El efecto Matilda: Higia frente a Asclepio

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El «Efecto Matilda», acuñado por la investigadora Margaret W. Rossiter, es la reivindación femenina del llamado «Efecto Mateo», cuya explicación sociológica se basa en el principio de no autoridad, es decir, que un autor afamado previamente y con un estatus de autoridad, siempre obtendrá más fama, independientemente de la importancia o relevancia de su trabajo. Rossiter trasladó ese principio, integrándolo con perspectiva de género a la situación de invisibilidad histórica de las científicas, designándolo como el «Efecto Matilda».

TEXTO POR ELISA GARRIDO
ARTÍCULOS
HISTORIA DE LA CIENCIA | MUJERES DE CIENCIA
2 de Septiembre de 2019

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En los últimos siglos hemos visto cómo los logros de las mujeres científicas han sido atribuidos a colegas masculinos, maridos, hermanos, etc. quedando invisibilizadas del discurso científico oficial. La historia viene de largo.

En las sociedades occidentales, la imagen de la autoridad científica se ha formado históricamente por roles de liderazgo casi exclusivamente masculinos. El aclamado «hombre de ciencia» del siglo XVIII, muy vinculado a aquellos valores ilustrados y el avance científico, estaba formado a partir de su consideración pública, con unas características concretas y unas funciones sociales reconocidas. El historiador de la ciencia Steven Shapin ya habló de estos roles, identificándolos como profesor universitario o académico, médico, caballero, naturalista, filósofo... Como vemos, roles tradicionalmente masculinos que hacían a los hombres de ciencia partícipes del debate público, mientras que la mayoría de mujeres quedaban relegadas a lo privado y lo doméstico. Lo que podemos extraer del discurso de Shapin, es que las relaciones entre la imagen proyectada por el «hombre de la ciencia» y la esfera social son intrínsecas, por lo tanto, la evolución de esos roles adoptados por los científicos se traduce en una realidad social consecuente y contingente, un espacio donde la mujer no tenía, en principio, cabida.

En base a esta idea, estoy desarrollando un proyecto de investigación sobre la imagen que se ha proyectado de las mujeres asociadas a la práctica científica. Una de mis primeras hipótesis es que las mujeres tienden a estar ausentes de las narraciones científicas, no solo porque es más difícil encontrar imágenes de mujeres científicas (que también), sino que las mujeres no se ajustan a la imagen común y tradicional de la autoridad científica. En EEUU, se les ocurrió hacer un pequeño experimento proponiendo a varios adolescentes que dibujaran en una hoja en blanco con la siguiente propuesta: «Try to picture a scientist!». Todos y todas, sin excepción, dibujaban un hombre. Sería difícil hacer este experimento en España, claro, porque la diferencia entre el masculino y femenino marcaría si dibujamos una científica o científico. Sin embargo, os propondría lo siguiente: intentad recordar las caras de grandes científicos de la historia. Sin duda, todos tendríamos en la cabeza la gran barba de Darwin o la lengua de Einstein, pero ¿cuántos rostros de científicas seríamos capaces de recordar?

Uno de los problemas más frecuentes que, tradicionalmente, en las representaciones artísticas, los roles masculinos y femeninos han estado marcados únicamente por la visión de uno de ellos. Artistas, comisarios, coleccionistas, informadores, autores… roles masculinos que han marcado las imágenes que consumimos sobre ciencia.

Un ejemplo muy gráfico, es el de dos figuras mitológicas de gran envergadura en la literatura científica y el conocimiento: Asclepio e Higía.

Higía es hija de Asclepio, mientras que su padre representa a la Medicina, ella fue la diosa de la higiene, la curación, la limpieza y la sanidad. En la imagen de la famosa escultura de ambos en el Museo del Vaticano, Asclepio es un varón fornido, con una espesa barba y aspecto de sabio; Higía aparece de pie, con una mano sobre su hombro, en una postura sinuosa y mostrando parte de un pecho (entendámoslo como símbolo de la maternidad y los cuidados). Sus roles están perfectamente adaptados a su género y condición.

Una de las cuestiones que nos debemos plantear es si la imagen que tenemos de «autoridad científica», necesitaría una reevaluación, ya que cuando tales imágenes han sido proyectadas abrumadoramente por actores masculinos es difícil encontrar mujeres representadas en posiciones de autoridad, tradicionalmente masculinas en la historia de la ciencia. Por lo tanto, los modelos de roles visuales en puestos de autoridad científica desempeñan un importante papel en la persistencia de la construcción estereotipada de la autoridad basada en el género, pero el reconocimiento, por fin, de una infinita diversidad de perfiles está clamando por la necesidad de una nueva revisión de esos patrones anclados en estereotipos de género, raciales y étnicos, etc.

No es raro, por ejemplo, que la historiadora de la ciencia Mary Louise Pratt, en su libro Ojos Imperiales hablara de cómo la memoria de los viajes científicos, por ejemplo, había sido dirigida por un único discurso masculino, colonial y occidental. O que los numerosos casos del mencionado «Efecto Matilda» afectaran a grandes científicas como Nettie Stevens, Marie Curie, Lise Meitner, Marietta Blau, Rosalind Franklin, Jocelyn Bell Burnell… ¿cuántas veces habrían tildado a Lise Meitner como mera ayudante de Otto Hahn en estas fotos? Un premio nobel marcó esa injusta distinción entre ambos.

Os invito a visitar la página de cómics Chainsawsuit donde ilustran perfectamente el caso de Rosalind Franklin. Es una historieta de tres viñetas en la que un periodista quiere incluirla en un supuesto artículo para la revista Science Review y acaba realizando un destape por la ciencia, bajo el apelativo de «Rosy». En otro orden de las cosas, os contaré una anécdota, aparentemente sin importancia: como profesora universitaria, he formado parte de varios tribunales de grado o TFM. Lo que suele suceder es que, en el acto académico, cuando se hace alusión a mis compañeros masculinos, se suelen dirigir a ellos con su título de doctor, nombre y apellido; mientras que, en mi caso, suelen referirse por mi nombre de pila, o como la «profesora», siendo, en iguales condiciones, doctora y, en muchos casos, con una mayor experiencia investigadora. En principio, esto para mí no es un problema, como digo, no se trata de centrar la cuestión en los detalles, es más, en muchos casos, sé que es un acto inconsciente, pero, a grandes rasgos, marca la forma de entender la autoridad en base a nuestra educación tradicional y la reproducción de esos roles de los que venimos hablando. Pero es algo que se traduce, a muy largo plazo, en cómo nos relacionamos y en las decisiones que tomamos.

Según la base de datos del proyecto de investigación TRACE Las mujeres en los contenidos de la Enseñanza Secundaria Obligatoria, desarrollado por la Universidad de Valencia (que puedes consultar aquí: http://meso.uv.es/informe/) la presencia de mujeres en los libros de texto utilizados en la etapa de Educación Secundaria Obligatoria es sólo del 12%. Es decir, que los contenidos que están encontrando los estudiantes en asignaturas elementales como Matemáticas, Castellano, Ciencias de la Naturaleza, Ciencias Sociales o Tecnología. En fin, nuestra tarea como investigadoras, científicas, o personas, en general, es tomar una postura crítica con la normalización del sesgo de género, exponiendo los peligros de caer en versiones universales y estereotipadas. El reto es contribuir a la ampliación de este espectro, incluyendo toda la variedad posible en el imaginario que hemos creado de las profesiones científicas.

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