La reliquia verde de los bosques andaluces

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Durante mi niñez, pasé los veranos intentando sobrevivir al sofocante calor de la sierra malagueña y aprendiendo sobre el entorno natural que me rodeaba gracias a las enseñanzas de mi tío Miguel. Un verano, durante mi visita a unos montes aledaños a la Sierra de las Nieves, mi tío me desveló un insólito secreto: aquellas cumbres nevadas que divisaba a la lejanía escondían un árbol único en el mundo.

TEXTO POR ESTIBALIZ URARTE
ILUSTRADO POR ÁNGELA ALCALÁ ALCALDE
ARTÍCULOS
BIODIVERSIDAD | BOTÁNICA
26 de Abril de 2018

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Año tras año, cuando el mes de febrero toca a su fin, me viene a la cabeza mi tío Miguel. Tito Miguel, que era como solía llamarle, era un agricultor andaluz de piel acartonada por el sol y terco como una mula. A pesar de haber tenido una escasa educación reglada y de haberse echado al campo cuando aún era un chaval, yo veía en él la sabiduría de un millón de eruditos griegos. En mi frágil memoria, bajo una tejavana de uralita que me protege del asfixiante sol de agosto de la sierra de Málaga, le observo cuidar de los perales y limoneros de su parcela como si se le fuera la vida en ello. Sabía exactamente lo que tenía que hacer con cada árbol, con cada fruto. Recuerdo la carretilla, la chapulina (azada en dialecto malagueño), los sacos de abono. También recuerdo cómo refunfuñaba a menudo por cualquier cosa, pero yo lo admiraba tanto que cuando le daban esas rabietas era, a mis ojos, aún más entrañable.

Cuando terminé la licenciatura de biología y comencé mi carrera investigadora en fisiología vegetal, cada vez que iba al pueblo me llevaba a dar un paseo por sus dominios y me enseñaba los bellísimos ejemplares que poseía: el majestuoso porte de sus olivos y de sus naranjos, sus esbeltas chumberas, los melones, las sandías, los tomates, las berenjenas… Con él aprendí sobre las plantas cosas que jamás descubrí en la universidad o durante el doctorado. Probablemente, mi tío no podía imaginar la existencia de los cloroplastos o los estomas presentes en las hojas de las plantas ni conocía el concepto de potencial hídrico, pero tenía un sexto sentido que le susurraba al oído dónde sembrar, cómo podar y cuándo cosechar sus amados vegetales para obtener los mejores rendimientos.

Lamentablemente, su vida fue dura y su salud se deterioró rápidamente a una edad temprana. A esto hubo que sumarle que algunas células de su cuerpo decidieron multiplicarse sin control, generándole una metástasis tumoral. Murió hace seis años, a finales de febrero, pocos meses antes de que yo defendiera mi tesis. Se fue sin que yo pudiera despedirme de él, pero me dejó un legado del que siempre me sentiré muy orgullosa: una curiosidad infinita por las plantas y un amor perpetuo por la naturaleza.

Durante una temporada, mi tío trabajó como guarda forestal en la sierra de Coín, concretamente en una zona conocida como Cerro Alaminos. Allí, rodeado de la majestuosidad de su tierra, él era feliz. Cogía su catalejo y contemplaba los montes, aliviado por poder pasar horas alejado del ajetreo del pueblo. Mi tío era, en esencia, un hombre solitario.

El descubrimiento de una reliquia

Uno de tantos veranos en los que mis padres, mi hermano y yo viajábamos desde Donosti hasta Coín para reencontrarnos con la parte andaluza de la familia, fuimos a saludar a mi tío en su lugar de trabajo. Conducíamos por una carretera repleta de curvas serpenteantes, estábamos en pleno agosto y el coche no tenía aire acondicionado. Pero el periplo automovilístico, mal que le pesara a mi padre —que como buen chicarrón del norte no soporta el calor—, mereció la pena. Las vistas de la serranía te quitaban el aliento. Todo era montaña hasta donde alcanzaba la vista. Grandes masas arbóreas de pinos y alcornoques decoraban las lomas. La comarca, conocida como Valle del Guadalhorce, ha sido la huerta de la provincia de Málaga desde tiempos de los árabes y su paisaje es una sucesión rocosa de oteros y colinas repletos de vegetación mediterránea.

Desde la garita en la que mi tío velaba por la seguridad de aquellos bosques avisté por primera vez un cortafuegos, elemento de gran utilidad para luchar contra los incendios en terrenos tan secos y ventosos como los de la zona. Pero lo que más me fascinó de aquella visita fue descubrir que, no lejos de allí, en la Sierra de las Nieves, existían unos árboles antiguos y singulares de los que nunca había oído hablar: los pinsapos.

Pinsapo de las Escaleretas, Sierra de las Nieves. Se calcula que tiene una edad de entre 350 y 550 años. Wikimedia.

