, o la nariz taponada por el catarro, son expresiones visibles de feroces luchas a nivel microscópico. 

No los vemos a simple vista. Hemos de ponernos las gafas de ver cosas muy pequeñas (a las que llamamos microscopios) para detectarlos. Pero siempre están ahí, constantes, incesantes e incansables: bacterias, virus, hongos… Tratando de campar a sus anchas sobre nuestra piel, colonizando las mucosas o tejiendo un tapiz que cubre todo el intestino. Con algunas bacterias hemos firmado acuerdos de no agresión, como las que forman la flora intestinal. En ese ambiente tan especial ellas viven muy bien y nos ayudan a digerir los alimentos, impidiendo que otras, con peores intenciones, se cuelen en nuestro torrente sanguíneo y provoquen una infección. Pero con el resto no hacemos tan buenas migas. En realidad, somos como una estrella solitaria bombardeada por millones de meteoritos permanentemente. Atacados sin piedad por millones de agentes enemigos a cada segundo. Estamos en medio de una guerra sin apenas darnos cuenta. Y sin embargo, lo normal es no estar infectado. ¿Cómo es posible? 

Para ello tenemos a la «policía» trabajando a destajo en nuestro cuerpo. O quizás, por definirlo con mayor precisión y por su envergadura, a un completo ejército defensor que mantiene a raya a los potenciales agresores: el sistema inmune. Hablamos de ejército porque igual que este, se compone de divisiones y unidades con mayor o menor especialización. Aunque en realidad todo es una red única interconectada, para entender mejor todo el sistema dividimos al ejército en dos grandes grupos. En ambos, nuestro equipo de defensa se compone básicamente de soldados (las células que ejercen alguna función específica), las armas (en forma de anticuerpos y otras moléculas que atacan microorganismos) y un sistema de comunicación (generalmente también mediado por moléculas diversas que transmiten información, una especie de internet de las defensas). Veamos cómo trabaja cada uno.

Primero hablaremos del sistema inmune innato (o no adaptativo), con el que venimos todos de fábrica. Si imaginamos el cuerpo como una fortaleza, el primer obstáculo que nuestros agresores han de franquear es una muralla compuesta por células y sustancias diversas que tiene como función principal responder y frenar el ataque en minutos. La barrera natural de la piel o las secreciones de las mucosas, junto con algunas células como los monocitos (¿os acordáis del leucocito-policía regordete de Erase una vez la vida?) o los macrófagos, están en esta categoría. Este sistema es similar entre todos nosotros y detecta de manera muy eficaz moléculas que solo están presentes en microorganismos extraños. Se encargan de distribuir «mamporros moleculares» a diestro y siniestro y literalmente, a comerse (lo que se denomina fagocitosis) a los enemigos, sin importar de quién se trate. Además, son los encargados de generar, modular y terminar la respuesta inflamatoria. Esta respuesta que a veces, podemos ver y sentir: hinchazón, rubor en la piel, dolor… Nos suena, ¿verdad? Todo eso en realidad es un campo de batalla especialmente diseñado para destruir lo antes posible al enemigo. Cuando la guerra es interna, por ejemplo en una infección en un riñón, esa respuesta inflamatoria no es visible externamente, excepto por los signos y síntomas como la fiebre o el malestar general que experimenta el individuo. 

Otras células, como los linfocitos, ya pertenecen a un nivel mucho más especializado y se activan solo frente a estímulos muy concretos, no frente a cualquier bacteria o virus, como hace el sistema innato. Por seguir con el símil, serían una especie de francotiradores esperando a disparar su arma (los anticuerpos) a un enemigo muy bien definido. Es lo que se llama inmunidad selectiva o adaptativa, porque va aprendiendo con el tiempo en función de quién nos está atacando. Un determinado grupo de linfocitos solo se activa cuando aparece en la sangre, por ejemplo, un determinado tipo de bacteria. En ese momento fabrican y liberan los anticuerpos, unas moléculas que se fijan a esa bacteria y que como señuelos, atraerán y activarán a las unidades del sistema innato encargadas de destruirla. Hemos de tener en cuenta que esta respuesta es mucho más lenta que la primera. Puede tardar semanas o meses, por lo que, aunque es muy potente, no puede ser la primera fuerza de choque. Esta respuesta es la que nos protege frente a invasiones sucesivas por agentes que ya nos han atacado alguna vez anterior, dado que una vez que se activa, se guarda en la memoria celular (como los archivos de la policía) el perfil del sujeto en cuestión, activándose la respuesta defensiva con mucha mayor rapidez. Las vacunas utilizan este principio. Con ellas exponemos a los linfocitos a fragmentos de virus o bacterias para que las recuerden, de tal manera que cuando aparezca la invasión verdadera, la respuesta sea muy rápida y efectiva, puesto que a veces estas infecciones pueden ser letales en horas.

Juntas, la inmunidad natural (no selectiva) y la humoral (selectiva) articulan todo un sistema muy complejo y eficaz que nos mantiene a salvo de las invasiones de microorganismos, que es lo que conocemos como infección. Cuando «los malos» logran saltarse las barreras naturales y empiezan a crecer y reproducirse en nuestro cuerpo decimos que estamos infectados. Esto puede suponer desde un catarro común, hasta una destrucción o alteración del funcionamiento de órganos vitales, como el cerebro, los riñones o el hígado, que pueden llevarnos a la muerte.

Y no pensemos que esto ocurre de vez en cuando o solo en otoño. Constantemente estamos expuestos a invasiones en esta jungla de la vida pero, a no ser que tengamos alguna carencia (lo que se conoce como inmunodeficiencia), lo normal es que no estemos infectados. 

