Recuerdos de la carne perdida

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Mi abuelo se rascaba los pies sin quitarse los zapatos. Incluso cuando le dolían los pies, él seguía sin quitarse los zapatos. Lo cual es extraño porque cuando lo conocí, mi abuelo ya no tenía pies. 

TEXTO POR PABLO BARRECHEGUREN
ILUSTRADO POR ALBERTO MATSUMURA
ARTÍCULOS
NEUROCIENCIAS
18 de Febrero de 2016

Los perdió de un bombazo en Madrid durante la Guerra Civil y lo que había dentro de sus zapatos eran dos pedazos de madera, la parte final de las prótesis que utilizaba. Y sin embargo, a mi abuelo a veces le picaban los pies. Ese picor era una de las sensaciones procedentes de los miembros fantasma, pies fantasma en este caso, que sufría. Si uno profundiza en la historia de este fenómeno es curioso descubrir que los miembros fantasma no se empiezan a mencionar adecuadamente hasta mediados del siglo XVI y XVII, en textos quirúrgicos como los de Ambroise Paré o filosóficos como los de René Descartes. Y no es hasta mediados del siglo XIX que el americano Silas Weir Mitchell acuñó el término «miembros fantasma». Sin embargo, los miembros fantasma no son algo anecdótico o exclusivo de tiempos de guerra, pues también los encontramos en la actualidad tras las amputaciones consecuencia de accidentes o intervenciones quirúrgicas. Para que os hagáis una idea, actualmente, se estima que en Estados Unidos viven 1,5 millones de amputados, de los cuales la mayoría son amputaciones de extremidades por debajo de la rodilla.

Aunque hay muchas diferencias entre todas las experiencias de miembros fantasma que tienen los pacientes, la definición clínica del fenómeno neurológico es bastante sencilla. Se dice que alguien tiene un miembro fantasma cuando tras una amputación, la persona continúa percibiendo la presencia de la parte amputada, aunque sea de manera intermitente o únicamente perciba sensaciones concretas, por ejemplo hormigueo, calambres, picor, calor... Se estima que hasta el 98% de los adultos amputados experimentan sensaciones fantasma en algún momento tras la amputación y además, este fenómeno no se limita a las extremidades, ya que también se ha documentado tras la pérdida de otros tejidos como el globo ocular, el pene o el tejido mamario. En parte, el origen de estos «fantasmas» se encuentra en el hecho de que cuando te amputan un tejido, no te amputan todo el sistema nervioso que se ocupaba de esa parte del cuerpo y aquí empieza el lío. Si nos centramos en nuestra cabeza, en el cerebro existe toda una compleja estructura dedicada a recibir y coordinar las señales sensoriales y motoras que vienen del resto del cuerpo, lo cual ayuda a generar y mantener la imagen mental que tenemos de nosotros mismos: tengo un cuerpo con dos brazos, dos piernas, etc. Cuando perdemos una mano, una pierna o un dedo, una parte de nuestro cerebro se queda sin trabajo pero sigue estando en nuestra cabeza. Y puesto que el cerebro adulto no es lo suficientemente plástico como para amoldarse fácilmente a este cambio, estos procesos de plasticidad neuronal que se empiezan a desarrollar pueden contribuir a dar origen a sensaciones de miembros fantasma. Pero es que, además, estas partes cerebrales sin función todavía continúan bastante activas ya que continúan recibiendo algunas señales como si ese brazo o pierna todavía existieran.

Se dice que alguien tiene un miembro fantasma cuando tras una amputación, la persona continúa percibiendo la presencia de la parte amputada, aunque sea de manera intermitente o únicamente perciba sensaciones concretas.

Todos nosotros tenemos millones de axones, cables nerviosos, que van desde cualquier parte de nuestro cuerpo hasta la médula espinal, y gracias a ella la información llega al cerebro. Cuando se produce una amputación, por ejemplo de una mano, lo normal es que gran parte de estos nervios cortados se mueran y dejen de enviar información al cerebro sobre la mano, pero algunos nervios sobreviven y erróneamente continúan enviando señales nerviosas desde el muñón hasta el cerebro, que tiene dificultades en interpretar estas señales. ¿Tengo mano o no? A estas formaciones nerviosas se les llama neuromas traumáticos y la información anómala que envían al cerebro propició uno de los primeros modelos para explicar no solo los miembros fantasma, sino también el dolor fantasma.

Como su nombre indica, el dolor fantasma es una experiencia dolorosa que se sitúa en el miembro fantasma y que aparece en el 60%-80% de los casos. Normalmente es un tipo de dolor intermitente que suele aparecer en los extremos de los miembros, donde antes había una inervación más intensa y con una mayor representación en la corteza cerebral. Su frecuencia puede variar mucho, desde varias veces al día a repeticiones cada semana o mes… Al igual que en otras experiencias relacionadas con miembros fantasma, todos los estudios apuntan a que este tipo de dolor tiene un origen complejo que implica las señales nerviosas anormales que proceden del muñón y los procesos de neuroplasticidad que se dan cuando el cerebro intenta adaptarse a la pérdida de una extremidad. Desgraciadamente, la medicación clásica no suele ser muy efectiva tratando este dolor crónico, que en el 30% de los casos puede llegar a ser muy incapacitante debido a su intensidad y frecuencia. Esta situación ha llevado a que se utilicen distintas técnicas orientadas a reeducar el cerebro para disminuir el dolor, pero su éxito todavía es muy limitado.

Al igual que en otras experiencias relacionadas con miembros fantasma, todos los estudios apuntan a que este tipo de dolor tiene un origen complejo que implica las señales nerviosas anormales que proceden del muñón y los procesos de neuroplasticidad que se dan cuando el cerebro intenta adaptarse a la pérdida de una extremidad.

Sin embargo, experimentar un miembro fantasma tras una amputación puede tener una parte positiva ya que esta imagen mental de la extremidad perdida les puede facilitar a los pacientes el uso de una prótesis, al incluir esta en su imagen corporal gracias al miembro fantasma. Por ejemplo, está documentado el caso de un paciente que perdió una pierna por debajo de la rodilla y todos los días, antes de ponerse la prótesis, «despertaba la pierna fantasma» golpeando con la palma de la mano el muñón varias veces hasta que la percepción de la pierna fantasma se incrementaba, gracias —seguramente— a que los golpes en el muñón estimulaban los nervios periféricos que antes formaban parte del miembro amputado, y solo entonces empezaba a caminar con la prótesis. Pese a esta ventaja, no hay que olvidar que los efectos de un miembro fantasma tales como un picor que no se puede rascar o un dolor inevitable, pueden llegar a afectar gravemente la recuperación de una persona tras la amputación, y todavía a día de hoy requieren de muchos estudios en profundidad sobre neurobiología básica y aplicada, para poder ser tratados adecuadamente.

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