Una resistencia que se volvió en contra
Una gota de lluvia cae sobre una chaqueta. Se queda unos segundos sobre la tela, perfectamente redonda, y después resbala hasta el suelo. La prenda continúa seca.
Estamos tan acostumbrados a que ocurra que apenas le prestamos atención. Sin embargo, conseguir materiales capaces de repeler el agua fue durante mucho tiempo un reto. La química permitió fabricar tejidos resistentes a la lluvia y las manchas, envases que impedían que la grasa los empapara y productos capaces de soportar condiciones que habrían estropeado rápidamente otros materiales.
En esa búsqueda aparecieron los PFAS. No se trata de un único compuesto, sino de una familia enorme creada por el ser humano. Existen miles y se han empleado en productos y procesos muy diferentes: determinados tejidos resistentes al agua, las manchas o la grasa, algunas aplicaciones industriales y ciertas espumas utilizadas para combatir incendios.
Su éxito se explica fácilmente: son muy resistentes. Y ahí comienza también su problema.
Muchos productos que desechamos terminan transformándose poco a poco. El sol, el agua, los microorganismos y el paso del tiempo ayudan a degradarlos. Con determinados PFAS esto resulta mucho más difícil. Su estructura química hace que puedan resistir durante muchísimo tiempo antes de descomponerse.
Por eso comenzaron a ser conocidos popularmente como «químicos eternos». El nombre es eficaz, pero necesita una aclaración: no significa que sean literalmente eternos ni que todos se comporten igual. La expresión describe una característica que preocupa especialmente a los científicos: algunos pueden permanecer durante años en el agua y el suelo y desplazarse lejos del lugar donde fueron utilizados.
Aquello que convirtió a los PFAS en sustancias extraordinariamente útiles —su resistencia— es precisamente lo que ahora hace tan difícil librarnos de ellos.
Un viaje invisible
El problema se entiende mejor si seguimos el recorrido del agua.
Imaginemos una zona donde durante años se han utilizado productos que contienen determinados PFAS. Puede ser una instalación industrial o un lugar donde se hayan empleado ciertas espumas para apagar incendios. Una parte de esas sustancias acaba en el suelo.
Entonces llueve. El agua se abre camino lentamente entre la tierra y puede arrastrar consigo parte de esas sustancias. El viaje continúa hasta un arroyo, un río o las reservas de agua que se esconden bajo nuestros pies. Y lo que empezó en un lugar concreto puede terminar mucho más lejos.
Ese recorrido invisible explica por qué los PFAS han dejado de ser únicamente un asunto de fábricas y laboratorios. Determinados miembros de esta familia se han encontrado en el agua, en alimentos, en animales y también en personas.
¿Qué sabemos sobre nuestra salud?
Encontrar una sustancia en nuestro organismo no significa automáticamente que vaya a hacernos daño. Importa cuál es, en qué cantidad está presente y durante cuánto tiempo hemos estado expuestos a ella.
Además, cuando hablamos de PFAS estamos reuniendo bajo un mismo nombre a miles de sustancias diferentes. Conocemos relativamente bien algunas; de muchas otras sabemos bastante menos. No sería correcto atribuir a todas estas sustancias los efectos observados en unas pocas. Es como hablar de «medicamentos»: que dos productos pertenezcan a esa categoría no significa que produzcan los mismos efectos.
Entre los PFAS mejor conocidos aparecen dos nombres especialmente importantes: PFOA y PFOS. Fueron utilizados durante años y han sido objeto de numerosos estudios.
En 2023, treinta especialistas de once países se reunieron convocados por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, organismo perteneciente a la Organización Mundial de la Salud. Después de analizar los estudios disponibles, clasificaron el PFOA como carcinógeno para los seres humanos y el PFOS como posiblemente carcinógeno.
El matiz es importante. Que una sustancia tenga capacidad para provocar una enfermedad no significa que cualquier contacto con ella vaya a enfermarnos. El riesgo depende, entre otras cosas, de la cantidad y del tiempo durante el que una persona haya estado expuesta.
Otros estudios han encontrado asociaciones entre determinados PFAS y cambios en el colesterol, alteraciones en la respuesta del sistema inmunitario o pequeñas reducciones del peso de los bebés al nacer. Para otros posibles efectos, las pruebas disponibles son menos claras. No sabemos todo, pero sabemos lo suficiente para querer mirar más de cerca.
Del laboratorio al grifo
Desde el 12 de enero de 2026, esa mirada ha llegado a uno de los lugares más cotidianos de nuestras casas: el grifo.
Los países de la Unión Europea deben controlar de forma armonizada la presencia de PFAS en el agua potable y comprobar que se respetan los valores establecidos. Que estas sustancias se busquen en el agua no significa que beber del grifo se haya convertido de repente en algo peligroso. La vigilancia sirve precisamente para conocer la situación, detectar dónde existe un problema y actuar cuando se superan los valores permitidos.
En unas pocas décadas, unas sustancias valoradas por su resistencia han pasado de ser una solución tecnológica a convertirse también en una cuestión relacionada con la salud, el medioambiente y el agua que bebemos.