Sin embargo, la cosa a veces se complica. Igual que en la guerra hay que tener cuidado con el fuego amigo, o sea, nuestros propios soldados. Al ejército que nos defiende en ocasiones le da por atacar estructuras de nuestro propio cuerpo. ¿Cómo es posible que algo diseñado para defendernos nos acabe atacando? Es más, ¿tiene sentido que este ataque pueda ser beneficioso en algún momento? Aunque parezca contradictorio, lo tiene.

Vamos a intentar imaginar cómo nuestros soldados perciben el universo que les rodea. Las células no tienen ojos ni oídos, sino que «ven» a través de moléculas. Quizás es un sentido más cercano al olfato y al tacto que al de la vista. Nuestros policías trabajan de dos maneras. Algunos, como los linfocitos y los neutrófilos, viajan por la sangre patrullando constantemente el territorio. Otros están instalados en cuarteles especiales, formando los ganglios linfáticos, o vagando con tranquilidad a través de otros tejidos, como por ejemplo formando parte del tejido no neuronal del cerebro. 

Estas células van literalmente chocando con todo lo que viaja por la sangre o lo que se cuela en los tejidos. La sangre no es otra cosa que un río de agua, células y moléculas. Cada vez que un linfocito choca con una célula, sea propia o extraña, se produce un intercambio de información muy preciso. En un milisegundo, el linfocito (u otra célula del sistema inmune) de alguna manera le pide a la otra célula su pasaporte. Le exige que se identifique mostrándole unas moléculas externas que forman un patrón característico para cada una de ellas. Este pasaporte molecular dice si la célula es humana o no y dentro de los humanos quiénes somos y a quién nos parecemos. Cuanto más próximos estemos en nuestro árbol genealógico, más parecida será nuestra carta de presentación.

Imaginemos que ponemos células de una persona a corretear por la sangre de otra. La patrullera se chocará con ellas y detectará que su pasaporte no corresponde al que llevan todas las células de nuestro cuerpo. En definitiva, detectará que se ha colado un intruso y potencial enemigo, por lo que inmediatamente se pondrá en marcha toda la maquinaria de defensa para acabar con esas células. Esto es lo que se conoce comúnmente como rechazo y es lo que ocurre cuando se hace un trasplante de un órgano a otro cuerpo. Por eso se buscan donantes que sean compatibles, es decir, que tengan pasaportes genéticos bastante parecidos (por eso se suele buscar dentro de los parientes directos) para minimizar la intensidad del rechazo.

Si esto pasa con células humanas dentro de humanos, no es de extrañar que pase con bacterias o virus que invadan nuestro cuerpo. En cuanto se detecta al extraño, se disparan las señales moleculares que atraen a las células del sistema innato y adaptativo, organizando la citada respuesta inflamatoria. Aparte de las patrulleras móviles, tenemos por todo el cuerpo estaciones de policía fijas bajo la piel, en las paredes del tubo digestivo o en las mucosas que de igual manera están en alerta por si aparece algún visitante no grato. Así es posible detectar casi de inmediato al intruso desde casi cualquier lugar.

Pero, ¿por qué hablamos de fuego amigo cuando hablamos de autoinmunidad? Porque de alguna manera, un grupo de esas células cree que determinadas estructuras de nuestro organismo son extrañas. 

Eso es lo que se conoce como autoinmunidad. La inmunidad que nos ataca a nosotros mismos, que es la base de muchas enfermedades, como el lupus eritematoso sistémico, por ejemplo. Algunos linfocitos fabrican anticuerpos (las balas del francotirador, muy selectivas) que en vez de pegarse a las bacterias se unen a estructuras del riñón o de las articulaciones. Entonces el resto de las defensas, atraídas por esos anticuerpos, atacan las zonas marcadas por ellos. 

Esto explica por qué a veces este tipo de enfermedades presentan manifestaciones aparentemente inconexas entre sí. ¿Qué tiene que ver un riñón inflamado con una artritis en la mano? Lo que les une es que determinadas estructuras comunes a ambos tejidos son reconocidas y atacadas por ese conjunto de policías disidentes.

Sin embargo, con cierto control, un grado preciso de autoinmunidad es necesario. ¿Por qué? Imaginemos que una célula de nuestro cuerpo sufre una mutación y empieza a replicarse sin control, pasando a convertirse en tumoral. Este cambio en su funcionamiento se traduce generalmente en un cambio en su tarjeta de visita. Su pasaporte se modifica porque depende en gran medida de la genética de la célula. Aun siendo del propio organismo, al modificar sus genes por la mutación, presentará peculiaridades que harán que para nuestra tranquilidad, pueda ser reconocida y aniquilada por la patrullera. Por lo tanto, la autoinmunidad equilibrada es necesaria para el control de células con mutaciones que pueden ser potencialmente cancerígenas. El problema viene cuando el grado es excesivo, el objetivo es el equivocado o las señales de activación son exageradas.

Pero ¿por qué puede producirse este exceso? Realmente no lo sabemos con seguridad, pero se piensa que se deben dar varias circunstancias para que alguien desarrolle un problema de este tipo. Se trata de una cadena de errores, en las que entran en juego factores genéticos y muy probablemente, activadores externos. Otro de los motivos apunta que podría deberse a que nuestros linfocitos se sensibilizan contra bacterias que pueden parecerse a determinadas estructuras de nuestro organismo. No ha de extrañarnos nada de esto, puesto que la vida, en general, está hecha de la misma «pasta» molecular. 

Entender cómo funciona nuestro ejército es la base para aplicar tratamientos adecuados a las enfermedades que de él se derivan, intentando preservar sus funciones protectoras. Sin duda, todo un reto complejo y fascinante.

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