Marjorie Courtenay-Latimer: la naturalista que devolvió a la vida a un fósil:
En biología, llamamos «especies Lázaro» a esos organismos que creíamos extintos y que de repente reaparecen como por arte de magia. El ejemplo más espectacular, sin duda, es el celacanto: un extraño pez prehistórico que parecía haberse esfumado junto con los dinosaurios, hasta que en 1938 una joven naturalista autodidacta, Marjorie Courtenay-Latimer, desveló su existencia ante el mundo. Su descubrimiento no solo desafió las certezas científicas de la época, sino también los estereotipos de género, en un entorno científico que entonces era prácticamente un club exclusivo para hombres.
Marjorie nació en 1907 en East London, Sudáfrica, y desde el principio no lo tuvo fácil: prematura y con una salud frágil, padeció una larga serie de enfermedades durante su infancia, llegando incluso al borde de la muerte por una grave difteria. A pesar de las dificultades, ya desde pequeña era una apasionada naturalista que disfrutaba explorando, recolectando flores y observando los animales. A los once años, ¡ya era experta en pájaros!
Empezó a formarse para ser enfermera, pero justo antes de acabar se enteró de que había salido una vacante en el pequeño y recién abierto museo de historia natural de la ciudad. Algo debió de hacer clic en su interior en aquel momento. Se presentó enseguida y, a pesar de ser totalmente autodidacta en ciencias naturales, impresionó tanto a sus entrevistadores que se ganó el puesto y a los 24 años empezó a trabajar como curadora en el museo.
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Sus tareas consistían sobre todo en gestionar las exhibiciones y dioramas, pero Marjorie no se limitaba al trabajo de oficina: recorría los alrededores de la ciudad recolectando todo tipo de conchas, plumas, rocas y especímenes naturales que podían enriquecer la colección. Visitaba a menudo el puerto de East London, y allí se ganó la confianza de los pescadores, quienes empezaron a dejarla fisgonear en sus redes en busca de peces fuera de lo común.
En diciembre de 1938, tres días antes de Navidades, Marjorie estaba justo inspeccionando un montón de peces recién capturados, cuando notó una aleta azul que sobresalía. Tras apartar varias capas de pescado maloliente, sacó a la luz lo que más tarde describiría como el pez más hermoso que había visto en su vida. Medía alrededor de un metro y medio de largo, y era una criatura de color gris azulado con escamas gruesas y unas aletas carnosas muy raras, que casi parecían patas.
Marjorie no sabía qué clase de pez era, pero enseguida sintió que se trataba de algo importante. Había que preservar el espécimen a toda costa antes de que se deteriorara, y así empezó una carrera contrarreloj. Regresó en taxi a toda velocidad, pese a las quejas del conductor, que no estaba nada contento con transportar un pez enorme y apestoso. Cuando llegó al museo, enseguida empezaron los problemas. Al ser una instalación pequeña y con pocos recursos, no había medios para conservar bien el espécimen y casi todo el mundo estaba de vacaciones. Además, el director del museo no la tomó en serio, etiquetando al animal como un banal «pez de roca» antes de irse a casa. Marjorie se quedó sola, con el misterioso pez empezando a deteriorarse frente a sus ojos.
Desesperada, intentó primero llevarlo a la morgue del pueblo, y luego a una cámara frigorífica local, pero en ambos sitios se negaron a almacenarlo. Al final, acudió a un conocido suyo que era taxidermista, Robert Center, y este la ayudó a envolver el ejemplar en sábanas y papel de periódico empapados en formalina. Un método casero, pero eficaz para ganar algo de tiempo.
El siguiente paso fue buscar a alguien experto en peces para identificar la especie, ya que en los libros del museo no figuraba nada parecido. Marjorie se acordó de su amigo JLB Smith, ictiólogo de la Universidad de Rhodes, y decidió escribirle una carta en la que también añadió un dibujo del animal. Cuando Smith vio el dibujo, no pudo dar crédito a lo que tenía antes sus ojos. Sabía lo que era, obviamente, con aquella forma del cuerpo primitiva y esas aletas lobuladas tan peculiares. Lo había visto varias veces…pero solo en forma de fósil. El celacanto había vuelto a la vida. Para un científico era como encontrarse con un tiranosaurio vivito y coleando.
