Pioneros exploradores de Marte: los rover

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Aviso: Los marcianos no son de color verde fosforescente. 
Para evitar bulos y falsedades que confundan a los futuros excursionistas humanos, hacemos esta breve guía presentación con algunos de los datos reseñables de que disponemos, pero aún nos falta mucho por saber y entender, que nadie se lleve a engaño.

TEXTO POR ROSA MARÍA HERRERA
ILUSTRADO POR LINONCHO
ARTÍCULOS
MARTE | ROVER
15 de Noviembre de 2021

Tiempo medio de lectura (minutos)

El cuarto planeta en relación con la distancia al Sol y último de los rocosos se nombra honrando al hijo de Juno y de Júpiter (el jefazo de los dioses): Marte, el señor de la guerra. Los sueños infantiles están poblados de marcianos imaginarios, construidos a base de muchas historias leídas o vistas, ocasiones donde la ficción ha querido ir por delante de la ciencia.

Marte, el planeta rojo anaranjado a nuestra vista, es el último de los situados en la considerada zona habitable del sistema solar, tiene una composición rocosa similar a la terrestre y un diámetro ligeramente mayor que la mitad del diámetro terrestre y su masa es un once por ciento de la terrestre.

Sus datos orbitales son parecidos a los de la Tierra. En ese sentido no sería excesivamente problemático adaptar la vida terrestre al planeta, pero hay otras dificultades de vital importancia: la atmósfera, el clima y el agua, por citar los grandes e imprescindibles, que no son cosa de nada o, mejor dicho, que lo son (casi) todo.

Veamos las costumbres parecidas: gira sobre su eje en un periodo un poco superior a veinticuatro horas, o sea que en nuestro vecino «un día es un día»; las jornadas marcianas duran casi lo mismo que las de aquí, con sus horas de luz y oscuridad; y sus estaciones son bastante similares a las nuestras, consecuencia de que la inclinación de su eje de giro (25, 19º) es similar al terrestre.

Diferencias importantes para nuestros ajetreos: la atmósfera marciana es tenue (comparativamente casi unas noventa y nueve veces menor que la terrestre) y está formada por dióxido de carbono (95%), nitrógeno (3%), argón (1,6%) y algunas trazas de agua, oxígeno y metano; en su superficie, se han podido detectar enormes volcanes inactivos y grandes cráteres.

Como está más alejado del Sol que la Tierra, y debido a que su atmósfera es muy débil, Marte es un planeta frío, en especial por la noche, cuando su temperatura cae a –66 ºC. El intervalo de variación de temperatura es mucho más amplio que el terrestre por estos lares.

En 2015, la NASA indicó que hay evidencias de la existencia de agua salada —los surcos en las laderas de los cráteres—, así es que se da la posibilidad de la existencia de alguna forma de vida básica en el subsuelo planetario, aunque hay que considerar que la radiación ultravioleta ambiental debería hacer demasiado difícil que se desarrollase.

Los aficionados a la astronomía con habilidad y costumbre de observación no tienen difícil detectar algunos de sus lugares destacados: el Syrtis Maior (que se parece a la península indostánica) o el «Ojo de Marte» —Lacus Solis—, nunca en la misma noche. El tamaño variable con que se ve Marte desde la Tierra está condicionado por la distancia planetaria en el momento de la observación, en el afelio (distancia de máxima separación del Sol), los telescopios no permiten distinguir aspectos superficiales, pero cuando se aproxima al perihelio (máximo acercamiento al Sol) se detecta el cambio de los rasgos superficiales durante la rotación diaria, y resulta el momento mejor para observar para los aficionados a la geografía marciana.

El mayor volcán conocido del sistema solar está en el «Monte Olimpo», en la meseta de Tharsis, que es la máxima elevación del conjunto planetario de veintiún kilómetros de altura.

Fobos y Deimos: los satélites de Marte

A Marte le acompañan dos lunas diminutas, Fobos y Deimos. Fobos, el más interno, es un poco mayor con poco más de veintidós kilómetros de diámetro; mientras que Deimos supera los doce kilómetros de diámetro. El astrónomo Asaph Hall las detectó en 1877 observando el planeta pacientemente. Ambas son formaciones rocosas irregulares y oscuras que aparentemente no tienen ninguna peculiaridad destacable. Quizá estos dos satélites fueron asteroides que pasaron muy cerca del planeta y quedaron atrapados gravitatoriamente.

Los marcianos, o los visitantes de Marte, saben que Fobos sale por el oeste y se pone por el este, dos veces al día. Así, en una sola noche pasa por todas las fases. Esto sucede muy rápido para nosotros, acostumbrados a la gran Luna. En lenguaje orbital, esto significa que la rotación sobre su eje es el doble de veloz que alrededor del planeta. Su consistencia es porosa y poco reflectora, así que Fobos se acabará haciendo añicos y posiblemente termine convirtiéndose en un anillo planetario, que entre los planetas pequeños y rocosos no es frecuente (de todas maneras, no lo veremos, ya que aún faltan unos cincuenta millones de años). Deimos describe una órbita menos exótica, y sale por el este, para ponerse por el oeste, orbitando Marte alrededor del plano ecuatorial en movimiento circular.

