La mujer tras la teoría del sexo

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Fue una de las primeras científicas estadounidenses en ver reconocido su trabajo. Nettie Stevens (1861-1912) fue la primera en relacionar la determinación del sexo en los seres vivos con los cromosomas, uno de los primeros indicios de que la herencia genética de rasgos concretos estaba relacionada con estas estructuras. Su teoría ayudó a asentar las bases de la genética moderna.

TEXTO POR PABLO PINEÑO
ILUSTRADO POR LAIA NETTO
MUJERES DE CIENCIA
CIENCIA | SEXUALIDAD
17 de Enero de 2019

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En 1933, Thomas Morgan recibió el premio Nobel de Fisiología por demostrar la hipótesis de la teoría cromosómica de la herencia. Su descubrimiento sentó las bases de la genética moderna y sus estudios en la mosca de la fruta son ampliamente conocidos. Pero unos años antes, Morgan publicaba en Science un breve texto mucho menos conocido: «El trabajo de Miss Stevens está caracterizado por su precisión y por un cuidado que raramente se aventura más allá de la observación inmediata [...]. Su devoción, dedicación y su paciencia, unidas a un juicio bien balanceado, son las responsables de sus remarcables logros». Morgan le dedicaba estas palabras a Nettie Stevens. 

Nettie Stevens nació en 1861 en Vermont, Estados Unidos, uno de los pocos lugares en aquella época en que una mujer podía siquiera soñar con acceder a estudios superiores. Tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada y, por tanto, de formarse en diversas escuelas. Mostró un talento sobresaliente en los estudios desde una edad muy temprana, trabajó de profesora en diversos y prestigiosos colegios y también de bibliotecaria. En algún momento, Stevens decidió que su lugar estaba en la ciencia. Se formó en la Universidad de Stanford, pero no fue hasta contar casi con cuarenta años de edad cuando consiguió ser aceptada en un curso de doctorado en el Bryn Mawr College de Pensilvania. En esta institución se encontraba uno de los biólogos más importantes de la época: Thomas Morgan.

«El trabajo de Miss Stevens está caracterizado por su precisión y por un cuidado que raramente se aventura más allá de la observación inmediata [...]. Su devoción, dedicación y su paciencia, unidas a un juicio bien balanceado, son las responsables de sus remarcables logros». Morgan le dedicaba estas palabras a Nettie Stevens. 

Stevens realizó un trabajo tan brillante que le fueron ofrecidas varias becas para estudiar en Europa. En uno de estos destinos, el Instituto Zoológico de Würzburgo (Alemania), Stevens trabajó codo con codo con Theodor Boveri, uno de los creadores de la teoría cromosómica de la herencia.

Esta teoría sugería que los cromosomas eran la base física de la herencia genética. En los seres diploides, cada célula posee dos juegos de cromosomas, uno procedente del padre y otro de la madre. En la meiosis, la división celular que ocurre durante la maduración de las células germinales  ̶ óvulo y espermatozoide̶ ̶ , cada una de estas recibe uno de los dos juegos de cromosomas. Cuando el óvulo y el espermatozoide se unen, la célula resultante posee de nuevo dos juegos de cromosomas.

Durante el periodo en que Stevens investigó ya se había descrito el comportamiento de los cromosomas, pero no se había logrado relacionar la herencia de una característica concreta con un cromosoma concreto. Su colaboración con Boveri le hizo interesarse por el comportamiento de los cromosomas en el momento de la fecundación. Stevens estudió el proceso de formación de óvulos y espermatozoides del escarabajo de la harina (Tenebrio molitor) y observó que en el núcleo del óvulo siempre había diez cromosomas, mientras que en el del espermatozoide algunas veces había diez cromosomas iguales en tamaño y otras nueve cromosomas grandes y uno pequeño. Stevens también observó que en el resto de las células diploides las hembras poseían diez pares de cromosomas del mismo tamaño, mientras los machos poseían nueve pares de tamaño idéntico y una pareja de cromosomas donde uno de ellos era más pequeño.

