Realidad Argumentada

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Sabes que tus padres faltarán algún día. Te avisan, pero no basta. Huérfano es una palabra tan triste...

TEXTO POR MANUEL CUADRADO BASAS
ILUSTRADO POR ALBERTO PIERUZ
ARTÍCULOS
RELATO
26 de Enero de 2017

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A mamá casi no la conocí. Tengo fotos con ella, de cuando yo era un bebé. Salgo parapetado tras un babero enorme, que luego anduvo muchos años por casa. La casa de mi padre.

Papá estaba siempre. Me gustaba caminar agarrado de su mano (antes solo alcanzaba a sujetarle un dedo). Su mano al despeinarme cariñosamente (antes me había peinado por la mañana). Su mano se me posaba en el hombro como un gorrión (antes eran palmoteos sonoros). Su mano al final, apoyada en el brazo que yo le ofrecía para caminar (antes había tenido dedos seguros y firmes). Con esos gestos silenciosos me decía «vamos, adelante». Tal vez se lo decía a sí mismo.

Papá me enseñó a leer simplemente dejando libros a mi alcance para que curioseara. Me animó también a desmontar juguetes para ver qué tenían dentro. Se remangó para montarlos otra vez, y aunque no siempre lo consiguiéramos, repetía que lo importante era aprender. Quiso manejar ordenadores solo para compartirlos conmigo. Insistió en que debía estudiar lo que de verdad me entusiasmase, dejando de lado lo que simplemente resultaba útil. Cada curso pasaba por las tutorías del colegio para explicar por qué yo no me sabía bien el sintagma nominal sujeto. Cuando elegí hacer una carrera, él dijo «vale», y se puso a investigar sobre mis asignaturas, para seguirlas conmigo.

Si me hubiera matriculado en Historia, seguro que habría sido más fácil compartir cosas con él. Pero decidí hacerme ingeniero computacional. Pronto ya no pude hablar con mi padre de lo que aprendía.

Yo dedicaba muchas horas a trabajar, desmontando aparatos para entenderlos por dentro.

Así pasé años.

Un día, mi padre murió.

No estaba preparado para eso. No había nada concreto a lo que pudiese quitarle unos tornillos y comprenderlo por dentro. Me decían que la vida es así, que debemos aceptarla como es. Me decían que siguiera adelante.

Pero echaba de menos aquellas manos de papá, que transmitían su «vamos, sigue adelante».

Me centré del todo en el trabajo, fascinado por lo que hacíamos. Nuestro laboratorio estaba desarrollando las gafas de realidad virtual más sofisticadas del momento. Al ponérselas, uno verdaderamente daba brincos de cuatro metros paseando por Marte, resbalaba como en un parque acuático acompañando a los glóbulos rojos de la sangre o recorría la Fosa de las Marianas a diez kilómetros de profundidad. Todo sin dejar de comer palomitas.

Un día, solo por probar, reconstruí el escenario de mi habitación, la de cuando era niño. Solo tuve que combinar unas pocas fotos y meterlas en el sistema.

Cuando me puse las gafas fue como regresar. Ahí estaban mis libros de insectos, la pelota de baloncesto que nunca botó como es debido, el telescopio donde me dejé noches de vértigo asomado al ocular. Y el babero, claro.

Desde entonces pasé muchos ratos encerrado en mi cuarto, recordando cuando papá me arropaba o cuando abría la ventana para encontrar la primera nevada del invierno, el aire congelado tensándome las mejillas.

Entonces comprendí que a la habitación le faltaban el calor y el frío que viví en ella.

No fue difícil convertir las gafas en un casco dotado con corrientes de aire a distintas temperaturas, sincronizadas mediante programas que cambiaban la luminosidad para reproducir, por ejemplo, los rayos de sol que chocaban contra mi cama todas las mañanas.

Por las noches, papá me contaba historias. Viajes acompañando a caravanas por desiertos persas o calles de Calcuta, con cargamentos aromáticos.

Decidí que la habitación necesitaba olores. Tuve que diseñar una paleta de aromas primarios, combinables para generar miles de perfumes inyectados en el casco. Desde la hierba segada (que asocio al zumbido del cortacéspedes) hasta los calcetines sucios acumulados bajo la cama. Incluí también el vapor de chocolate caliente, anunciando que papá se acercaba con una bandeja y ganas de charlar.

Su voz. No tenía grabada ninguna conversación con mi padre, pero se me ocurrió emitir sonidos en baja frecuencia, que estimulaban terminaciones nerviosas asemejando lo que yo sentía frente a aquella voz. Era lo mismo que oír el rumor de sus palabras, pero sin palabras.

Al casco le añadí unos guantes que frotaban las puntas de mis dedos con diferentes superficies, salidas de la impresora 3D. Tenía un catálogo de texturas: la madera irregular de la mesa, la tierra de las macetas, las plumas de Mahler (nuestro periquito azul) o las cosquillas cálidas de papá.

Los guantes terminaron incorporando tensores motorizados, que frenaban a mis dedos con diferentes fuerzas y tiraban del brazo para crear la sensación de peso. De ese modo podía realmente agarrar objetos: la rotunda bola de billar, con su número ocho pulido, la maqueta del estegosaurio... incluso la piel cada vez más blanca y traslúcida en las ligeras manos de papá.

Ya estaba allí. Era un lugar verdaderamente mío. Un sitio donde quedarme. ¿Por qué no vivir siempre en esa infancia feliz junto a mi padre?

Había un porqué. Lo que había inventado era una escuela de nostalgia. Su único alumno (yo) aprendería a manejar la inquietud de los recuerdos.

Papá me animó a crear cosas nuevas con viejas piezas, pero después me buscaba una segunda diversión: compartir nuestras creaciones en la escuela o en el parque. Jugar con otros.

Por eso construí más decorados para la máquina y preparé sus planos e instrucciones. Podría vender el artefacto a buen precio pero hice algo mejor: publicarlo todo, liberando los derechos de copia para que cualquiera pudiese construir su propio tratamiento nostálgico.

Lo único que mantuve encriptado fue una función que, tras doce horas de uso, disolvía para siempre los escenarios del pasado, impidiendo además sesiones por encima de treinta minutos seguidos. Caer en la melancolía tiene unos límites y es mejor establecerlos antes de que comience la partida.

Pero tampoco podemos esquivar la memoria mirando a otro lado. Los recuerdos a veces duelen, y pretendemos despistar ese dolor con distracciones cotidianas, haciendo como si pudiéramos evitar la nostalgia.

Mi juguete lograba el equilibrio entre dos huidas: la que se aleja y la que se queda dentro. Se trataba de ayudar a bucear de lleno en los recuerdos perdidos, para luego salir a la superficie, a la realidad, ya cargados de argumentos que permiten seguir con nuestras vidas sintiendo aquella voz silenciosa que susurra «vamos, adelante».

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