La estela del tiempo

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«No hay vestigio de un principio, ni perspectiva de un fin».
Earth: inside and out. James Hutton

TEXTO POR AXEL CÓRDOBA
ILUSTRADO POR ARIANNA ROMÁN
ARTÍCULOS
19 de Septiembre de 2019

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Observemos nuestras uñas: ¿podemos ver como crecen? ¿Y el pelo? ¿Por qué? Imaginemos que tenemos que demostrarle a alguien que las uñas y el pelo crecen. ¿Cómo lo haríamos? Vamos con este intento. Visualicemos un reloj de arena que poco a poco va quedando vacío a medida que los granos caen. Ahora un canguro que salta en el campo desde un punto A a un punto B mientras el sol se pone atrás de la montaña. Para explicar estos sucesos es necesario mirar un poco hacia atrás y aplicar nociones de algo que conocemos bien. El mismísimo concepto de tiempo. ¿Pero cómo un canguro saltando o la arena cayendo en el reloj nos ayudaron a imaginar algo tan abstracto?  Eso es porque para la mayoría de las personas el tiempo es algo discontinuo, así como local, puesto que cada tiempo se detiene con el movimiento. Por ejemplo, la edad de nuestro canguro sigue siendo siempre la misma si ya no crece; una piedra tiene y suma edad si crece, pero ya no tiene edad ni suma desde que deja de crecer, etc.

Esta no es una moda moderna de la que podamos culpar a los yankees ni a los alienígenas ancestrales (o sí) ya que viene desde hace un tiempo. Las estrechas relaciones existentes entre los conceptos de tiempo y cambio fueron ya expresadas por algunos filósofos clásicos. Así, Aristóteles, en La Física, formula su concepción del tiempo al que considera inseparable del movimiento o del cambio: solo percibimos que el tiempo ha transcurrido cuando observamos que se ha producido un cambio. Al ser conscientes del antes y el después del cambio somos conscientes del tiempo, que puede ser considerado como un proceso de numeración asociado a nuestra percepción del antes y después del cambio y del movimiento. También Platón relaciona tiempo y cambio, señalando que de no producirse cambios en el cielo (días, noches, estaciones) no existiría el tiempo. En el curso de la historia, los ciudadanos de diferentes épocas y culturas, han expresado una singular sensibilidad para con el tiempo. El tiempo ha variado a través de los propios instrumentos de medición del tiempo y de las tecnologías sociales. Las siluetas del tiempo han variado ellas mismas a través del tiempo. Así en la literatura vemos que no todos le otorgan el mismo significado a este amigo o enemigo nuestro (depende cuán viejos estemos) y que hay quienes creen que este abarca «todo lo que ha ocurrido en la historia de nuestro» e identifica en la práctica, si bien no de manera explícita, este concepto con la suma «de procesos ocurridos en la Tierra». Es el desarrollo de todas estas nociones temporales y de sus interacciones lo que permite la construcción del concepto de Tiempo Profundo o Tiempo Geológico. Hay quienes también indican que este corresponde al periodo comprendido entre la constitución de la Tierra como planeta y la aparición de las primeras civilizaciones, aunque para otros sólo alcanzaría hasta que se tienen referencias de la presencia del hombre. Por otra parte, hoy se prefiere aludir a este término como el tiempo comprendido desde la constitución de la Tierra como planeta hasta nuestros días, dejando abierto hacia el futuro dicho periodo. Sin embargo, nuestro tiempo y el de nuestra casa, La Tierra, no van muy de la mano que digamos. Según Thomas Browne, el tiempo que podemos concebir apenas se remonta a 5 días atrás antes de nuestra existencia, mientras que, como dice Stephen Gould: «el tiempo profundo es tan difícil de asimilar, tan lejano a nuestra experiencia ordinaria, que se configura como un obstáculo para nuestro entendimiento… es algo tan extraño que solo podemos entenderlo metafóricamente». Con el pasar de los siglos, la esfera del saber se ha ido erosionando hasta precipitarse y dar lugar a la sedimentación de estratos de tiempo específico de cada ciencia.

