El último alquimista

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¿Y si la alquimia nunca hubiera muerto? En un mundo dominado por el método científico, «El último alquimista» imagina la voz de quien se resiste a abandonar la antigua aspiración de unir ciencia, filosofía y espiritualidad en la búsqueda del conocimiento absoluto.

TEXTO POR LAIA SERRADESANFERM
ILUSTRADO POR CLAUDIA LORETO
ARTÍCULOS
CIENCIA-FICCIÓN | QUÍMICA
25 de Junio de 2026

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Aislado en tu laboratorio, te envuelve una quietud asombrosa. Pero el movimiento de tus ojos, que el párpado finísimo es incapaz de esconder, delata una actividad mental desbordante.

Por tu cabeza, de hecho, los pensamientos se entrecruzan, produciéndose asimilaciones a mansalva. A veces sigues intuiciones, algunas de las cuales te conducen a conclusiones profundísimas; otras, a callejones sin salida. Ocasionalmente, te apoyas en sueños lúcidos, revelaciones divinas que te visitan en la penumbra de la noche, cuando todo se acalla y la conexión con lo sobrehumano se siente más fácil.

Estás, en definitiva, trabajando.

Esta, aunque tus contemporáneos se emperren en ignorarlo, es la fase más importante de tu acometida. Comprender la materia prima de todas las cosas, el spiritu mundi subyacente al universo y, por ende, a todo ser vivo. ¿No son esas, al fin y al cabo, las grandes preguntas de la humanidad?

“Lo que está arriba es igual a lo que está abajo”, decía la Tabla Esmeralda. Te repites esta y otras grandes verdades como un mantra mientras cavilas. Y es que, para ti, la frontera entre lo animado e inanimado es una niebla borrosa donde lo inerte se confunde con lo vivo. Es por ello que cojes el oro, que no se corroe ni altera, como símbolo de perfección, y buscas y rebuscas maneras de transmutar los metales en él. Entre matraces y alambiques, alteras su composición modificando la proporción de Aire, Agua, Tierra, y Fuego. Como si de un proceso de gestación se tratara, los dejas incubar, con la profunda convicción de que, eventualmente, erradicarás todas las impurezas del metal, del mismo modo que el Creador realizó una obra perfecta que culminó con la vida en la Tierra.

Así, jugando a ser Dios, te propones vitalizar la materia inerte, inyectarle el spiritu mundi y, sentado en primera fila, contemplar el proceso de creación a escala humana. Observar en el microcosmos que has ido construyendo en tu laboratorio cómo el alma se abre camino.

Es por la honradez que fervientemente crees encontrar en tu forma de vida, que se te encoge el corazón de saberte despreciado. Cuánto hubieras dado por haber nacido unos siglos antes, cuando se os consideraba una mezcla perfecta entre filósofos, pensadores espirituales, místicos y científicos. Y te retuerces en autocompasiones lastimosas. Porque, cueste lo que cueste, quieres convencerte de la pura nobleza de tu desgracia. Quieres ondear la bandera de tus antepasados con el pecho bien henchido, reivindicar el merecido prestigio que perdisteis ya hace años. 

A veces tu mente se desliza hacia los futuros posibles, hacia el condicional en el sentido más estricto, para regocijarse imaginando escenarios posibles. ¿Qué hubiese ocurrido si filosofía, ciencia y espiritualidad nunca se hubieran escindido? ¿Habríamos respondido ya las preguntas más existenciales? ¿Comprenderíamos, de una vez por todas, el verdadero motor del mundo? ¿Dominaríamos finalmente los cuatro elementos? ¿Podríamos transformar la materia en oro? ¿Crear, en última instancia, la piedra filosofal?

Otras veces, la soledad pasa factura y las convicciones flaquean. Te ocurre sobre todo por la noche, cuando embriagado de tanta libertad, el pensamiento se tambalea. Pese a tu férreo compromiso con la tradición alquímica, pese a tus convicciones holísticas, pese a reconocer en lo transdisciplinar un valor incalculable, esas noches la certidumbre y la metódica científica te tientan. Entonces te imaginas llevando a cabo experimentos, siguiendo rigurosamente el método científico, llegando a conclusiones reproducibles, y casi puedes sentir el cálido consuelo de quien se sabe en lo cierto (o, al menos, cree estarlo). En esos momentos de debilidad te preguntas si el precio a pagar, la sumisión a la fiebre de ese materialismo reduccionista que ahora ya parece inseparable de la ciencia, es para ti una barrera inquebrantable.

Pero, al final del día, resistes. Te tragas tus penas y te pones a trabajar, ya sea filosofando con los ojos entrecerrados o mezclando sustancias químicas en el laboratorio. Resistes porque, en el fondo, intuyes que la puerta al conocimiento último nunca podrá ser atravesada mediante la separación de las disciplinas. Intuyes que nuestra única oportunidad como especie reside en la confluencia de todas las ramas del saber. Una confluencia que, para ti, encarna la alquimia. Porque sientes que ahora toda la responsabilidad de conocer la realidad fundamental recae en ti, el último alquimista.

El tiempo, sin embargo, transcurre imparable, sin que ni la piedra filosofal ni la iluminación total te sean reveladas. Mientras tanto, la ciencia acumula victorias, y los trofeos toman forma de tecnologías que tus antepasados hubieran atribuido al mundo místico, a lo humanamente inalcanzable. Poco a poco te vas quedando atrás, completamente desfasado. Esos que antes te hubiesen considerado sabio, ahora simplemente te tachan de loco.

Pasas los días en un estado taciturno. Ya solamente te permites coquetear con la alquimia cuando el inconsciente toma el control, aunque frecuentemente los sueños lúcidos desemboquen en pesadillas. En ellas muestras a tus contemporáneos tu gran descubrimiento, la piedra filosofal definitiva; luego bajas la mirada, y ves como la piedra se convierte en un manojo de fórmulas finísimas que se te escurren entre los dedos. Te levantas sintiendo el dulce roce del cocimiento último en tu piel, un mero cosquilleo que se diluye a medida que una nueva mañana invade tus sentidos. Y lo sabes. Sabes que un día de estos te despertarás y que, para entonces, el materialismo ya lo habrá impregnado todo. ¿Y por la noche, qué harás?

 

 Referencia:

Pérez Pariente, J. (2016). La alquimia. LOS LIBROS DE LA CATARATA.

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