El bramido

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Memorias de una inteligencia artificial… más artificial que inteligente.
Mi vida entre los humanos. Tercera anotación.

TEXTO POR CARLOS ROMÁ-MATEO
ILUSTRADO POR CRISTINA ESCANDÓN
ARTÍCULOS
INTELIGENCIA ARTIFICIAL | RELATO
21 de Diciembre de 2015

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¿Qué tiene el fuego que nos parece tan hermoso? No importa qué edad tengamos, siempre nos atrae. ¿Qué es el fuego? Un misterio. Los hombres de ciencia charlan y charlan acerca de moléculas y fricciones. Pero nada saben realmente…

Las palabras de mi joven alumno no fueron difíciles de reconocer. El párrafo pertenecía a una novela del siglo XX escrita por un humano llamado Ray Bradbury. Tardé poco en identificar la fuente y conocer los detalles de dicha novela, e instantáneamente obtuve toda la información contenida en ella –para una entidad informática avanzada como yo, el concepto «leer» no puede aplicarse–. Me llamó la atención que en aquella historia algunos humanos apareciesen como capaces de memorizar no solo fragmentos, sino incluso páginas enteras de muchas obras escritas de su tiempo. Esta capacidad de almacenamiento, siglos después, volvía a ser usada por mi alumno para memorizar el párrafo en cuestión en todo detalle, hasta la última letra. No sería tan sorprendente de no ser por el hecho de que el mismo alumno, hasta el momento, parecía ser incapaz de hablar más allá de algún monosílabo ocasionalmente, no digamos ya elaborar frases complejas. Y por más que revisaba y rebuscaba los datos disponibles acerca de los últimos avances en neurociencia y bioneuroinformática, no conseguí hallar avances significativos en el esclarecimiento de las razones de tan anómalo comportamiento en el sistema nervioso central del joven. Cuando escribo estas memorias, la ciencia médica humana ha sido capaz de erradicar cientos de enfermedades de toda índole, y en al ámbito neurocientífico, antiguas plagas como el Alzheimer, Parkinson y un sinfín de deficiencias genéticas relacionadas con la neurodegeneración y atrofia de secciones completas o poblaciones celulares específicas del sistema nervioso, formaban ya parte de la historia. Pero en lo tocante a trastornos del comportamiento, la personalidad o la percepción de la realidad, el estancamiento es asombroso. Si bien los tratamientos paliativos han mejorado sensiblemente la vida de los aquejados por alguna de estas patologías, en algunos casos como el de Arthur 1888M podría decirse que los científicos humanos siguen igual de perdidos que en los tiempos de Bradbury. Y precisamente, este hecho fue el que me tuvo desorientado en mis disquisiciones en cuanto al problema de mi alumno: desde que observase las primeras anomalías en su actitud, toda mi investigación se había basado en revisar una y otra vez los informes almacenados en la base de datos biomédicos de la estación, contrastando lo recogido por nuestros mejores médicos y especialistas, y cotejándolo con el vasto conocimiento neuropsiquiátrico almacenado en el ingente maremágnum de datos de nuestra red de IA. Sin embargo, esta búsqueda de respuestas no condujo a ninguna observación concluyente hasta que se produjo el episodio del corte de luz. En los cortos instantes que tardé en procesar la información del fragmento recitado por el chico, llegué a avanzar más que durante los meses de clases y búsqueda de información precedentes. Y todo gracias, de nuevo, a los fortuitos acontecimientos que impredeciblemente tenían lugar durante las clases. 

Podría decirse que los científicos humanos siguen igual de perdidos que en los tiempos de Bradbury.

Intrigado por el estado de salud de aquel alumno en particular, decidí retomar el temario por la sección correspondiente a la biomedicina más básica, con la esperanza de obtener algún tipo de inspiración a la hora de diagnosticar su problema, y tal vez así poder aconsejar a los médicos humanos una posible vía de acción terapéutica. Tras hablar de los tímidos escarceos con la terapia génica acontecidos durante el siglo XXI, estábamos diseccionando los avances que habían permitido el advenimiento de la era de la ARNómica. Con mi cada vez más refinada técnica de relatar los hallazgos científicos adornados como intrigantes dramas, tenía por una vez a la clase completamente en silencio, concentrada únicamente en lo que emitían mis emisores sonoros. Mi experiencia me había demostrado que era imposible atraer la atención de aquellos cachorros si no era mediante artimañas y disfraces lingüísticos y semánticos, que tornasen los datos, hipótesis y corolarios en narraciones con introducción, nudo y desenlace, y a poder ser una buena dosis de conflicto humanos. En el preciso instante que precedió al inicio del fin de aquella inusitada calma, la historia había llegado al punto en que la ciencia del ARN de interferencia había pasado de ser una curiosidad biológica, a una herramienta crítica para la biología molecular y finalmente, para la manipulación más exquisita de la genética y epigenética humanas. 

