Todos los años voy con mi abuelo a la Feria del Libro. Allí hay cientos de casetas de librerías y los escritores y escritoras pueden firmarte tu libro favorito. Esta vez encontramos algo distinto: una caseta con un ojo muy grande donde se leía «Fotografía tu iris». Así que pregunté qué era eso del iris y por qué estaban allí.
—Pues una parte del ojo que rodea la pupila —me dijo mi abuelo—. La pupila es un agujero, como una ventana, que se abre y deja pasar la luz. Si hay mucha, el iris hace que la pupila sea más pequeña para que no nos deslumbremos y si está oscuro la abre para ver mejor, pero también se puede hacer grande cuando tenemos miedo o si nos dan una sorpresa.
—¿Como en la fiesta sorpresa de mi cumpleaños?
—Sí. Si miramos las fotos de tu fiesta justo cuando abriste la puerta, es probable que el hueco negro de tus ojos fuera más grande que ahora que hace tanto sol.
—Entonces, el iris es lo otro, lo de colores.
—Claro.
El abuelo me contó que la pupila parece que mira hacia afuera, pero también revela lo que pasa dentro de nuestra cabeza.
Me quedé pensando en lo difícil que puede ser hacer una foto de un ojo tan cerca, como las fotos de la luna, que siempre salen borrosas. Debe hacer falta una supercámara.
Estaba dándole vueltas a eso, cuando, al pasar por otra caseta, vimos a un grupo de investigadoras que nos preguntaron si queríamos participar en un experimento sobre lectura. Eran logopedas, las científicas que ayudan a las personas a hablar, pronunciar, leer, escribir y, en general, comunicarse mejor. A mi abuelo no le pareció mal, porque era de leer y siempre me anima a estas cosas.
En realidad no era que fueran a hacer un experimento conmigo, que para eso habrían tenido que pedirles permiso a mis papás, el experimento era con mi abuelo, que ya se da permiso él solo.
En este caso se trataba de enseñar a mi abuelo tres palabras: casa, brújula y esternocleidomastoideo para leerlas una detrás de otra.
«Parecen palabras muy diferentes», me dije. Se las escribí en unos trozos de papel y tardó más en leer la última.
Como buena aprendiz de científica que soy, tomé nota de la experiencia de mi abuelo con sus propias palabras: He notado que en la más larga tropezaba al leer.
«¿Tropezado? qué raro», pensé. Una palabra como un camino que hay que andar… ¡vaya idea!
Deduje rápidamente que «esternocleidomastoideo» le había costado más porque, además de la más larga era la más rara. La de «brújula» también tardó un poco más, creo que por eso de «bru» y porque quizás es más complicada una palabra que no se usa todos los días, como «casa», que todo el mundo sabe lo que es.
—Parece que no todas las palabras son igual de fáciles de leer.
—Exactamente: una palabra difícil puede ser una palabra poco frecuente, una palabra inesperada, una palabra que compite con otras, como por ejemplo caballo y cabaña — respondió una de las investigadoras.
En ese momento me imaginé que dentro de la cabeza de mi abuelo había una carrera de palabras esperando a salir por su boca para leer. Preparadas… listas… Por fin había entendido por qué tropezó cuando leyó las tres palabras. ¡El abuelo estaba metido en una carrera!
— Además, si sabemos mucho de algo podemos ir más rápido. Cuanta más experiencia y años leyendo, más fácil es —recalcó la científica.
Todo encajaba. Se me ocurrió que a mi tío le gustan mucho los pájaros y sabe muchos nombres de pájaros. Seguro que los nombres de pájaros los lee más rápido.
—Hay muchísimas situaciones que nos pueden hacer correr más. Una palabra puede ser más difícil si está en un sitio donde no le toca porque estamos hablando de otra cosa, o cuando estamos nerviosos, tranquilos, o más o menos atentos.
—¡Oh! Así que todo está en nuestras cabezas, ninguna palabra es difícil porque sí — reflexioné. Pero aún me quedaba por entender cómo sabíamos qué es lo que nos ha hecho sacar mejor tiempo en esta carrera o tropezar. Hasta que escuché la clave que me hizo entenderlo.
—Quizás no haya notado usted un gran esfuerzo al leer, pero su pupila sí —le comentó otra de las científicas a mi abuelo.
—¿Y eso cómo lo sabemos? — pregunté muy sorprendida. La pupila no entiende palabras. ¡La pupila parece que mira hacia afuera, pero también revela lo que pasa dentro de nuestra cabeza!, justo lo que acababa de decirme mi abuelo al ver las fotos del iris.
Las investigadoras nos explicaron cómo se hace.
—En el verdadero experimento, un lector o lectora entra en un laboratorio, apoya la barbilla en un soporte y mira a una pantalla que tiene una cámara que le analiza los ojos. Mientras, lee una palabra y otra y otra.
—¿Cómo que la cámara analiza los ojos? —Yo no acababa de entender que hubiera ese tipo de cámaras.
—Cuando la persona lee, con un ordenador se mide cómo crece o se hace pequeña la pupila. Esta cambia cuando hacemos tareas de pensar, como leer o concentrarnos en algo difícil, por ejemplo. Ahí no depende solo de si hay más o menos luz.
En ese momento me entró la duda de con qué luz se tendría que hacer el experimento. A la vez recordé que en algunos sitios hay otros tipos de máquinas con cámaras que reconocen caras. Por ejemplo el teléfono. Se usan para ver de forma rápida quién es una persona. Ahora se me ocurrían muchas más preguntas:
—¿Se puede engañar a estas cámaras? He oído que alguna ropa podría despistarlas.
—Es posible que algunos dibujos muy repetitivos de nuestra ropa puedan despistar, pero no es seguro que con estos dibujos raros se pueda evitar que las máquinas reconozcan a una persona.
Me pregunto para qué quieren saber quiénes somos todo el rato.
Le digo a mi abuelo que me ha parecido interesantísimo este experimento en la visita a la Feria del Libro. He descubierto cosas que se pueden saber midiendo el tamaño de la pupila: la atención, la memoria, la sorpresa, la emoción, el cansancio, el esfuerzo…
Pero de momento esta forma de medir los ojos no sirve para ver todo lo que estamos pensando, aunque ayudan a saber quiénes somos y una foto del iris podría dar información sobre nosotros que es mejor no compartir.
Esto me resulta un poco inquietante. Así que ahora estoy pensando en de quién son estas máquinas que leen los ojos y para qué les interesa saber si estamos atentos o si nos dan una sorpresa de cumpleaños. Y otra cosa que me intriga, ¿de dónde sacan permiso para vigilarnos?, ¿les preguntan a todos los papás?
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