Una hermana para la célula Celia

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Segundo premio del primer concurso de cuentos infantiles Ciéncia-me un cuento.
Organizado por la Society of Spanish researchers in the United Kingdom (SRUK/CERU).

TEXTO POR ANA ISABEL RODRÍGUEZ
ILUSTRADO POR IRENE SANJUAN
KIDS
BIOLOGÍA | CUENTO
18 de Octubre de 2018

Tiempo medio de lectura (minutos)

Había una vez una célula llamada Celia.

Celia vivía en un tubo de cristal dentro de un laboratorio. Era muy feliz allí, porque podía hacer lo que más le gustaba en el mundo: nadar. El líquido en el que nadaba se llamaba medio y era perfecto para Celia porque estaba calentito y tenía un montón de nutrientes, que es lo que comen las células.

Celia era una célula pequeña y redonda. No tenía ojos, así que no podía ver, pero no le hacía falta, porque solo tenía que flotar durante todo el día. Cuando algún nutriente se cruzaba en su camino... ¡Zas! Se lo comía y continuaba nadando.

La más preciada pertenencia de Celia era su ADN, porque le servía como un manual para saber qué tenía que hacer: cómo podía encontrar comida, cómo nadar, cómo crecer y, en resumen, cómo ser una célula. El ADN es una especie de cuerda muy larga y solo Celia podía entender lo que decía. Como si fuera un libro escrito en el idioma de las células. Por eso, Celia lo guardaba en un bolsillo redondito y bien cerrado, para que no se fuera flotando en el medio. Si alguna vez le pasaba algo a su ADN, Celia se apresuraba a arreglarlo. ¡No quería que se le olvidara cómo ser una célula!

La pequeña célula se sentía muy afortunada, pues tenía, además, un amigo: su cuidador, Ramón. Ramón era un científico que estudiaba la vida de las células y ahora estaba estudiando a Celia. Todos los días cuando llegaba al laboratorio buscaba a Celia con su microscopio y se aseguraba de que estuviera contenta. Entonces, le tomaba una foto y apuntaba lo que Celia había hecho en su cuaderno.

—Buenos días, Celia. ¿Cómo estas hoy? —le decía cuando la veía nadando.
—Buenos días, Ramón. ¡Qué hambre tengo! —le decía ella.

Durante la noche, Celia se iba comiendo todos los nutrientes que se encontraba flotando en su medio, así que al día siguiente apenas quedaban.

—¿Ya te has comido todo? Bueno, espera que voy a ponerte un medio nuevo con muchos nutrientes.
—¡Gracias, Ramón!

Y dicho eso, él ponía en un tubo de cristal un poco de medio con comida y pasaba a Celia con mucho cuidado a su nuevo hogar. Algunas veces, Celia se mareaba un poco y se quejaba:

—Ramón, estoy un poco harta de mudarme todos los días.
—Bueno, Celia, es que eres una célula y no puedes quedarte siempre en el mismo medio.
—¿Por qué no?
—Pues porque te comerías todo y además ensuciarías el líquido. Sería como si yo me quedara encerrado en mi casa con un poco de comida y un poco de agua. Yo necesito ir al supermercado de vez en cuando y tú necesitas cambiar de medio.

Un día, Ramón miro por el microscopio y al ver a Celia le dijo:

—Vaya, estas creciendo muy rápido. Será mejor que te pongamos en un tubo más grande.

Cuando Celia ya estaba en su casa nueva, Ramón aprovechó para preguntarle qué tal estaba y qué había hecho.

—Pues hoy estoy un poco triste. Creo que me siento sola. A veces tú estas aquí en el laboratorio y puedo hablar contigo, pero cuando te vas a casa me quedo aquí, sin nada que hacer, solo flotar.
—Vaya, yo creo que necesitas una hermana célula.

—Bien, ¡dame una, Ramón, por favor! —le pidió Celia.


Ramón se rio.

