La noche del pangolín

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Está hecha una bola. El sueño la abandona e intuye que ya es hora de comenzar con la actividad diaria. Se encuentra en una cavidad amplia, excavada por otro animal. Lleva utilizando este escondrijo durante unas jornadas. Es acogedor. Podría haber excavado ella misma su propio refugio, pero prefirió ahorrarse el esfuerzo, tras comprobar que este estaba libre. Poco a poco se va estirando y comienza a dirigirse hacia la salida de la madriguera. Sus extremidades delanteras son cortas, pero muy potentes. Acaban en cinco dedos con forma de garra que los usa principalmente para excavar. Usa esas garras para romper el tapón de tierra que hace unas horas colocó en la entrada de la madriguera para proteger su sueño y se asoma al exterior. Está anocheciendo. Perfecto para poder salir.

TEXTO POR JESÚS DAVID TAVIRA
ARTÍCULOS
BIODIVERSIDAD | TRÁFICO DE ANIMALES | ZOOLOGÍA
2 de Abril de 2020

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Se trata de una hembra de pangolín gigante (Manis gigantea). Habita en África, en el límite entre una sabana y un bosquete que se va haciendo progresivamente más espeso. Los pangolines son prácticamente un eco del pasado. Se considera que son antepasados del suborden Palaeanodonta, muy diversos y abundantes, pero la mayoría de esas especies se han extinguido, llegando solo ocho hasta nuestros días, que forman el orden Pholidota. Nuestra hembra pertenece a una de esas ocho especies de pangolines que habitan el planeta, cuatro de ellas las podemos encontrar en África y las otras cuatro en Asia. Entre ellas, hay algunas que son arborícolas y utilizan esas fuertes garras para trepar.

Con cautela deja atrás la madriguera. No quiere tener un encuentro indeseado con alguno de los múltiples depredadores africanos. Su cuerpo está cubierto por escamas sobrepuestas y callosas. Algunos piensan que se parecen a piñas o alcachofas andantes. Son de colores terrosos, las escamas van desde colores marrones hasta amarillos ocre. Con su potente olfato se ha puesto a buscar alimento. Al tiempo, va marcando los límites de su territorio y buscando señales olorosas que le indiquen la presencia de otros pangolines. Son solitarios y usan esas marcas también para comunicar su estado reproductivo. Quizás se encuentre esta noche con algún macho.

Va merodeando entre árboles dispersos y vegetación baja en busca de termiteros y hormigueros, fuente de su principal alimento. Levanta la cabeza en busca de olores, parece que ha captado algo en el aire. Se acerca hacia un montículo en el suelo y se alza sobre sus dos patas traseras, dejando caer todo su peso hacia delante. Hunde sus largas garras delanteras en el hormiguero, abriendo un hueco en él. Ahora es turno de su larga lengua. Los pangolines tienen una lengua que puede llegar a medir setenta centímetros, de la cual proyectan al exterior unos cuarenta. Pensaran que una lengua tan larga seguro que se enrolla en la cabeza como ocurre en los pájaros carpinteros. Si es así, se encuentran en un error. La lengua de los pangolines se aloja en una funda que tiene el punto de anclaje cerca de la pelvis. Esta lengua es pegajosa gracias a una saliva que se produce por una glándula salivar enorme que se encuentra en su pecho.

Es hora de capturar a las hormigas. Acerca su cabeza al agujero excavado y unos músculos especiales cierran los orificios nasales ante el ataque de los insectos enfurecidos. Igualmente, los párpados también están engrosados para proteger los ojos. Puede comenzar el festín. El pangolín recoge con su lengua pegajosa a las hormigas y se las come con una boca que no tiene dientes. La cabeza del pangolín es relativamente pequeña y cónica y su cráneo es muy simple. De hecho, la mandíbula inferior es poco más que una placa. Al carecer de dientes, con estas mandíbulas tan sencillas, los animalillos que ingiere llegan al estómago prácticamente sin procesar. Para compensarlo, el estómago de los pangolines es fuertemente muscular y está provisto de espinas de queratina. Además, se traga piedras para ayudar a triturar el alimento. Un pangolín gigante puede comer doscientas mil hormigas en una sola noche (unos setecientos gramos de peso). Así, la noche va pasando entre visitas a hormigueros y un termitero que ha tenido la fortuna de encontrar.

