Poesía y matemáticas: el Oulipo

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Comencé a estudiar el grado en matemáticas porque una carrera de ciencias parecía ser el desenlace más natural para alguien a quien siempre se le habían dado bien esas asignaturas de ciencia en el colegio. Ya podías escribir como Santa Teresa o reflexionar como María Zambrano que, si se te daba bien hacer derivadas, el devenir del mundo facilitaba que acabaras en una facultad de ciencias, ingeniería o, en aquellos tiempos felices, arquitectura.

TEXTO POR VIOLETA VACA DELGADO
ILUSTRADO POR INMA MARTÍN MARÍN
ARTÍCULOS | MUJERES DE CIENCIA
LITERATURA | MATEMÁTICAS | OULIPO
21 de Diciembre de 2020

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De las matemáticas me atrajo su aspecto de lenguaje secreto e infalible, pero conforme los cursos iban avanzando me sentía cada vez más atrapada en un laberinto de letras, matrices e integrales del que no era capaz de salir. Finalmente, decidí dejar las matemáticas y estudiar algo muy distinto: literatura comparada. Cada vez que anunciaba a alguien mi nuevo propósito surgían dos preguntas importantes: ¿qué es la literatura comparada? y ¿qué demonios tiene que ver una cosa con la otra? A la primera pregunta encontré respuesta pronto: la literatura comparada es, a grandes rasgos, el estudio de la literatura desde un punto de vista transnacional e interartístico. Es decir, por un lado, no se limita el estudio de la literatura a una sola lengua o región, y, por otro lado, se da la bienvenida al análisis de las relaciones entre la literatura y otras artes como la pintura, la música o el cine. La existencia de un vínculo entre la literatura y otras disciplinas artísticas parece bastante obvia, pero, ¿qué relación guardan las letras con las matemáticas?

Para comenzar a desenmarañar el asunto vamos a trasladarnos al París del mes de noviembre de 1960. En esos momentos, el presidente Charles de Gaulle está a punto de iniciar su tercer año de mandato, la cantante Edith Piaf —próxima a morir— triunfa con su éxito Non, je ne regrette rien en la radio y la guerra por la independencia de Argelia, aún colonia francesa, lleva librándose durante seis complicados años. En este ambiente de agitación política y cultural, marcado por una exigencia de libertad que acabará por estallar en el aún lejano Mayo del 68, un grupo de escritores y matemáticos se reúne en París para colocar la limitación como punto de partida de la búsqueda de libertad artística. Hablamos del Oulipo o Taller de Literatura Potencial (en francés, Ouvroir de Littérature Potentielle). A diferencia de los anteriores movimientos de vanguardia, como el surrealismo o el dadaísmo, los oulipianos abrazaron el estricto razonamiento lógico-matemático y se propusieron colocar severas restricciones en el centro de su proceso creativo. En resumen, decidieron complicarse la vida, crear problemas para favorecer la creatividad, ponerse trabas a sí mismos para dejar que el ingenio floreciera. En sus propias palabras:

«¿Y qué es un autor oulipiano? Es una rata que construye ella misma el laberinto del cual se propone salir. ¿Un laberinto de qué? De palabras, sonidos, frases, párrafos, capítulos, bibliotecas, prosa, poesía, y todo eso».

Aunque el Oulipo cuenta con excelentes narradores como Georges Perec o Italo Calvino, voy a centrarme en los experimentos líricos. Uno de los ejemplos más conocidos y endiabladamente sencillo es la colección de sonetos Cent mille milliards de poèmes de Raymond Queneau, escritor fundador del grupo junto al matemático François Le Lionnais. Imagina que editas un libro con diez sonetos (poemas de catorce versos), todo ellos impresos en páginas impares. Cuidadosamente, separas, recortando con una tijera, cada uno de los versos de los poemas, dejándolos prendidos al libro solamente por el extremo izquierdo, de modo que puedes intercambiar entre sí los versos que ocupan la misma posición. Para cada uno de esos catorce versos tendríamos diez posibles combinaciones (piensa que todas ellas se han escrito respetando estructuras sintácticas equivalentes, por lo que el soneto final mantiene siempre un sentido coherente). El resultado de combinar todas las posibilidades es un número desorbitado de poemas, exactamente 1014, es decir, 100 000 × 1 000 000 000, cien mil millardos o cien billones de poemas. Lo que parece un conjunto de diez sonetos esconde un libro imposible de leer en su totalidad por culpa de la combinatoria. El propio Queneau calculó que se tardaría aproximadamente un millón de siglos en leer todas las combinaciones.

La relación entre poesía y matemáticas no empieza ni acaba con el Oulipo, pero los ingeniosos juegos de este grupo de franceses se han convertido en un punto de referencia para la experimentación literaria.