El pinsapo (Abies pinsapo) a simple vista tiene aspecto de abeto navideño, no en vano comparte género con este célebre árbol. Pero si observamos con más detalle podemos distinguir ciertas diferencias. Su corteza es bastante fina, de un color grisáceo, y sus hojas aguijonadas (o acículas) son cortas, gruesas y de una rigidez estoica. Las cubre una coloración verde oscura y en ellas pueden apreciarse unas hileras blancas denominadas bandas estomáticas, donde se concentran unos agujeros microscópicos muy especiales llamados estomas. A través de estos orificios se da el intercambio gaseoso en las plantas.

Pero lo que más me fascinó de aquella visita fue descubrir que, no lejos de allí, en la Sierra de las Nieves, existían unos árboles antiguos y singulares de los que nunca había oído hablar: los pinsapos. 

Detalle de las acículas del pinsapo. Wikimedia
Detalle de las bandas estomáticas. Wikimedia

Otra peculiaridad del pinsapo son sus conos masculinos, es decir, las piñas que albergan el polen que posteriormente fecundará los óvulos del árbol. Estas piñas son redondeadas, se sitúan en las zonas periféricas del árbol y su color es de un rojo púrpura muy intenso.

Conos masculinos del pinsapo. Flikr

Un árbol único en el mundo

Mi tío me habló entonces de esta extraña especie, de la cual solo quedaban ejemplares en Andalucía: la Sierra de Grazalema, provincia de Cádiz, y Sierra Bermeja y Sierra de las Nieves, en territorio malagueño. Él mismo era oriundo de Tolox, municipio que se asienta en la falda este de la Sierra de las Nieves, y había estado en contacto con pinsapos desde su niñez. Orgulloso, alababa su unicidad y ensalzaba su fortaleza. En cierto modo, pensaba yo, los pinsapos eran como él.

La Sierra de las Nieves es un paraje espectacular. Se trata de un parque natural considerado Reserva de la Biosfera y que pronto pasará a ser catalogado como Parque Nacional. Sus cumbres y sus barrancos son imponentes y el pico más alto, conocido como Pico de la Torrecilla, tiene una altura de 1919 metros. Los pinsapos crecen en las laderas de umbría, situadas al norte u oeste de las cordilleras. Necesitan abundante agua, y los vientos cargados de humedad procedentes del mar mediterráneo descargan en estas vertientes. La altitud a la que se encuentran estos árboles no suele ser menor de 900 metros. Están acostumbrados a las nevadas y para sobrellevar las sequías estivales desarrollaron hace miles de años acículas pequeñas, apretadas y de sección redondeada, que impiden que el aire circule entre ellas con la consiguiente disminución de la evapotranspiración o pérdida de agua.

Los pinsapos crecen en las laderas de umbría, situadas al norte u oeste de las cordilleras. Necesitan abundante agua, y los vientos cargados de humedad procedentes del mar mediterráneo descargan en estas vertientes.

Como bien alardeaba mi tío, el pinsapo es una especie endémica de aquellas sierras, esto es, no es posible encontrarla en ningún otro lugar del mundo. A principios del siglo XIX, un botánico suizo, Pierre Edmond Boissier, le otorgó el rango de especie, diferenciándolo del abeto común. Utilizó el término «pinsapo» porque así es como se le denominaba en la zona. Estudios genéticos más recientes han revelado que los abetos marroquíes presentes en el Parque Nacional de Talassemtane no son variedades de pinsapo como se creía, sino que a pesar de estar estrechamente emparentados con los abetos andaluces, pertenecen a especies distintas. Por tanto, la ciencia asegura que el pinsapo es exclusivo del sur de la península ibérica.

Como bien alardeaba mi tío, el pinsapo es una especie endémica de aquellas sierras, esto es, no es posible encontrarla en ningún otro lugar del mundo.

Cuando mi tío hablaba de los pinsapares lo hacía con cierta pena porque sabía que estaban en peligro de extinción. Su distribución, que hace cientos de años llegaba hasta el Valle del Guadalhorce, ha ido restringiéndose a las altas cumbres. Incendios, sobrepastoreo, plagas, turismo desmesurado… por no hablar del cambio climático, que con el aumento de temperaturas y las eternas sequías amenaza con acabar con estos singulares bosques. La sociedad, probablemente en su ignorancia, no está haciendo lo suficiente para proteger esta reliquia.

En la actualidad, recuerdo muy vagamente haber visto un pinsapo en su medio natural. Mi memoria a largo plazo nunca ha sido demasiado buena. Hace tiempo que me prometí, por mi tío, que volvería a las faldas de la sierra de Tolox para admirar esos abetos que han vigilado, desde su privilegiada atalaya, el arduo trabajo de los agricultores andaluces durante siglos. Espero regresar antes de que esta maravilla de la naturaleza haya desaparecido para siempre.

Referencias

—Dering et al. 2014. Genetic diversity and inter-specific relations of western Mediterranean relic Abies taxa as compared to the Iberian A. alba. Flora. 209: 367 – 374.
El abeto mediterráneo está en peligro por las sequías y el cambio climático. Agencia Sinc.
El pinsapo, una joya relicta del mediterráneo. Pensando el territorio.
—Sánchez-Robles et al. 2014. Phylogeography of SW Mediterranean firs: different European origins for the North African Abies species. Molecular Phylogenetics and Evolution. 79: 42 – 53.

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