El día en que desapareció Ettore Majorana

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Había anochecido antes de lo previsto y la niebla no dejaba ver mucho más allá del puerto de Palermo desde las oscuras y desiertas calles sicilianas. Desde allí, Ettore Majorana, una de las mentes más brillantes y con mayor talento para la física, contempla el barco que está a punto de zarpar esa misma noche hacia Nápoles mientras medita sobre su futuro. Nadie podía pensar entonces que aquel 26 de marzo de 1938 sería el día en que el joven físico italiano sería visto con vida por última vez.

TEXTO POR MANEL SOUTO
ILUSTRADO POR MERYW TANUKI
ARTÍCULOS
FÍSICA
19 de Marzo de 2020

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Los oscuros ojos de Majorana están inmersos apreciando la inmensidad del mar, mientras repasa mentalmente las palabras que había dejado escritas en una carta dirigida a su familia. «Solo os pido una cosa: no vistáis de negro, y, si es por seguir la costumbre, poneos solo alguna señal de luto, pero no más de tres días. Luego, si podéis, recordadme con vuestro corazón y perdonadme». Quizás este mensaje lo pudiesen entender como un anuncio de su premeditada e inminente desaparición o percibir como una nota de suicidio. Nunca sería consciente, o tal vez sí, de que su madre, meses después de su desaparición, se dirigiría por carta al mismo Mussolini para que les ayudase en su búsqueda: «Fue siempre una persona juiciosa y equilibrada y por eso el drama de su alma y sus nervios parece un misterio. Pero una cosa es cierta, y así lo dirán todos sus amigos, su familia y yo misma, que soy su madre: nunca dio muestras de trastorno psíquico o moral como para que podamos pensar que se suicidó».

Recuerda también, de forma paralela, los telegramas posteriores que había enviado a Carrelli, director del Instituto de Física de Nápoles, pidiéndole que olvidase aquellas palabras y anunciando su regreso esa misma noche. «Espero que te llegaran a la vez el telegrama y la carta. El mar me rechaza y vuelvo mañana al hotel Bologna, quizás en el mismo barco que esta carta. Pero voy a renunciar a la docencia». Se refería aquí a su decisión de renunciar definitivamente a seguir dando clases tras obtener la cátedra de física teórica en la Universidad de Nápoles, algo que le producía una enorme incomodidad al tener que exponerse públicamente. Alguno de sus colegas diría más tarde que huyó por pánico, por el trauma de tener que enseñar, palabras posiblemente atribuidas a la envidia que sentían, pues Majorana se había presentado a las oposiciones por sorpresa, cuando la terna de ganadores ya estaba decidida antes siquiera de convocar el concurso, como era costumbre. Había decidido participar, por tanto, únicamente para dejar en evidencia a sus colegas, seguro de quedar en primera posición, pero sin una clara vocación por la docencia. En los tres primeros meses de 1938, que serían sus últimos, Majorana solía conversar con Carrelli sobre física al concluir las clases, quien presentía que estaba trabajando en «algo muy importante, de lo que evitaba hablar».

La atormentada mente de Majorana viaja ahora hasta Alemania, donde conocería, a petición de Enrico Fermi, a su admirado Werner Heisenberg, quien había ganado el Nobel de Física un año antes. Recuerda las profundas conversaciones con Heisenberg sobre la teoría de los núcleos atómicos, sus clases de alemán o las partidas semanales de ajedrez en Leipzig. Quizás nunca le llegaría a confesar que, antes de que publicase su famosa teoría describiendo que el núcleo está compuesto de neutrones y protones, Majorana ya había formulado la misma teoría antes, pero se había negado a publicarla incluso llegando a prohibir a Fermi que hablase de ella en un congreso de física en París. Porque Majorana no sentía ninguna necesidad de exhibir su conocimiento, posiblemente tiró a la papelera numerosas teorías merecedoras de un Premio Nobel, pero le divertía el hecho de desperdiciar el agua de la ciencia ante aquellos que estaban sedientos de ella. Durante la Segunda Guerra Mundial, Heisenberg viajaría para visitar a Niels Bohr en Copenhague, algo que podría considerarse como traición pues estaba en el bando contrario, para hablarle del proyecto de la bomba atómica alemana y comunicarle que los físicos que quedaban en Alemania no tenían intención de desarrollarla hasta después de que acabase la guerra.

Solo os pido una cosa: no vistáis de negro, y, si es por seguir la costumbre, poneos solo alguna señal de luto, pero no más de tres días. Luego, si podéis, recordadme con vuestro corazón y perdonadme

En el puerto de Palermo, Majorana rememora de nuevo su etapa de doctorado bajo la dirección de Enrico Fermi, ganador del Premio Nobel el mismo año de su desaparición y exiliado a Estados Unidos, donde participaría posteriormente en el Proyecto Manhattan. Recuerda además el sabio consejo de Emilio Segrè, también ganador del Nobel de Física y participante en el Proyecto Manhattan, para que se centrase en los estudios de física, pues siempre sostuvo que únicamente Majorana estaba a la altura del mismísimo Enrico Fermi. De hecho, la relación entre el discípulo Majorana y el mentor Fermi se tornó de igual a igual cuando competían por resolver complicadísimos cálculos en el menor tiempo posible. Para Fermi y su grupo la ciencia se trataba de un acto de voluntad, para Majorana una condición natural. De hecho, el mismo Fermi reconocería que «hay varias clases de científicos. Están los de segundo y tercer orden, que hacen correctamente su trabajo. Están los de primer orden, que hacen descubrimientos que abonan el progreso de la ciencia. Y luego están los genios como Galileo o Newton. Ettore Majorana era uno de ellos».

A pesar de que es cada vez mayor, la niebla permite distinguir en el muelle la figura de Majorana que sostiene el billete del barco en una mano mientras con la otra se asegura de que su pasaporte y todo el dinero que había retirado del banco esa misma mañana estaba a buen recaudo. El barco zarparía hacia Nápoles, como de costumbre, pero el cuerpo de Majorana nunca sería encontrado hasta la fecha. Fermi siempre sostuvo que «con lo inteligentísimo que era, tanto si hubiera decidido desaparecer como hacer desaparecer su cadáver, lo habría logrado sin ninguna duda».

Existen teorías que sostienen que fue la bomba atómica lo que le aterrorizó hasta el punto de querer desaparecer. En 1931, según Segrè, Majorana se burlaba de Irène Curie y Frédéric Joliot, ganadores del Premio Nobel de Química, quienes habían posiblemente descubierto el neutrón y ni siquiera se habían dado cuenta. Un año antes de su desaparición, Majorana había publicado Teoría sobre la simetría del electrón y del positrón que no llegaría a circular hasta veinte años después. ¿Fue capaz de intuir y prever el terrible suceso que acontecería años más tarde? Corren rumores también de que en cierto convento que el mismo escritor Leonardo Sciascia visitaría siguiendo un rastro casi revelador habitó «un gran científico» retirado. Sin duda, como recordó el jefe de la policía fascista Arturo Bocchini al buscarlo: «a los muertos se les encuentra, son los vivos los que desaparecen».

Referencias

—La desaparición de Majorana. Leonardo Sciascia. Tusquets Editores

 

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