Esto la llevó a proponer que la determinación del sexo en algunos seres vivos se debía a una diferencia en el tamaño de uno de los cromosomas. Stevens pensó que debía haber algo en esos cromosomas más pequeños que hiciese que un ser vivo fuese macho en lugar de hembra. De ser así, la herencia del sexo resultaría ser un elegante ejemplo de la teoría cromosómica enunciada tan solo unos años atrás.

Pero Stevens no se quedó aquí. En ciencia, los descubrimientos vienen precedidos de un profundo escepticismo que mueve a los investigadores a reevaluar sus hipótesis continuamente. Repitió incansablemente estas observaciones en más de cincuenta especies diferentes de insecto. En 1908, realizó observaciones en la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster) y descubrió que de los cuatro pares de cromosomas de esta especie, uno de ellos presentaba cromosomas de diferente tamaño en los machos y de idéntico tamaño en las hembras. Ocurre de igual manera en la especie humana. Los hombres poseen un par de cromosomas donde uno de ellos es significativamente más pequeño (XY) mientras que las mujeres presentan en el mismo par cromosomas del mismo tamaño (XX). Esto se debe a que en la meiosis que genera los óvulos, estos solo pueden recibir cromosomas X de las células precursoras, mientras que en la que genera los espermatozoides, estos pueden recibir un cromosoma X o un cromosoma Y. Que la célula que se genere al fusionarse óvulo y espermatozoide dé lugar a un hombre (XY) o a una mujer (XX) dependerá de qué cromosoma porte el espermatozoide.

Stevens pensó que debía haber algo en esos cromosomas más pequeños que hiciese que un ser vivo fuese macho en lugar de hembra. De ser así, la herencia del sexo resultaría ser un elegante ejemplo de la teoría cromosómica enunciada tan solo unos años atrás.

Fue precisamente con los estudios que Morgan realizó en esta mosca con los que ganó el premio Nobel en 1933. Morgan probó que la herencia del color de los ojos de la mosca de la fruta era diferente en machos y en hembras. Esto le llevó a sugerir que el gen para el color de los ojos se encontraba en el cromosoma sexual X, del que los machos solo tienen una copia. El experimento de Morgan fue considerado una prueba definitiva para la teoría cromosómica de la herencia, pero fueron los experimentos de Stevens en 1905 los que demostraron que el sexo era un rasgo heredado cromosómicamente.

En esta época, el propio Morgan se mostraba escéptico respecto a la teoría cromosómica que él mismo acabaría demostrando unos años después. Aun así, se ha atribuido erróneamente el descubrimiento de la herencia del sexo a Morgan, como una extensión de sus propios experimentos. También se ha atribuido este descubrimiento a Edmund Wilson, un biólogo colega de Stevens en el Bryn Mawr College que investigaba en el mismo campo que ella. Sin embargo, Wilson no se dio cuenta de la trascendencia de ese pequeño cromosoma que hoy llamamos cromosoma Y hasta que Stevens no publicó sus resultados.

El experimento de Morgan fue considerado una prueba definitiva para la teoría cromosómica de la herencia, pero fueron los experimentos de Stevens en 1905 los que demostraron que el sexo era un rasgo heredado cromosómicamente.

Morgan fue mentor y una poderosa influencia en la obra científica de Stevens. Sus palabras denotan una admiración sincera pero, si se lee entre líneas, también sugieren que el papel de Nettie Stevens fue el de una observadora y recolectora de datos, lo cual quita peso al papel que Stevens tuvo en el establecimiento de la teoría de la herencia del sexo. Cualquier observación es estéril si no se piensa en su significado último. Es necesario poseer una mente lúcida y un espíritu crítico para interpretar adecuadamente los datos obtenidos y formular una hipótesis. Stevens estuvo allí para aportar ambos.

Más allá de las palabras de Morgan, el nombre de Nettie Stevens resulta relativamente desconocido. Existen escasas pruebas testimoniales de la vida de Stevens previa a su actividad científica y ha trascendido poco acerca de su personalidad más allá de la tenacidad y de la profunda capacidad de análisis que demuestra su trabajo científico. Y aunque gozó de cierto reconocimiento, jamás consiguió un puesto académico acorde con la relevancia de su trabajo científico. 

Nettie Stevens murió de cáncer con tan solo cincuentaiún años. Su enorme contribución a la genética fue realizada en poco más de una década.

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