¿Cómo nace un pingüino electrónico?

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De un huevo. Así es como nace el pingüino electrónico desarrollado por el laboratorio MediaLab: de un huevo virtual que podemos ver en una pequeña pantalla.

TEXTO POR BEATRIZ S. LUEJE
ILUSTRADO POR CLAUDIA LORETO
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10 de Junio de 2026

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A este proyecto lo llamamos GotchiLab. Recuerda a los tamagotchis, aquellos juguetes con forma de huevo que tan reconocibles eran a finales de los noventa y principios de los dos mil. Igual que un tamagotchi, el pingüino de MediaLab nace, come, duerme, se pone enfermo y le gusta que le acaricien. Sin embargo, más allá de la pantallita en la que vemos todo esto, las cosas cambian un poco.

            La pantalla está colocada sobre una placa de pruebas eléctrica, que en ingeniería sirve para hacer prototipos, y todos los cables, sensores y botones están a la vista. Podemos ver lo que normalmente iría dentro del tamagotchi. ¿Por qué dejarlo así, en lugar de envolverlo en una bonita carcasa? Pues justo para eso, para que lo veamos.

            MediaLab es un laboratorio de la Universidad de Oviedo, y muchos de sus proyectos van dirigidos a contar la ciencia y la tecnología de manera sencilla. El objetivo de GotchiLab no es solo jugar con el pingüino: es aprender cómo funciona.

            Además de la pantalla en la que lo vemos, ¿qué necesita un pingüino electrónico? Antes que nada, necesita un «cerebro» que le diga lo que tiene que hacer. Si miramos la placa de pruebas, lo vemos fácilmente. Es la pieza más grande, rectangular, y va enchufada a la corriente.

            Para salir del huevo al principio del juego y para estar contento después, nuestro pingüino necesita que le acaricien. Por eso cuenta con un sensor táctil, que vemos como un botón rojo en el centro de la placa. «Si tocas el botón lo acaricias, y salta la animación», explica José Escobedo, estudiante de ingeniería electrónica y responsable del proyecto. Lo que vemos en la pantalla es que nuestro pingüino se mueve y aparece un corazón.

            Para comunicarse (principalmente haciendo sonidos de felicidad), cuenta con un pequeño altavoz. Para dormir, tenemos un sensor que detecta la luz y «manda a dormir» al pingüino cuando está oscuro. Y para comer, un botón que, al pulsarlo, hace que aparezcan unos peces en la pantalla. Pero cuidado, no podemos darle muchos peces seguidos. «Si saturas muchas veces la animación, el pingüino explota”, dice José, «y se reinicia el juego, empezando de nuevo desde el huevo.»

            Además, cuenta con una última sorpresa: un sensor de contaminación. «Lo que hace es variar entre dos animaciones, la animación normal y la animación en la que está tosiendo.» Si lo llevamos a un sitio muy contaminado (o si le echamos el aliento encima), detecta niveles altos de dióxido de carbono y el pingüino se pone enfermo. Para que se cure, tenemos que abanicarle y esperar pacientemente hasta que detecte niveles más bajos.

            En MediaLab, estudiantes de ingeniería y pedagogía están preparando unos kits para llevar GotchiLab a los institutos. Los adolescentes podrán montar ellos mismos este proyecto, mientras aprenden sobre electrónica. También lo han probado con niños de siete años, que conectan unos pocos cables y pueden experimentar con los distintos sensores.

            Pero por ahora, nuestro pingüino electrónico tendrá que conformarse con una pequeña excursión. Saldrá por primera vez del laboratorio el 21 de mayo, para visitar con el equipo de MediaLab la Feria de la Ciencia y la Innovación de Asturias.

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