Copep-mar y el globo verde

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Tercer premio del segundo concurso de cuentos infantiles Ciéncia-me un cuento.
Organizado por la Society of Spanish researchers in the United Kingdom (SRUK/CERU).

TEXTO POR LAURA IBÁÑEZ TEJERO
ILUSTRADO POR PATRICIA HERRERUELA
ARTÍCULOS
BIOLOGÍA MARINA | RELATO
5 de Diciembre de 2019

Tiempo medio de lectura (minutos)

Era una mañana soleada y el sol iluminaba con sus rayos las azules aguas del mar. A mí, el sol no me gusta mucho, y durante el día suelo nadar en aguas más profundas. Mi nombre es Copep-mar, soy un copépodo, el insecto marino más abundante en los océanos. Soy del tamaño de una hormiga, tengo dos antenas largas como los saltamontes, más patas que una araña y mi cuerpo es alargado como el de una cucaracha (pero yo soy más guapo). Soy transparente, aunque mi tripa se ve con un bonito color cuando como algo rico. Me gusta vivir en el mar, desplazado por las corrientes, donde acompañado de mi hermano pequeño, que se llama Nauplio, disfrutamos de la tranquilidad. Por las noches, cuando hay menos peces que nos molesten, solemos nadar hacia la superficie del agua para alimentarnos. Nadamos despacio porque Nauplio no se mueve tan rápido como yo. Sus patitas son más pequeñas que las mías, todavía tiene mucho que crecer para que podamos hacer carreras en el agua.

Un día, cuando estaba a punto de amanecer, vimos algo verde que flotaba cerca de la superficie del mar. Nauplio nadó hacia ello. Él pensaba que era un alga, una planta marina que nos gusta mucho. A mí me parecía un alga un poco rara. Extrañado, asomé mi ojo en la superficie del mar y vi algo que volaba por encima de nosotros. Nauplio se me acercó despacio y me dijo “¡Mira! ¡Es un avión!”, y le respondí “No, vuela demasiado bajo”.

— Entonces, ¡es un pájaro!
— ¡No! Es demasiado redondo y sólo tiene un color.
— Ah...Pues entonces, ¡es un súper-copépodo que comió muchas algas, se hizo muy fuerte y desarrolló poderes que le permitieron volar como a Superman!

Mi hermano Nauplio tenía mucha imaginación...Pero no, no era un súper-copépodo volador. Algo dentro de mí, me decía que eso no era algo bueno. Pensé que tenía que ver con la planta rara que vimos antes y que se parecía a un alga. Era similar a la que hizo enfermar a mamá. Me puse un poco triste. Desanimado le dije a Nauplio que ya estaba empezando a amanecer y ya era hora de nadar hacia abajo. Mamá siempre nos dice que hay que irse a descansar con los primeros rayos del sol, porque luego hay más peces en superficie que nos incomodan.

Horas más tarde, mientras Nauplio descansaba, el movimiento de la corriente nos llevó junto con los abuelos. Mi abuela Acartia, me contó que lo que habíamos visto en el cielo era un globo verde. Los humanos a veces los soltaban y estos globos llegaban al mar. Como nosotros vivimos cerca de la costa, los podíamos ver con frecuencia. Pero, ¡teníamos que tener mucho cuidado! Porque cuando el globo se rompía generaba plásticos súper pequeños, llamados microplásticos, y los podíamos confundir con algas como le pasó a mamá.

Hacía tres noches que mamá fue con papá a comer a la superficie del mar. Mientras, yo estaba más abajo en el agua con Nauplio y los abuelos. Nauplio no podía nadar bien, había salido del huevo hacía poco, y yo me quedé con él. Al amanecer, mamá y papá regresaron con nosotros y los abuelos. Mamá había comido algo verde pensando que eran apetitosas algas y enfermó. No sabía que lo que había comido no era un alga, sino que se había comido un microplástico de un globo verde que llegó al agua y se había roto en trozos súper pequeños. A la noche siguiente, papá y mamá nadaron hacia la superficie del mar para ver si encontraba algo que pudiese curar a mamá. Entonces, un joven científico llegó en un pequeño barco. El científico estaba preocupado por los plásticos que llegaban al mar, como los globos. Cuando papá le vio, le hizo señas con sus antenas para que se fijase en mamá. El científico, que se llama Dan, quería estudiar el mar donde vivimos y al ver a mamá que se encontraba mal, la cogió para verla en su laboratorio. Papá fue con ella, estaba muy preocupado. Dan metió a mis padres en un tarro con agua del mar y subió el tarro al barco. Luego observó cómo estaba el agua del mar, miró como de calentita estaba el agua, si estaba muy salada y si la corriente estaba muy fuerte o no. Además, contaba todos los plásticos que veía en la superficie del agua y los quitaba. Dan escribía todo en su cuaderno para luego poder leerlo de nuevo en su laboratorio.

