El vómito fósil que reescribe la cadena alimentaria

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No todos los fósiles son huesos. A veces, lo que sobrevive al tiempo es algo mucho más inesperado: un vómito. Lo que a simple vista podría parecer una anécdota grotesca se ha convertido en una ventana privilegiada al pasado. Un reciente hallazgo, recogido por Science News, muestra cómo un regurgitado fosilizado puede revelar con una precisión extraordinaria qué comían los depredadores hace millones de años y cómo funcionaban los ecosistemas prehistóricos.

La paleontología no solo estudia organismos. Estudia relaciones. Y pocas evidencias son tan directas como un estómago —o su contenido expulsado— convertido en piedra.

TEXTO POR QUIQUE ROYUELA
ILUSTRADO POR LUA BARBOZA SALVATIERRA
ARTÍCULOS
DINOSAURIOS | PALEONTOLOGÍA
24 de Febrero de 2026

Tiempo medio de lectura (minutos)

Comer, digerir, expulsar

En el registro fósil conocemos desde hace tiempo los llamados coprolitos, excrementos fosilizados que permiten reconstruir dietas antiguas. Pero el vómito fosilizado —técnicamente denominado regurgitalito— ofrece un tipo de información diferente.

Cuando un depredador ingiere presas difíciles de digerir —espinas, caparazones, huesos— puede expulsar los restos compactados. Si ese material queda rápidamente enterrado en sedimentos adecuados, puede preservarse durante millones de años.

Lo que los investigadores han analizado ahora es precisamente uno de esos regurgitalitos: un conjunto compacto de fragmentos óseos y restos parcialmente digeridos que permite identificar tanto a la presa como, indirectamente, al depredador.

Una escena congelada en el tiempo

A diferencia de los huesos aislados, que pueden haber sido desplazados por corrientes o carroñeros, un vómito fosilizado conserva una narrativa coherente. Los restos aparecen agrupados, con patrones de fractura y desgaste compatibles con la digestión. No es una acumulación azarosa: es el resultado de un proceso biológico concreto.

Ese detalle es crucial. Permite reconstruir interacciones ecológicas con mayor fiabilidad. ¿Qué especies se comían entre sí? ¿Qué partes eran digeridas y cuáles expulsadas? ¿Qué tamaño tenía la presa?

Cada fragmento es una pista, pero el conjunto es la historia.

Más allá del morbo

El hallazgo no es curioso solo por lo insólito. Tiene implicaciones profundas para comprender las redes tróficas del pasado. Saber qué comía un depredador ayuda a situarlo en la cadena alimentaria, a estimar su comportamiento y a modelizar la estructura del ecosistema.

En algunos casos, estos restos revelan presas que apenas aparecen como fósiles independientes. Es decir, conocemos la existencia de ciertas especies gracias a que fueron ingeridas por otras.

El depredador se convierte, sin quererlo, en archivista.

La ciencia de lo aparentemente trivial

La paleontología moderna no depende solo de grandes esqueletos espectaculares. Se apoya cada vez más en microanálisis, tomografía computarizada, estudios geoquímicos y reconstrucciones digitales. Incluso un regurgitalito puede someterse a técnicas avanzadas para identificar composición, estructura interna y procesos de fosilización.

Este tipo de hallazgos recuerda algo esencial: la historia de la vida no se conserva solo en monumentos óseos, sino también en gestos cotidianos. Comer, digerir, expulsar. Procesos que hoy consideramos banales y que, sin embargo, pueden quedar fijados en el registro geológico como instantáneas de comportamiento.

Ecosistemas con nombre propio

En ocasiones, estos vómitos fósiles aparecen en contextos sedimentarios muy específicos —lagunas, ambientes marinos tranquilos, fondos anóxicos— donde la descomposición es lenta y la preservación excepcional. Allí, el azar geológico actúa como aliado del paleontólogo.

Cada nuevo hallazgo afina el retrato de un ecosistema extinto. Permite comprobar hipótesis sobre competencia, tamaño corporal, estrategias de caza y equilibrio ecológico. No es solo una curiosidad paleobiológica: es una pieza más en la reconstrucción de la historia de la vida.

La cadena alimentaria, escrita en piedra

El registro fósil suele hablarnos de quién vivió y cuándo. Más raramente nos dice cómo interactuaban esos organismos entre sí. Un vómito fosilizado cambia eso. Nos muestra una relación directa, sin intermediarios, entre depredador y presa.

La escena es brutal y cotidiana a la vez. Pero también profundamente científica. Porque en ese conjunto compacto de huesos digeridos hay algo más que restos: hay una red ecológica en funcionamiento.

Y a veces, para entender el pasado, basta con seguir el rastro de algo que alguien no pudo digerir.

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