La industria militar contra la novia de Frankenstein
Este relato reconstruye la historia de Edith Lanchester y su enfrentamiento ideológico con su hermano Frederick Lanchester, creador de las ecuaciones matemáticas que transformaron la estrategia militar moderna. Ciencia, activismo pacifista y feminismo se entrelazan en una narración que conecta matemáticas, guerra y emancipación femenina en el contexto de la Gran Guerra y la cultura del siglo XX.
13 de Febrero de 2026
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Docenas de voces hicieron nimia la sobrecogedora altura del muro de la institución y se filtraron valientes entre los barrotes del habitáculo. Edith Lanchester no estaba sola y los cánticos socialistas de sus compañeros de filas la animaron a seguir aguantando sin doblegarse ante aquel atropello. Pocos días antes, cuando apenas había dado un tímido bocado a la habitual tostada con mermelada de arándanos que solía tomar por desayuno, había sido sorprendida por su padre, tres de sus hermanos y el doctor Blandford. Ni siquiera la ayuda de su ama de llaves sirvió de mucho. Los números estaban de parte de los asaltantes y poco después se la llevaban esposada a bordo de un carruaje.
El médico, instigado por la familia, rubricó tajante un informe que la declaraba mentalmente desvalida. Edith se mantenía firme en su intención de irse a vivir con el hombre al que amaba sin unirse en matrimonio. Desde el punto de vista de aquellos con los que compartía sangre, aquello era un claro indicio de demencia, opinión a la que se sumó el respetado experto en psiquiatría. Si el intento de suicidio era motivo de internamiento, también debía serlo el suicidio social que estaba planeando la activista. El texto era claro respecto al origen de su presunta dolencia mental: exceso de formación intelectual. Una mujer leída con opiniones propias no podía estar cuerda.
Tras una semana de pruebas y estudios sobre el funcionamiento de su psique debió ser puesta en libertad. Los médicos, tras analizar los resultados de cada test, no lograron identificar indicios de la hipotética enfermedad que la aquejaba. Si bien este encierro puede parecer breve, las torturas a las que eran expuestas las mujeres en este tipo de centros hacían de cada hora un infierno. Abusos físicos, mentales y sexuales eran habituales y no fue diferente en su caso.
Aunque el día que la capturaron estaba en clara inferioridad numérica, las noticias que le habían estado llegando del exterior en forma de gritos y proclamas indicaban un futuro diferente. El mundo estaba cambiando y con él las opiniones de la gente, aunque estas siempre cambian más despacio.
Desde la ventana de su despacho, Frederick Lanchester observaba la manifestación que estaba teniendo lugar frente a la factoría con un nudo en la garganta. Estaba a punto de publicar su estudio de cálculo diferencial que cambiaría para siempre la historia de la guerra y de cualquier conflicto violento. Desde antiguo se sabía que la superioridad numérica era importante para resultar vencedor en un enfrentamiento, pero cuando una guerra se dilataba en el tiempo, no era suficiente con quedar de pie, sino que la cantidad de soldados supervivientes podría determinar la victoria o derrota en la siguiente batalla. Era necesario estudiar matemáticamente el resultado esperable en lo que se refiere al número de bajas para encontrar el modo de minimizarlo.
A pie de calle, a la cabeza de la manifestación estaba Edith, cuya garganta se desgarraba a voz en grito vociferando proclamas pacifistas. Sintió cómo dos manos empáticas le abrazaban la cintura desde atrás, mientras en su oído le susurraban un cálido «¿Estás bien, Biddy?». Era reconfortante saber que una compañera de filas había notado su desasosiego al marchar junto a la fábrica. Mientras ella luchaba por terminar con las guerras de una vez por todas, la cuenta de resultados de su hermano dependía de la venta de vehículos para uso militar. Levantó la mirada y la clavó desafiante sobre un par de ojos que la observaban inquisitorios desde el ventanal de la tercera planta. «La familia no se elige», pensó. Y continuó orgullosa su peregrinaje rodeada de aquellos con los que compartía activismo e ideario. En su bolsillo, asomaba discreto el bolígrafo que Eleanor Marx le había dejado en su testamento. Edith lo acarició con las yemas de sus dedos recordando el rostro de aquella mujer que le había enseñado a luchar por sus ideales.
La mirada fija de Frederick parecía evaluar la masa de los contestatarios viandantes, sin embargo su cerebro no estaba procesando sentimiento alguno, sino que tan solo imaginaba a aquella muchedumbre como si se tratase de un ejército, intentando una vez más comprobar mentalmente los cálculos que había estado desarrollando. La tradición militar siempre había tenido en cuenta la diferencia númerica en lo que se refiere a la cantidad de soldados que entran en combate, sin embargo él había puesto su atención en el hecho de que, normalmente, en este tipo de conflictos, la resolución del enfrentamiento no tiene lugar de forma instantánea, sino que las bajas se van acumulando paulatinamente. De este modo, la superioridad de contingentes desplegados sobre el terreno se va haciendo todavía mayor tal y como se va socavando la resistencia del enemigo. Frederick estaba seguro: la potencia militar de un ejército no era proporcional al número de sus soldados, sino a su cuadrado.
La Gran Guerra había terminado hacía tiempo, aunque preocupantes noticias que llegaban desde el continente parecían indicar que poco se había aprendido de aquella lección. Edith se puso sus mejores galas y dirigió sus pasos hacia la sala de cine de Regent Street. La mayoría del público estaba presente esperando ver una película de terror, la secuela de Frankenstein. Ella no había visto la original, aunque conocía el libro. Mientras la tensión y el miedo se hacían patentes durante la proyección, lágrimas de alegría corrían por su rostro. Elsa, su hija, tenía un doble papel: Era la novia de Frankenstein, pero también Mary Shelley, la escritora de la novela. Donde la mayoría veían una historia terrible, llena de sustos y horripilancias, ella tan solo veía un alegato a favor de mujeres adelantadas a su tiempo que escapaban de las convenciones y manipulaciones de los hombres que las rodeaban para encontrar su propio camino. Con suerte, pensó, Elsa sería también una de ellas. Al acabar la película regresó a su casa y, a modo de cena, se preparó una tostada con mermelada de arándanos. Esta vez, la disfrutó hasta el final.
Las ecuaciones de Lanchester tuvieron gran repercusión en el mundillo militar y, si bien el periodo de guerra fue para Frederick especialmente fructífero en cuestiones monetarias, la paz tan anhelada y perseguida por su hermana Edith sería la que finalmente le traería el reconocimiento y las condecoraciones.
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