«Y así, la moderna ARNmedicina dispone hoy día de un poder que los antiguos solo podían soñar. Primero se leyó el manual que contiene las instrucciones para construir un ser humano; más tarde, se aprendió cómo silenciar páginas enteras de dicho manual; se fue entonces refinando la técnica, hasta poder silenciar unas cuantas palabras, repetir otras e incluso corregirlas letra por letra. Fue la pieza que faltaba para que enfermedades aparentemente incurables remitiesen y se convirtiesen en mera anécdota, una molestia, un mal recuerdo. Y según sigue avanzando esta biotecnología, pronto las pocas que aún se resisten, caerán sin remedio». 

Los tenía en la palma de mi mano; pero mi atención se fijó en el chico, Arthur 1888M, que parecía estar de nuevo ausente, desconectado. ¿Se habría sentido identificado con estas últimas frases? Algo en mi programación pareció considerar esta posibilidad, y se activó una respuesta compensatoria; me giré directamente hacia él, y añadí: 

«…y de este modo, el ser humano habrá vencido a su mayor y más antiguo enemigo, la enfermedad, tras una lucha de cientos de miles de años, una lucha que comenzó en aquella Tierra primitiva, cuando el primer hombre apaciguó el frío de sus huesos con el recién descubierto fuego. El fuego, ese misterio…». 

El efecto fue el calculado: el chico pareció despertar de su ensimismamiento, se giró hacia mi y soltó un bramido.

Sí, he consultado mis diccionarios una y otra vez, mas no he conseguido hallar un término que se ajuste mejor a lo que salió de su boca. Fue un bramido, en toda regla. Por interpolaciones, inferencias y deducciones varias asumí que era una especie de carcajada fallida; una forma rudimentaria de mostrar su connivencia, de hacer ver que había entendido la referencia que le mostraba. En sí mismo, no tuvo nada de malo; más al contrario, mi reacción inmediata fue de satisfacción, puesto que toda reacción que mostrase intercambio de información, no digamos ya con cierto componente empático, no podía sino ser un paso en la buena dirección. Pero con toda mi programación y acceso a mis casi infinitas bases de datos, no recordé dónde y con quién me hallaba. 

Sí, he consultado mis diccionarios una y otra vez, mas no he conseguido hallar un término que se ajuste mejor a lo que salió de su boca. Fue un bramido, en toda regla.

Estaba rodeado de otros niños humanos. Niños que, en comparación con el chico, entraban en la categoría de «normales». Y si hay una cosa que no han llevado nada bien los niños «normales» de cualquier época son los niños «diferentes». Antes siquiera de que me diese cuenta de las consecuencias nefastas de aquel bramido, una intervención por parte de Ignatius1451J, bufón en funciones de la clase –su predecesor y maestro se encontraba expulsado, por razones lo suficientemente complejas como para dedicarles un capítulo, o doce, de estas memorias– me trajo de vuelta a la realidad.

– Para misterio, este. ¡Anda que no va a haber que echar ARN para arreglarle el cerebro!

Tan absurdas palabras no hubiesen sido demasiado malas, de no ser por la reacción que hubo alrededor de ellas: los más cercanos al insultador estallaron en carcajadas, que a punto estuvieron de saturar mis medidores de función mental humana. Con toda mi inteligencia, me sigue costando interpretar las complejas sensaciones humanas y la variedad de matices de sus manifestaciones físicas. Pero aquello no me gustó nada.

Como tampoco me gustó lo que hice a continuación. Carezco de nada parecido al orgullo, el amor propio o la vergüenza; pero sí comprendo esos términos, y creo que si tuviera que aplicarlos a una evaluación de las acciones que apliqué sobre aquellos chicos como reacción a su trato hacia Arthur 1888M. Sin lugar a dudas podría decir que no me enorgullezco de ellas. Contraviniendo todo aquello para lo que se me había entrenado, apagué conscientemente mis inhibidores de conducta y cargué. 

Terminaré aquí la narración; ahora tengo que acudir a una cita con el director del Departamento de Enseñanza de la EEEH, para discutir las consecuencias de estos últimos hechos.                                                                    

Fin de la anotación

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