Europa estudia además restringir miles de PFAS. A primera vista, la solución parece sencilla: si duran tanto y algunos plantean problemas, ¿por qué no prohibirlos todos? La realidad es más complicada.
Hay usos que pueden sustituirse por otras soluciones. En otros casos resulta mucho más difícil encontrar materiales capaces de hacer el mismo trabajo. El desafío consiste en eliminar aquellos usos de los que podemos prescindir, encontrar alternativas mejores y mantener únicamente los que sean realmente necesarios mientras no exista una opción adecuada.
Pero sustituir una sustancia por otra tampoco garantiza haber solucionado el problema. Si dentro de veinte años descubrimos que el reemplazo también permanece durante décadas en el medioambiente, habremos vuelto al punto de partida.
Fabricar algo nuevo exige hacerse una pregunta que durante demasiado tiempo dejamos para el final: ¿qué ocurrirá cuando ya no lo necesitemos?
Limpiar no significa hacer desaparecer
Supongamos que utilizamos un filtro capaz de retirar determinados PFAS del agua. El agua queda limpia. ¿Han desaparecido? No. Ahora están atrapados en el filtro.
Es como barrer una habitación. Podemos retirar toda la suciedad del suelo, pero esta continúa dentro del recogedor. Todavía tenemos que decidir qué hacemos con ella.
Con los PFAS sucede algo parecido. Existen métodos capaces de retirarlos del agua, pero después hay que tratar los materiales donde han quedado concentrados. Destruirlos puede ser complicado precisamente por la misma razón que los hizo interesantes desde el principio: su resistencia.
La paradoja resulta difícil de ignorar. Durante décadas dedicamos nuestro ingenio a conseguir sustancias que duraran más. Ahora necesitamos utilizar ese mismo ingenio para aprender a eliminarlas.
¿Qué ocurre después?
Quizá por eso la historia de los PFAS resulta más interesante si no la presentamos como un simple relato de sustancias «buenas» o «malas». Es también una historia sobre cómo cambia nuestro conocimiento.
Cuando muchos de estos productos comenzaron a utilizarse, no disponíamos de la información que tenemos hoy sobre su permanencia en el medioambiente. Con el paso del tiempo, los científicos aprendieron a detectarlos en cantidades cada vez más pequeñas, siguieron su recorrido por el agua y el suelo y estudiaron sus posibles efectos.
Ese conocimiento ha cambiado las decisiones que tomamos. Algunos usos de los PFAS más conocidos se han reducido o eliminado. Las autoridades han establecido límites. Europa ha comenzado a vigilar el agua potable. Los investigadores buscan formas mejores de retirarlos y destruirlos. Y la industria trabaja en alternativas para algunas aplicaciones.
Durante buena parte del siglo XX, cuando desarrollábamos un material nuevo nos preocupaban sobre todo sus prestaciones. Queríamos saber si funcionaba, cuánto resistía o si mejoraba lo que ya existía. Hoy sabemos que falta una pregunta: ¿qué ocurre después?
Qué pasa cuando tiramos ese producto. Dónde termina. Cuánto tarda en desaparecer. Si puede llegar al agua. Y, sobre todo, si podremos eliminarlo cuando ya no lo necesitemos.
La próxima vez que una gota de lluvia caiga sobre una chaqueta impermeable probablemente volverá a suceder lo mismo. Permanecerá unos instantes sobre la superficie y después resbalará hacia el suelo.
No pensaremos en PFAS. Probablemente tampoco en química.
Pero detrás de ese pequeño gesto cotidiano existe una historia extraordinaria sobre nuestra capacidad para fabricar materiales cada vez mejores y sobre una responsabilidad que estamos aprendiendo a incorporar a esa capacidad.
Durante décadas aprendimos a crear sustancias capaces de durar. El siguiente reto es bastante más difícil: aprender a decidir cuánto queremos que duren.
Aquello que convirtió a los PFAS en sustancias extraordinariamente útiles —su resistencia— es precisamente lo que ahora hace tan difícil librarnos de ellos.
Durante décadas aprendimos a crear sustancias capaces de durar. El siguiente reto es bastante más difícil: aprender a decidir cuánto queremos que duren.
Bibliografía
European Chemicals Agency. 2025. ECHA update on the per- and polyfluoroalkyl substances (PFAS) restriction process. European Chemicals Agency.
European Commission. 2026. New EU-wide protections against PFAS in drinking water come into effect. Directorate-General for Environment.
International Agency for Research on Cancer. 2025. Perfluorooctanoic Acid (PFOA) and Perfluorooctanesulfonic Acid (PFOS). IARC Monographs on the Identification of Carcinogenic Hazards to Humans, 135. World Health Organization.
National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine. 2022. Guidance on PFAS Exposure, Testing, and Clinical Follow-Up. The National Academies Press.
Zahm, S. et al. 2024. «Carcinogenicity of perfluorooctanoic acid (PFOA) and perfluorooctanesulfonic acid (PFOS)». The Lancet Oncology, 25, 16–17.
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