Es hora de ir volviendo a la seguridad de la madriguera. Pero… ¡Alto! Le ha parecido percibir un ruido. Una sombra cruza unos matorrales. Es hora de huir. Se vuelve a erguir sobre sus patas traseras y emprende la marcha a toda la velocidad que sus cortas extremidades y la enorme cola le permiten, que no es mucha. No pueden correr más allá de los cinco kilómetros hora. No va a ser capaz de escapar. De repente, la sombra deja la maleza y revela su identidad. Se trata de un chacal madrugador. Para cuando el chacal alcanza, sin mucho esfuerzo, al pangolín, se topa con su famoso mecanismo de defensa. El nombre de pangolín proviene del vocablo malayo peng-guling que significa "el que se enrolla". Efectivamente, el pangolín protege de esta manera la superficie inferior de su cuerpo que, junto con la cara interior de las extremidades, es la única zona donde no cuenta con escamas. Las escamas son de queratina (como nuestras uñas y pelo o como el famoso cuerno de los rinocerontes). Es una sustancia dura que permite protegerse al pangolín al adoptar una posición de bola. Ha tenido suerte de haberse topado con un chacal que no tiene suficiente fuerza en sus fauces para penetrar en su coraza, pero hubiera sido mucho más desafortunado un encuentro con un gran felino o con una hiena. Entonces sí que hubiera tenido serios problemas. El chacal tantea a nuestra hembra de pangolín y se está empezando a poner muy pesado, a pesar de no poder traspasar esas filas de escamas traslapadas. El pangolín, harta del acoso, decide emplear un segundo mecanismo de defensa, expulsando un líquido repugnante segregado por unas glándulas anales. El chacal por fin, desiste y deja al pangolín en paz.

Ellos tienen el desafortunado récord de ser los mamíferos más afectados por el tráfico de especies.

Acabado el incidente, desenrolla su potente cola (que tiene más de cuarenta y cinco vertebras, lo cual es un logro en los mamíferos) y recupera su marcha. De nuevo, de camino a la madriguera, percibe un olor conocido. Otro pangolín, en este caso un macho, ha dejado su marca en la base del árbol que está inspeccionando. No tarda mucho en encontrarlo. Aunque los pangolines son solitarios, sí se juntan en la misma madriguera cuando va a tener lugar la reproducción. Otra vez en la madriguera, tapan con tierra la entrada y los dos se retiran al abrigo de la oscuridad. Una jornada más, seguros.

Una seguridad que no está garantizada si hablamos de las ocho especies de pangolines. Ellos tienen el desafortunado récord de ser los mamíferos más afectados por el tráfico de especies. Todas las especies están ya amenazadas y dos de ellas se encuentran en peligro crítico: el pangolín malayo (Manis javanica) y el pangolín chino (Manis pentadacyla). Los pangolines son capturados para el mercado de carne de animales salvajes, pues son muy apreciados culinariamente y debido al valor de sus escamas. Las escamas son utilizadas en la medicina tradicional para tratar enfermedades como el asma, el reúma, la artritis, como afrodisíaco, etc. Evidentemente, sobra decir que científicamente no se ha demostrado su efecto positivo sobre estas afecciones. Este tráfico ilegal cada año acaba con una cifra brutal de pangolines, lo que está llevando a estos animales a una situación límite.

Afortunadamente, por un día más nuestra pareja de pangolines descansa plácidamente en su madriguera. Quizás con suerte tras un período de gestación que ronda los cinco meses, nuestra hembra de pangolín gigante se asome a la madriguera y lleve agarrada en su cola a una pequeña cría que haya endurecido ya sus escamas, pues nacen con ellas muy blandas, y al cabo de los tres meses, cuando la cría se destete y deje de utilizar la cola de su madre como medio de transporte, pueda vivir en un mundo que ya no les persiga.

Nota del autor

Para aquellos que se hayan acercado a este relato esperando encontrar la relación entre los pangolines y el SARS-CoV-2 siento decepcionarles, porque a día de hoy no existe tal relación. Las pruebas realizadas determinaron que el virus no provenía de las muestras de pangolín analizadas. Por el momento se desconoce el intermediario animal. No carguemos con un estigma sin demostrar a los ya de por sí muy presionados pangolines. Ayudemos a acabar con la injusta persecución que sufren para recuperar sus poblaciones.

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