Las páginas de la Tierra

Dime con qué lo mides y te diré cómo ves el tiempo, decían los abuelos, o algo así. A lo largo de la historia la manera de leer el paso del tiempo fue abordada de muchas maneras y con variados instrumentos. Las concepciones que versan sobre el mismo se han visto claramente reflejadas con estos avances. Artilugios desde el reloj de sol hasta los relojes atómicos, pasando por los relojes de gravitación, arena y los de resorte han sido algunos destacados protagonistas entre tantos otros en la hazaña del hombre por controlar el tiempo hasta ponerlo en su bolsillo.

Nuestro reloj mental se ha acostumbrado a percibir los problemas siempre sesgados por un factor de tiempo, quizás a veces un factor demasiado pequeño (días, horas, minutos). Esto queda muy claro a escala geológica: Si observamos un sistema como la Tierra durante poco tiempo, es posible que observemos muchas fluctuaciones en su estado debido a multitud de parámetros, unos más conocidos que otros. Sin embargo, si abrimos una ventana temporal más grande, quizás seamos capaces de observar una tendencia distinta a la que parecía existir a corto plazo. Uno de los ejemplos clásicos es el caso del cambio climático antropogénico y sobre el que actualmente se cierne un encarnizado debate entre defensores y negacionistas. Observemos este gráfico de abajo donde se muestra la temperatura en un día normal en un aeropuerto de Buenos Aires. Poco podemos decir cuando lo vemos, salvo que a una hora de la siesta hizo un poco más de calor ¡pero qué catástrofe! y desciende hacia el mediodía hasta volver a subir a la noche. Nada anormal a cualquier otro día por ahora ¿no?

Gráficas de tiempo real en la estación Aeropuerto Aeroparque Jorge Newbery  (SABE)

Abramos un poquito la ventana temporal. El de abajo es un gráfico que muestra la variación de la temperatura mensual en el mismo aeropuerto. Aquí ya se observa un patrón algo diferente, aunque las variaciones son oscilaciones suaves con pequeños descensos de la temperatura hacia marzo. Nada que no esperemos.

Cuando miramos cómo fue la temperatura en los meses de enero, febrero y marzo (abajo) parece que todo se empieza a acomodar un poco más, son menores las fluctuaciones, sucede que estamos ampliando nuestro rango de visión del tiempo.

Ahora corramos las cortinas y que entre mucha pero mucha luz. Abajo tenemos un gráfico con las temperaturas globales registradas desde 1880 hasta hoy.

¡Dios mío! ¡Si la temperatura mundial se está disparando! A este paso en unos años vamos a estar friendo huevos en la ruta ¿No estaremos otra vez mirando esto desde un punto de vista temporal muy cercano a nuestro rango? Pero, ya que estamos, ¿Por qué no miramos al clima de la Tierra durante todo el Fanerozoico (desde hace unos 542 millones de años)?

Ahora la cosa no parece tan catastrófica. De hecho, incluso parece que estamos dentro de la tendencia normal para el clima de la Tierra. El clima claramente ha oscilado a lo largo de toda la historia de la Tierra, a veces de una manera más o menos brusca, pero como se puede ver, ¡hasta el tamaño relativo de las oscilaciones depende de nuestra amplitud de miras! Lo único que ahora somos mucho más vulnerables (y responsables) de lo que pasa en nuestro planeta, aunque a veces nos cueste comprender del todo que es lo que le pasa y que es lo que estamos haciendo bien y mal. También nuestra observación a veces viene claramente condicionada por cuanto tiempo estemos observando en realidad. Pero el tema del clima es otro punto aparte.

El tiempo profundo

La mente parecía sentir vértigo mirando tan atrás en el tiempo.

 Te guarde un asiento al lado de la ventanilla para hacer un viaje en tren. Te cuento que es un tren un tanto extraño, pero bastante interesante. Mira, en este instante, nuestro tren está arribando a Escocia. Bordeando los valles y gigantescas montañas que guardan en su interior algunos de los rastros más antiguos del planeta.

Torridon, Escocia.

Vamos a la década de 1750, en este mismo lugar, a ver al hombre que cambió la forma en que pensamos sobre el planeta e incluso la manera en que ideamos acerca de nosotros mismos y acuño bajo nuestros pies este concepto que denominamos «tiempo profundo». Su nombre es James Hutton y al caminar por su campo observó que las rocas tenían cientos de capas sutilmente distintas.