Otro ejemplo curioso y de resultado conmovedor es el poema binario de Jacques Roubaud. En este caso, el autor oulipiano reduce su lenguaje a dos números: el 0 y el 1, las dos cifras necesarias para construir el sistema de numeración binario con el que operan nuestros ordenadores. El soneto de Roubaud, titulado La Vie, consigue transmitir, a través de solamente unos y ceros, el relato de una vida, desde que comienza hasta que va apagándose lenta e intermitentemente. Es posible encontrar el poema en la red recitado por el propio autor.

Entre los ejemplos más divertidos encontramos el poema topológico de Luc Étienne, que utiliza las propiedades de la banda de Möbius, un objeto fascinante y muy fácil de crear. Imagina que tienes un rectángulo alargado de papel blanco. Imagina que tomas los dos extremos cortos y los pegas entre sí formando un cilindro. Bien, pues ahora imagina que, antes de unir los extremos, realizas una torsión del papel. Hazlo. Obtendrás una especie de pulsera torcida.

Banda de Möbius. Créditos: David Benbennick

Lo impresionante es que en tan solo un giro habrás pasado de tener una superficie de dos caras (el rectángulo de papel) a una superficie que tan solo tiene una. Puedes comprobarlo dibujando una línea que recorra la banda. Descubrirás que no necesitas levantar el lápiz para atravesarla entera, como sí tendrías que hacer, por ejemplo, con un cilindro, que tiene dos caras: la interior y la exterior. Bien, Luc Étienne aprovechó las propiedades de la banda de Möbius para realizar un divertido juego poético. En primer lugar, compuso el siguiente poema de dos estrofas (traducción de Marta Macho-Stadler en Las matemáticas de la literaturaUn paseo por la Geometría. Curso 2006/2007. Departamento de Matemáticas. Facultad de Ciencia y Tecnología. Universidad del País Vasco):

Trabajar, trabajar sin cesar,
para mí es obligación
no puedo flaquear
pues amo mi profesión…

Es realmente un tostón
perder el tiempo,
y grande es mi sufrimiento,
cuando estoy de vacación.

Gracias a la torsión mágica de la banda de Möbius podemos convertir este poema de alabanza al trabajo en un auténtico manifiesto a favor de la vagancia. En primer lugar, colocamos la primera estrofa en un rectángulo de papel blanco alargado, de modo que ocupe toda la superficie. Después, le damos la vuelta al papel por su lado más alargado, y en la otra cara escribimos la segunda estrofa. A continuación, pegamos la tira de papel realizando el giro que nos permite obtener una banda de Möbius. Si empezamos a leer de izquierda a derecha por el primer verso encontraremos que el poema se ha convertido en lo siguiente:

Trabajar, trabajar sin cesar, Es realmente un tostón
para mí es obligación perder el tiempo,
no puedo flaquear y grande es mi sufrimiento,
pues amo mi profesión... cuando estoy de vacación.

Aunque la labor del Oulipo ha ido popularizando estas técnicas en la actualidad, la mayoría de ellas cuentan con antecedentes muy antiguos. El sistema binario está presente en una obra que data del 1200 a. C., el I Ching o Libro de las mutaciones chino, un libro que funcionaba como oráculo y que inspiró a Leibniz para desarrollar el sistema binario moderno que se utiliza hoy en día en informática. Otra de las creaciones más populares de Oulipo, los lipogramas, textos que se componen excluyendo una letra del alfabeto, encuentran precedentes en el siglo VI a. C. con los poemas de Laso de Hermione que omiten la letra sigma del alfabeto griego. Hubo quien se atrevió a más: en el siglo III Nestor de Laranda reescribió la Ilíada, el largo poema épico de Homero, omitiendo una letra distinta en cada libro que lo compone, y en el siglo V, el egipcio Trifiodoro hizo lo propio con la Odisea. Más adelante, en la Edad Media se popularizaron juegos formales parecidos, conocidos como jongleries y que hacían las delicias de los trovadores.

La relación entre poesía y matemáticas no empieza ni acaba con el Oulipo, pero los ingeniosos juegos de este grupo de franceses se han convertido en un punto de referencia para la experimentación literaria. Volviendo al inicio. Mientras continuaba con el grado en literatura comparada, logré terminar las asignaturas de matemáticas que había dejado colgadas. Como los oulipianos, conseguí salir de un modo diferente del pequeño laberinto que yo misma me había creado. Probablemente, el Oulipo entendió bien que eso es lo que hacemos todo el rato: inventar laberintos de los que luego tratamos de escapar. Ese es otro punto donde convergen la literatura y las matemáticas: construir laberintos para problemas o situaciones que exigen ser contempladas de otro modo, analizadas de maneras alternativas, y, una vez creados estos caminos confusos, buscar la salida con imaginación e ingenio, tomándonos muy en serio la importante tarea de jugar a pensar.

 

Referencias

—Marcel Bénabou y Jacques Roubaud. Qu’est-ce que l’Oulipo 
—Ernst Robert Curtius (1948). Literatura europea y Edad Media latina. México, Fondo de Cultura Económica, 1955, pp. 397-410.
—Sarah Coolidge. Who are the women of Oulipo?

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