—No puedo darte una hermana yo, Celia. Tienes que hacerla tú.
—¿Yo? Qué cosas más raras dices a veces, Ramón.
—Sí. Ahora que ya eres mayor tienes que dividirte.

—¿Qué es dividirse? —preguntó Celia.
—Pues una célula se divide para formar otra célula. Entonces hay dos células de donde antes había solo una. Pero creo que todo esto está escrito en tu ADN, ¿no? —dijo Ramón.
—Pues aún no me he leído esa parte. ¿Y cómo me divido?
—Bueno, piensa qué necesita otra célula para nacer y ser como tú.

Celia hizo una lista de cosas que ella tenía. Pero era una célula muy sencilla, solo tenía dos cosas: un cuerpo redondo y su ADN. Pensando y pensando, y leyendo y leyendo en su ADN, se dio cuenta de un problema muy importante.

—Ramón, no sé de dónde sacar otro cuerpo de célula ni ADN nuevo para mi hermana.
—Bueno, puedes compartir.
—Quizás podría compartir parte de mi cuerpo de célula, porque he comido mucho y soy una célula grande, pero no puedo compartir mi ADN. Todo lo que necesito para ser una célula está ahí escrito. ¿Qué pasa si le doy a mi hermana la parte que me dice cómo debo nadar o cómo debo crecer o cómo debo comer?
—Pues tendrás que hacer una copia y dársela a tu hermana.

Entonces Celia empezó a copiar su ADN en un ADN nuevo. Cuando acabó, tenía sus dos copias, pero como el ADN tiene forma de cuerda, cuando puso las dos copias en su bolsillo, se enredaron. ¡Vaya desastre!

—Así no puedo separarlas y no sé qué parte tengo que darle a mi hermana y qué parte debo quedarme yo. ¡Qué lío tengo!
—¿Sabes lo que hago yo cuando se me enredan los auriculares que uso para escuchar música? Hago ovillos, como los ovillos de lana, y así los tengo siempre bien guardados y ordenados.

Celia pensó en hacer un solo ovillo con cada copia, pero iban a ser demasiado grandes, así que decidió hacer un ovillo con cada parte de su ADN: un ovillo para las instrucciones de cómo crecer, otro para las de cómo comer, otro para las de cómo nadar e incluso uno para las instrucciones de cómo dividirse.

—El ultimo problema es que no tengo ojos, así que no puedo ver si mi hermana coge los ovillos que le pertenecen.
—Claro, eso es un problema, porque tu hermana tiene que saber lo mismo que tú, no puede faltarle un ovillo y tampoco puede faltarte a ti.
—Ramón, creo que tengo una idea.

Entonces Celia cogió un poquito de su cuerpo de célula y formo otro cuerpo parecido.

—¡Hola, Celia! —saludó a Celia, muy contenta, la nueva célula—.

—¡Qué contenta estoy de tener una hermana! ¿Cómo te llamas? —le dijo Celia.

—Me llamo Carla. Oye, tengo mucha hambre, pero no sé qué tengo que comer.
—No te preocupes, Carla. Tengo aquí las instrucciones de cómo ser una célula.

Entonces sacó los ovillos y puso juntos los que eran del mismo tamaño, de dos en dos.

—Es muy importante que las dos tengamos el mismo ADN. Por eso, he cogido las dos copias de cada ovillo y las he atado juntas. Tu coges un ovillo y yo el otro de cada par.

Así, Celia sacó los ovillos de ADN que decían cómo comer. Carla cogió uno y ella se quedó el otro. Luego hicieron lo mismo con los ovillos de crecer, los de nadar y los de dividirse, y al poco tiempo las dos podían hacer las mismas cosas.

Al día siguiente, cuando Ramón miró por el microscopio y vio a las dos células, dijo: «Vaya, creo que necesitáis un tubo más espacioso».

Y las dos hermanas vivieron felices en su nuevo tubo, hasta que decidieron que querían hacer la familia aún más grande y empezaron a dividirse otra vez.

 

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