Comprendió que eran bandas de sedimentos que el agua había traído y depositado en diferentes momentos, año tras año, y que lentamente se compactaban para hacer la roca. Entendió que la creación y la destrucción de la tierra no son acontecimientos repentinos y dramáticos del pasado oscuro y bíblico, sino acciones lentas e imperceptibles que se suceden todo el tiempo.

La tierra era creada a partir de los escombros del pasado. Nuestro amigo se había dado cuenta también de que no todas las rocas aparecían depositadas de esa forma, por lo tanto debía de haber otro proceso que las formara. Su fascinación por lo motores en conjunto con su deducción, lo llevó a pensar que un calor central alimentaba los volcanes del planeta (de donde se crearían estas rocas). Quizás el centro de la tierra contenía un poderoso motor térmico.Mira por la ventanilla ¿ves esos ríos? Estamos en Glen Tilt porque dos de los grandes ríos de Escocia se encuentran aquí. El río Dee corre sobre un lecho rocoso de granito rosa. El río Tay tiene un lecho rocoso de arenisca gris.Hutton esperaba que ahí, donde los ríos se encontraban, se encontrarían también el granito y la piedra arenisca.

Y así fue: encontró rocas estratificadas grises con granito rosa inyectado.

Estas son las rocas que encontró: se ve claramente cómo el granito rosado se filtró por las grietas de la roca gris. Para que eso pudiera suceder, el granito debía haber estado casi líquido cuando se encontraron. Si el granito había estado fundido, debía haber una fuente de calor potente en el centro de la tierra, dedujo Hutton.

Con sus observaciones en Escocia, James Hutton había probado gran parte de su teoría de la Tierra como un sistema. En ese momento también se empezaron a observar con más atención los fósiles que se encontraban en las rocas, como un señor llamado Lyell que defendía a capa y espada su idea de que en la tierra los procesos que sucedieron en el pasado son los mismos que suceden hoy (uniformismo) de tal forma que hasta llegó a oponerse a la teoría de la evolución de Darwin que preveía que los organismos se habían transformado a través del tiempo y no volverían a aparecer. Esto, según nuestro amigo Lyell, no podía ocurrir en una Tierra donde todo se repite del mismo modo y sin ningún cambio. Siguiendo este razonamiento, llegó a postular que, cuando los ambientes y los climas del pasado retornen en un próximo ciclo, también lo harán las plantas y los animales que vivieron en esos ambientes: «…El gran Iguanodonte podría reaparecer en los bosques y los ictiosaurios en los mares, mientras que los pterodáctilos podrían volar nuevamente a través de los umbrosos bosques de helechos». Sin embargo, ya cuando estaba más cerca del arpa que de la guitarra terminó por adherir parcialmente a las ideas de Darwin.

Estas observaciones fueron muy importantes para desarrollar de una forma mas certera la edad de la tierra. Dado que esos fósiles solo existieron en un periodo de tiempo determinado y no volverían a existir. La profundidad del tiempo había dejado algunas huellas de su paso en las capas de rocas que observamos. Así comenzamos a comprender que la historia de la tierra estaba constituida por una sucesión  de acontecimientos (muchos de ellos) aún explorables hoy en día.

Estos fueron avances extraordinarios a partir de los cuales se sucedieron muchos otros que nos dieron una idea de lo efímero que es nuestro paso y la vasta historia que tiene el planeta tierra.

Bibliografía

—Brown, Thomas. 2005. El arte de la disgresion. Madrid.
—Gould, Stephen Jay. 1987. La flecha del tiempo. Mitos y metáforas en el descubrimiento del tiempo geológico. Alianza Universidad. Madrid.
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—Pedrinaci, Emilio. (2015). La construcción histórica del concepto de tiempo geológico. Enseñanza de las Ciencias. revista de investigación y experiencias didácticas; 11(3). 215.
—Ramos, Victor A. (2010). El continente de Gondwana a través del tiempo: Una introducción a la Geología Histórica por Juan L. Benedetto. Academia Nacional de Ciencias, 384 págs., 395 ilustr., Córdoba. Impreso en Enero 2010 por Premat Industrias Gráficas S.R.L.. Ameghiniana, 47(2). 262.
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