Una pastilla y unos días
Imaginemos una escena bastante corriente. Aparece fiebre, duele al orinar y el médico confirma que una bacteria está causando la infección, así que receta un antibiótico. Seguimos el tratamiento y, al cabo de unos días, volvemos a encontrarnos bien. La escena es tan habitual que apenas pensamos en lo extraordinario que resulta que esa pastilla funcione.
Ahora cambiemos un detalle. Los días pasan, pero los síntomas continúan y el laboratorio comprueba que el medicamento que normalmente habría eliminado esas bacterias ya no consigue hacerlo. Hay que buscar otra opción, quizá repetir alguna prueba y esperar que el nuevo tratamiento funcione. Una situación que parecía sencilla empieza a necesitar más tiempo y más cuidados.
Durante buena parte de la historia ni siquiera existía esa segunda oportunidad. Una neumonía, una herida infectada o una infección después del parto podían poner una vida en peligro. Los antibióticos cambiaron esa realidad y permitieron, además, realizar con mayor seguridad operaciones, trasplantes o algunos tratamientos contra el cáncer. Su importancia va mucho más allá de curar una infección: gran parte de la medicina actual cuenta con ellos cuando las bacterias aparecen donde no deberían.
Las que consiguen quedarse
Dentro de una infección puede haber millones de bacterias. A nuestros ojos parecen todas iguales, pero entre ellas existen pequeñas diferencias y, en condiciones normales, la mayoría pasa desapercibida. La situación cambia cuando aparece un antibiótico, porque una diferencia que antes no importaba puede ayudar a alguna de ellas a aguantar mejor el tratamiento.
El medicamento elimina a muchas, mientras que unas pocas consiguen seguir adelante. Al desaparecer buena parte de las demás, encuentran más espacio y alimento para multiplicarse y, con el tiempo, aquello que al principio era poco frecuente empieza a verse cada vez más. No han aprendido a defenderse ni han decidido cambiar para vencernos; sencillamente, las que soportaban mejor esa situación son las que permanecen.
Es el mismo principio que vemos en la naturaleza: cuando cambia el entorno, quienes lo soportan mejor tienen más posibilidades de continuar. En las bacterias todo sucede muy deprisa, porque pueden multiplicarse en poco tiempo y una pequeña ventaja puede extenderse con rapidez.
Muchas formas de escapar
Los antibióticos no atacan siempre de la misma manera y las bacterias tampoco tienen una sola forma de librarse de ellos. Algunas cambian justo el lugar donde debía actuar el medicamento, como si modificáramos una cerradura para que la llave dejara de encajar. Otras consiguen romperlo antes de que haga daño, impedir que llegue hasta su objetivo o expulsarlo antes de que termine su trabajo.
Hay otra posibilidad todavía más curiosa. Algunas bacterias pueden compartir con sus vecinas ciertas herramientas que les han ayudado a sobrevivir, de modo que una solución que funcionó para una puede terminar apareciendo también en otras. No hace falta que cada una encuentre por separado la forma de escapar; a veces basta con que esa ventaja empiece a circular.
Nada de esto comenzó cuando inventamos los antibióticos. Las bacterias llevan miles de millones de años viviendo en lugares muy distintos, compitiendo y enfrentándose a cambios en su entorno. Nosotros no hemos creado esa capacidad, pero sí podemos favorecer a las que mejor soportan los medicamentos si los usamos muchas veces o cuando no hacen falta.
Cuando el antibiótico no es la respuesta
El resfriado y la gripe están causados por virus, mientras que los antibióticos sirven para combatir bacterias. Tomarlos en esos casos no hace que nos curemos antes, porque el medicamento no puede eliminar aquello que está causando la enfermedad. Parece que no debería ocurrir nada más, pero dentro de nuestro cuerpo la historia continúa.
El antibiótico entra en contacto con muchas bacterias que viven normalmente en nosotros. Algunas desaparecen y otras consiguen aguantar, de manera que un tratamiento innecesario puede dejar más espacio precisamente a las que son más difíciles de eliminar. No significa que estos medicamentos sean malos; al contrario, son demasiado importantes como para usarlos cuando no pueden ayudarnos.
Cuidar estos medicamentos es sencillo de explicar: usarlos cuando hacen falta y seguir las indicaciones de los profesionales sanitarios. Prevenir una infección también ayuda. Las vacunas, lavarse las manos, disponer de agua segura o controlar bien los contagios en los hospitales reducen el número de veces que tenemos que recurrir a ellos y, con eso, las oportunidades que damos a las bacterias que sobreviven al tratamiento.
Un problema que puede viajar
Las bacterias no se quedan en el lugar donde aparecen. Pasan de una persona a otra, circulan dentro y fuera de los hospitales y pueden viajar con nosotros entre ciudades y países. Una bacteria difícil de eliminar puede aparecer muy lejos del lugar donde empezó el problema, sin que podamos seguir su camino.
El problema tampoco pertenece únicamente a las personas. También encontramos bacterias difíciles de tratar en animales, alimentos, aguas residuales y otros lugares del entorno. Esta conexión se resume en una expresión sencilla: «Una sola salud», porque la salud de las personas, la de los animales y la del lugar donde vivimos forman parte de la misma historia.
Un gran análisis publicado en 2024 calculó que, en 2021, las infecciones causadas por bacterias difíciles de tratar estuvieron relacionadas con 4,71 millones de muertes y fueron la causa directa de 1,14 millones. Detrás de esas cifras hay algo muy cercano: una infección que antes se solucionaba con facilidad y que, de repente, necesita más tiempo, más cuidados o un medicamento diferente.
Cuidar una revolución
Ante un antibiótico que deja de funcionar parece haber una respuesta evidente: fabricar otro. El problema es que desarrollar un medicamento nuevo puede llevar muchos años y no todos los que empiezan a estudiarse llegan finalmente a los pacientes. Incluso cuando aparece uno nuevo, la historia puede volver a empezar si algunas bacterias consiguen soportarlo y terminan siendo cada vez más numerosas. Buscar nuevos tratamientos es necesario, pero no basta por sí solo.
Hace menos de un siglo, muchas infecciones que hoy tratamos sin demasiado miedo podían acabar con una vida. Los antibióticos cambiaron esa historia hasta hacer cotidiano algo que antes habría parecido extraordinario: poder frenar una infección antes de que se convirtiera en una amenaza.
Ese logro, sin embargo, no está asegurado para siempre. Cuidar los antibióticos no significa dejar de utilizarlos, sino hacerlo cuando realmente hacen falta, prevenir infecciones siempre que sea posible y seguir buscando nuevas formas de tratar a las bacterias que continúan creciendo pese al medicamento.
Durante décadas hemos podido contar con estos medicamentos casi sin pensar en ellos. El reto es que las próximas generaciones puedan hacer exactamente lo mismo.
Bibliografía
GBD 2021 Antimicrobial Resistance Collaborators. 2024. Global burden of bacterial antimicrobial resistance 1990-2021: a systematic analysis with forecasts to 2050. The Lancet 404: 1199-1226.
World Health Organization. 2024. WHO bacterial priority pathogens list, 2024: bacterial pathogens of public health importance to guide research, development and strategies to prevent and control antimicrobial resistance. World Health Organization.
World Health Organization. 2025. Global antibiotic resistance surveillance report 2025. World Health Organization.
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