El trabajo de los «rover» en Marte 

En 1997 llegó a Marte el rover Sojourner, que había salido de nuestro planeta en 1996, invirtiendo siete meses en su viaje. La nave de transporte fue Mars Pathfinder (un objeto con aspecto de pirámide espacial), siendo la batería del Sojourner una especie de cubierta de paneles solares. Se interesó por el Ares Vallis y se dedicó a explorarlo: halló que contiene rocas sedimentarias, y da la impresión de que este lugar estuvo inundado anteriormente. La misión que Sojourner realizó estuvo operativa durante ochenta y tres días de Marte (ochenta y cinco terrestres) y dio buena y abundante información.

En 2004, el Opportunity logró posarse en Marte y trabajó incansablemente durante quince años. Durante ese tiempo proporcionó muchos más datos de los que se esperaba, y mostró que hubo una época en que Marte tuvo agua. Una tormenta de polvo lo dejó inservible, porque cubrió las baterías solares y así impidió que se cargaran. Un día de 2019, este rover tan aplicado y trabajador, nos dijo: «no puedo seguir».

Spirit acompañó a Opportunity en su viaje con destino marciano y realizó investigaciones similares a las de su compañero en otra región planetaria: no defraudó. También intentó localizar señales de habitabilidad pasada o presente del planeta. Spirit dejó de funcionar en 2011, pero en su etapa activa envió fotos en color y encontró trazas de agua del pasado, además halló restos volcánicos.

Siguiendo con la tarea de buscar trazas de organismos vivientes, la Mars Science Laboratory, que amartizó en el cráter Gale, puso a prueba nuevas modalidades para posarse en el planeta, donde el Curiosity comenzó su trabajo de búsqueda de habitabilidad pasada (o posible en el futuro). Este rover, que tiene diecisiete ojos (mejor dicho, cámaras) y un brazo robótico con tantos gadgets como si fuera un mini-laboratorio, sigue operativo, y está preparando el terreno para determinar si es posible cierta habitabilidad. Para ello analiza el clima, la geología y proporciona información útil para la exploración humana.

El rover Perseverance, que se puso en órbita a finales de julio en 2020, se posó el 18 de febrero de 2021. Es el quinto rover que envió la NASA al planeta, pesa alrededor de mil kilos —es el de mayores dimensiones— y tomó tierra marciana en el cráter Jezero, con la misión especialista de buscar trazas de vida. Es el ingenio más avanzado y completo de todos los enviados hasta el momento.

Una prueba del enorme interés que despierta el planeta es que se despliegan otras misiones para explorar nuestro vecino; como la sonda Maven, que orbita el planeta desde hace más de una década. Además de estudiar la atmósfera de Marte, ha encontrado fisuras en la ionosfera y ha trazado un mapa de las corrientes eléctricas de la atmósfera. Esto en la Tierra es un asunto complicado por las disrupciones, que a veces causan interferencias o interrupciones en las ondas de radio y que asombrosamente son más fáciles de analizar en la atmósfera marciana que en su distancia mínima es de unos cincuenta y un millones de kilómetros y en la máxima unos cuatrocientos un millones de kilómetros de la Tierra.

Otra misión interesante es la InSight, que visita Marte desde finales del 2018 analizando la formación del subsuelo marciano y trata de averiguar cómo se formó.  Según explican los biólogos que estudian este tema, existen ciertos organismos unicelulares —arqueas metanógenas— que son anaeróbicos y moran (sin oxígeno ni nutrientes orgánicos) en sedimentos de terrenos pantanosos. Experimentos con tierra del desierto de Pampas de la Joya en Perú, que es similar al suelo marciano, han sido útiles para que unos científicos expertos en patatas, en combinación con especialistas de la NASA, intenten preparar un sembrado como si estuvieran en Marte (para ver qué tal y practicar técnicas agrícolas marcianas).

Los científicos españoles implicados en el estudio marciano son los del tiempo. Su responsabilidad de meteorólogos es bonita y no es fácil: miden la temperatura a cuatro alturas, desde el suelo hasta cuarenta metros por encima de los rover, y también determinan la radiación en el mismo nivel del suelo, lo que resulta imprescindible para determinar a qué nos enfrentaremos en futuras misiones humanas. Estos trabajos se realizan en el CAB (Centro de Astrobiología) del CSIC, que contribuye con la estación medioambiental MEDA (Mars Environmental Dynamics Analyzer).

Para el año 2022, la Agencia Espacial Europea y la Corporación Estatal Rusa Roscosmos, han planteado la misión ExoMars, con el rover Rosalind Franklin (en honor a esta pionera del estudio del ADN), el primero de su tipo en combinar la capacidad de recorrer Marte y estudiarlo en profundidad. Este rover recorrerá el planeta recogiendo muestras de su superficie y perforando hasta el interior, analizando in situ la biología y geoquímica de Marte. Su objetivo: buscar evidencia de vida.  

Existen otras tantas misiones planteadas para los próximos años, porque quién sabe si el presente de Marte podría albergar nuestro futuro.

 

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