Por suerte, lo que quedaba del espécimen era lo suficientemente bien preservado como para permitir su identificación. Cuando Smith llegó al museo y pudo examinarlo en persona, no tuvo dudas: era un celacanto de verdad. Lo bautizó con el nombre científico de Latimeria chalumnae, en honor a su descubridora y al rio Chalumna, en cuya desembocadura había sido capturado.
La prensa no tardó en hacerse eco del descubrimiento con titulares dignos de una novela de aventuras. «Olvidaos del monstruo del Lago Ness», decían, «¡aquí tenemos un auténtico monstruo prehistórico certificado por la ciencia!». El pequeño museo de East London se vio, de un día para otro, desbordado por miles de visitantes curiosos que querían ver con sus propios ojos al «fósil viviente». Tanto Marjorie como el celacanto se convirtieron en verdaderas celebridades.
Durante las décadas siguientes se encontraron más celacantos en diferentes áreas del océano Índico. Hoy en día sabemos que viven en aguas profundas, normalmente entre los 150 y 300 metros de profundidad, donde la luz apenas llega. Son unos seres muy tímidos que suelen esconderse en cuevas de lava submarinas, y por esto resultan muy difíciles de ver. Según algunos estudios, podrían vivir hasta los 100 años.
Fósil de celacanto.
Pero lo más fascinante de este animal es lo que nos cuenta sobre nuestra historia evolutiva. Los celacantos son mucho más antiguos que los dinosaurios: aparecieron hace unos 400 millones de años, en el Devónico, y pertenecen al grupo de peces del cual evolucionaron los anfibios: los sarcopterigios, o peces de aletas lobuladas. Por esta razón, algunos científicos llegaron a sostener que el celacanto podía ser el famoso «eslabón perdido» entre los peces y los primeros vertebrados terrestres. Es decir, un ancestro directo de los anfibios, y por extensión… ¡también de los humanos!
Sin embargo, los análisis genéticos desmienten esta hipótesis. El celacanto no es nuestro antepasado directo, sino más bien un primo evolutivo. Mientras algunos de sus parientes sarcopterigios se quedaban cerca de la superficie, transformando lentamente sus aletas carnosas en patas y dando los primeros pasos hacia la tierra firme, el celacanto decidió tomar su propio camino y convertirse en un experto de las profundidades.
Allí se encontró en un ambiente muy estable, en el que ya no necesitaba cambiar tanto, y por eso se acabó quedando con un look muy parecido al de sus antepasados. Pero ojo: aunque muy despacito, ha seguido evolucionando. Por eso a muchos biólogos les saca un poco de quicio escuchar términos como «eslabón perdido» y «fósil viviente»: ningún ser vivo se queda exactamente congelado en el tiempo, por mucho que conserve rasgos primitivos. Pero, sin duda, estudiar el celacanto es como mirar por una ventana única hacia las raíces evolutivas de los vertebrados.
¿Y qué fue de nuestra protagonista, Marjorie Courtenay-Latimer? Lejos de descansar en laureles, siguió trabajando con la pasión de siempre en su querido museo. Además de investigar, se convirtió en una entusiasta divulgadora. Organizaba exposiciones temporales, daba charlas, guiaba recorridos por el museo y ayudó a fundar varias asociaciones locales relacionadas con la cultura y la naturaleza. Escribía un montón de artículos cortos (incluso tenía una columna fija en el periódico local) y una vez jubilada escribió un libro sobre flores silvestres, otra de sus grandes pasiones. En 1998 fue la invitada de honor cuando el gobierno sudafricano acuñó una moneda de oro con la imagen del celacanto para conmemorar su descubrimiento.
Murió en 2004, en su ciudad natal, a los 97 años. El ejemplar de celacanto que descubrió sigue hoy cuidadosamente preservado y expuesto en el museo de historia natural de East London, como testimonio de uno de los hallazgos naturalísticos más sorprendentes del siglo XX.
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