Tanda de penaltis
Tras la derrota en la final de la Eurocopa, el relato mediático giró hacia el crecimiento imparable del fútbol femenino. Pero más allá del juego, las inversiones o el marketing, hay una historia menos visible y decisiva: la de científicas que llevan años investigando el fútbol femenino como un objeto de estudio propio. Desde la física del balón hasta la fisiología, la hormonología, el sueño o la sociología, su trabajo ha contribuido a transformar este deporte en algo más justo, más seguro y, también, mejor.
23 de Enero de 2026
Tiempo medio de lectura (minutos)
Tras las lágrimas del día anterior, el ciclo de noticias cambió súbitamente a un enfoque mucho más optimista. España había caído en la final de la Eurocopa en la tanda de penaltis frente a Inglaterra, pero los plumillas cambiaron su relato derrotista para centrarse en el increíble crecimiento que estaba teniendo el fútbol femenino tanto en calidad de juego como en seguimiento por parte de la afición. No escondían la importancia que tenían en este desarrollo las inversiones y el marketing, pero poco se acordaban de la ciencia y de los estudios abanderados por mujeres investigadoras que ayudaron a propiciar este cambio.
A la vuelta de las vacaciones estivales, en algunos institutos de secundaria tuvieron la suerte de contar con profes de física que motivaron a su alumnado explicándole cómo el gol de Claudia Pina contra Bélgica es un buen ejemplo del funcionamiento del Efecto Magnus y cómo este aplica el Principio de Bernoulli a la rotación de una esfera para hacernos entender el vuelo arqueado de un tiro con efecto (algo que no ocurriría, por ejemplo, en la Luna, por no tener una atmósfera que ejerza presión sobre el balón). Quizá algún docente se animó a proponer un problema de cinemática en dos dimensiones dibujando la jugada del gol de Athenea del Castillo frente a Suiza a pase de tacón de Aitana Bonmatí. Incluso el gol de Mariona Caldentey de cabezazo en la final tras el centro de Ona Batlle pudo parecer perfecto para practicar en clase la relación entre fuerza, impulso, tiempo de contacto e incremento del momento lineal.
Sin embargo, hay otra ciencia, otros avances, otros enfoques que son propios del fútbol femenino y no del fútbol en general, como eran los anteriores. Hasta no hace tanto, nadie se preocupaba por las diferencias implícitas entre el balompié jugado por hombres o por mujeres más que para dejar constancia de su misoginia (no nos olvidemos de nuestro reciente pasado del «ni es fútbol, ni es femenino» que, afortunadamente, algunas instituciones valientes lograron rebautizar con un orgulloso «es fútbol, y es femenino»). En este contexto aparecieron una serie de científicas, mujeres en su mayoría, que se preguntaron si, en lugar de limitarse a aplicar «la ciencia del fútbol» desarrollada principalmente por y para los varones, no podrían existir diferencias de base que demandarían estudios específicos para el futfem.
La británica Naomi Datson evidenció cómo el juego de las mujeres futbolistas no era igual al de los hombres en lo que se refiere a la distribución de picos de intensidad, tanto en diferentes fases de los partidos como en las distintas zonas del campo. Teniendo en cuenta esto, aparte de las diferencias fisiológicas (por no hablar de la calidad media de los terrenos de juego, los medios materiales con los que contaban...), su estudio concluyó que el tipo de molestias y el tiempo de recuperación respecto a los futbolistas masculinos podrían ser muy diferentes. Su trabajo dio sus frutos y sus publicaciones sobre la prevención de lesiones en mujeres y cómo afrontar estas tuvo un gran impacto en el mundo de este deporte.
Rebecca K. Randell puso el foco en las cuestiones hormonales y alimentarias, precisamente en la relación entre ambas y en cómo adaptar la dieta según las distintas fases del ciclo menstrual de las deportistas. Su trabajo puso de relieve que para el apropiado avance del fútbol femenino no era suficiente con que hubiera mujeres dentro del terreno de juego, sino que una visión femenina en todos los niveles relacionados con este deporte podía ser realmente necesario.
La australiana Shona Halson no se centró solo en las futbolistas, sino en las deportistas de alto nivel en general y, en particular, en los grandes torneos. El deporte, convertido en espectáculo en Olimpiadas, Mundiales y otros campeonatos internacionales, suele requerir de encuentros en horario nocturno, ya que suelen resultar más atractivos para el público. Sin embargo, el funcionamiento de los ciclos del sueño durante este tipo de campeonatos es diferente entre los sexos y, por tanto, la recuperación frente a estos partidos y las técnicas recomendadas para eliminar la fatiga son diferentes a las que venían utilizando los equipos masculinos.
Desde Reino Unido, Emma Ross ha hecho hincapié sobre todo en lo que se refiere a los entrenamientos y en el hecho de que tanto futbolistas como técnicos no tienen en general suficiente formación en lo que se refiere a la salud hormonal, el ciclo menstrual y la incidencia de estos sobre el rendimiento de las jugadoras. Su proyecto científico se centra tanto en la parte investigadora como en la divulgación de estos resultados para que su aportación no se quede en el mundo científico y llegue a las realidades de los clubs de fútbol.
Desde el campo de la sociología, la doctora Jayne Caudwell ha estudiado muy de cerca el futfem advirtiendo prejuicios y presiones que afectan a las jugadoras de forma muy distinta a los que reciben los hombres y, por otro lado, muy específicas del mundo del fútbol femenino y no tanto de otros deportes. Expone cómo esta disciplina ha servido en ocasiones como espacio seguro para las mujeres queer, pero advierte cómo esto también ha aumentado el desprecio y el recelo hacia la misma. Esto nos ofrece una dimensión diferente que hace del fútbol femenino un campo de estudio concreto que necesita de una mirada única y distinta a la del masculino.
Pasados unos meses tras la final de la Eurocopa, bien se recibiese el resultado final con júbilo o con pesar, bien se animase a las de Irene Paredes o a las de Leah Williamson, bien se celebrasen en la tanda de penaltis las paradas de Cata Coll o el gol de la victoria de Chloe Kelly, queda reconocer el trabajo de todas ellas: Las que sudaron en el campo, las que sufrieron en los banquillos y las que desde el anonimato llevan años investigando a través de la ciencia para hacer del fútbol femenino (sí, de ese en particular) el deporte que hemos aprendido a amar.
Deja tu comentario!