Mi abuelo Tonsa, vio como papá y mamá iban con el científico y nos lo comentó. Nos dijo que cuando viene un científico como Dan a ayudar, siempre algo bueno sucede después. Sabemos por el abuelo, que Dan cuando llega a su laboratorio nos mira con un instrumento llamado estereoscopio, porque somos muy pequeños. El estereoscopio tiene dos oculares, que son unas piezas similares a una lupa donde científicos como Dan, ponen sus ojos y pueden ver a animales tan pequeños como nosotros. El estereoscopio le ayuda a vernos como en una imagen 3D. En un recipiente redondo de cristal, llamado caja de Petri, Dan nos coloca debajo de los oculares del estereoscopio y así pueden vernos mejor. Incluso, pueden colocar una pequeña cámara de fotos en uno de los oculares y sacarnos fotos.

El día de hoy sería un día feliz y especial. Cuando estábamos Nauplio y yo con los abuelos vimos llegar a papá y a mamá. Las corrientes les habían desplazado hacia abajo del agua después de que Dan les devolviese al mar. ¡Mamá estaba curada de microplásticos!

Papá nos contó cómo Dan en su laboratorio ayudó a mamá. En el laboratorio, Dan tenía muchos acuarios. En un acuario vacío, Dan echó agua de mar y luego metió a papá y a mamá. Les puso el agua muy limpia y a la temperatura que a ellos les gusta. Mis padres decían que era un ambiente muy agradable. También había un acuario con un montón de sabrosas algas, ¡mamá estaba hambrienta viéndolas! Además, Dan tenía otros acuarios con otros amigos copépodos, los Calanus, ¡eran muchísimos y de diferentes edades! Dan dejó a papá y mamá solos en un acuario, para no juntar ambas familias. Los Calanus habían comido muchísimos microplásticos también, Dan los estaba ayudando. Les daba cada 4 horas de comer algas. A los Calanus esto les hacía muy felices, pues poco a poco iban eliminando los microplásticos de sus pequeños cuerpos y cogiendo nuevas energías.

Lo primero que hizo Dan con mamá y papá fue mirarlos con el estereoscopio y sacarles una foto. Como nuestro cuerpo es transparente, pero cuando comemos se ve un color en nuestra tripa, Dan con una foto podía tener una prueba de cuantos microplásticos había comido mamá. Después, Dan metía de nuevo a mis padres en el acuario y les daba de comer unas algas muy ricas que a mamá le sentaban muy bien. Lo malo fue que mamá no pudo evitar soltar un pellet fecal (nuestra caca) en el agua del acuario y sintió un poco de vergüenza... Poco después, mamá vio que los Calanus tampoco podían evitar soltar pellets fecales en el agua de su acuario, como eran muchos ¡parecía que nevaba! Dan decía que parecía nieve marina y era muy bueno porque poco a poco todos eliminaban los microplásticos de su cuerpo. Los Calanus eran muy glotones y comían muchísimas algas, pero dependiendo de su edad o si eran chicos o chicas, eliminaban mejor o peor los microplásticos.

Mi mamá había comido menos microplásticos que los Calanus, por eso Dan la daba de comer algas cada 6 horas en vez de cada 4 horas. Pero antes de darla de comer, le volvía a sacar fotos para saber cuántos microplásticos habían eliminado. Mi papá también comía bastante, eran algas exquisitas. Mamá poco a poco fue eliminando todos los microplásticos, cada vez se encontraba mejor y papá estaba muy feliz. Hasta que finalmente mamá no tuvo microplásticos en su cuerpo.

Los cuatro días que estuvieron allí mamá y papá, tanto mamá como los Calanus, le decían al científico Dan como se encontraban. Se lo comentaban antes de que Dan les sacase fotos y les diese de comer. Dan apuntaba todo en su cuaderno para saber cómo reaccionaban todos ellos. El científico estaba muy feliz, pues estaba aprendiendo como ayudar a los copépodos a eliminar los microplásticos y podría intentar ayudar a otros animales marinos. Además, como los copépodos no habían eliminado los pellets fecales en el mar, los microplásticos no volverían a estar en el agua. Nuestro científico Dan contaría a los demás humanos que los plásticos nos hacen enfermar a muchos animales.

Aunque esta fue una experiencia algo mala para mamá, fue muy positiva para todos los copépodos. Ahora sabíamos que, científicos como Dan, nos ayudarían a contar a los demás humanos que los plásticos no son buenos para nosotros, y que no deben tirarlos al mar ni lanzarlos al cielo, como los globos. Pues el mar es donde vivimos muchos animales y ya sean plásticos grandes o microplásticos nos hacen enfermar. Los humanos deben cuidar y respetar la casa donde vivimos.

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