Solo luz y otros hallazgos

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Cuento finalista del tercer concurso de cuentos infantiles Ciéncia-me un cuento. Organizado por la Society of Spanish researchers in the United Kingdom (SRUK/CERU).

TEXTO POR ULISES JESÚS SALDAÑA SALAZAR
ILUSTRADO POR ELVIRA GARCÍA
ARTÍCULOS | KIDS
FÍSICA | LUZ
4 de Febrero de 2021

Tiempo medio de lectura (minutos)

Karla María era una niña feliz que amaba divertirse. Ella se encontraba sentada, en un cómodo sillón de su casa, cuando escuchó una pregunta:

«¿Alguna vez has apagado la luz de tu cuarto, con las persianas hasta abajo, sin que haya la más mínima cantidad de luz visible adentro?»

Karla María observaba, con toda su atención, un video científico en su teléfono inteligente. Las pupilas de sus ojos se hacían pequeñas y grandes como consecuencia de los cambios de luz de la pantalla. El programa continuaba así:

«Habrás notado que tus ojos solo percibían oscuridad en todas direcciones. Incluso tú misma eras invisible para ti».

Karla María, intrigada, pues ella jamás lo había hecho, pausó el video y se levantó dispuesta a realizar el experimento. Se dirigió a su habitación y, al pasar por la cocina, tomó una galleta de chocolate. Rumbo al cuarto, iba disfrutando del dulce sabor del bizcocho cuando se vio interrumpida por su madre:

—¿Adónde va usted, señorita, tan feliz?
—Ag-mig-cuagrr-to —respondió con la boca llena.
—¿Y se puede saber qué come? —Le preguntó su madre con una mirada de juego y sospecha.
—Mmmm… —tragó todo de inmediato y, mientras huía a su habitación, gritó—. ¡Nada!

Al entrar, Karla María cerró rápidamente la puerta de su cuarto y se dirigió hacia las ventanas. Bajó las persianas por completo, cerciorándose que ningún haz de luz lograra inmiscuirse. Aún quedaba una lámpara de escritorio prendida. Se acercó a ella y, desde la alegría del descubrimiento que se aproximaba, la apagó. Entonces, un mundo entero se le reveló: el mundo de la oscuridad. Con su vista y sin moverse, no fuera a ser que pudiera tropezarse, miraba en todas las direcciones posibles. Era cierto lo que había escuchado: todo era negro a su alrededor, incluida ella misma. Daba lo mismo, pues, tener los ojos abiertos que cerrados.

Después, con la luz de su teléfono inteligente, caminó hacia su cama, se acostó y volvió a la oscuridad. Enseguida, comenzó a jugar con la luz de su pantalla: iluminando por momentos su mano y luego perdiéndole de nuevo en la oscuridad.

—Te veo —dijo en voz alta mientras alumbraba a su mano— y ahora ya no te veo —mientras apagaba la pantalla.

Luego hizo lo mismo con sus pies, con la almohada, con el techo y con su muñeca Samanta.

—Solo la luz me permite verte —le expresó a su muñeca, un tanto consternada, y regresó asombrada al misterioso mundo de color negro—. ¿Qué sería del mundo si no hubiera luz? —preguntaba al tiempo que seguía observando en todas direcciones sin hallar nada.

Karla María comenzó a imaginarse que en ese mundo de oscuridad todos se gritarían a la distancia, que habría cuerdas señalando los caminos para no perderse, que todos se abrazarían más seguido para reconocerse, que se olfatearía y lamería todo antes de comerse y que, a través de los sentidos del oído, del olfato, del gusto y del tacto se relacionaría todo el mundo entre sí y con el ambiente. Afortunadamente, mientras haya un sol iluminando el día, no habrá necesidad de preocuparse por un mundo sin luz.

A través de este simple juego, de pensar e imaginar, Karla María había descubierto la principal actividad de los científicos. Ellos son los detectives de la realidad. Buscan entender el por qué ocurre lo que ocurre en nosotros, en el planeta, y más allá de él: ¡de hecho, en todo el universo!

Afortunadamente, este no fue su único descubrimiento de aquella tarde, había otro en camino. Un par de minutos después, recordó que el programa aún no terminaba, regresó a él y escuchó lo siguiente:

—¿Sabías que la luz puede ser vista como una multitud de pequeñísimas partículas llamadas fotones?
—¿Fotones? ¿La luz está hecha de partículas diminutas? —Asombrada se preguntaba a ella misma. El programa continuó:
—De hecho, en este instante, si solo la luz de tu cuarto estuviera prendida, estarías inmersa en aproximadamente cien mil millones de fotones…
—¡Increíble! —gritó Karla María—. ¡Eso suena a muchos!
—Todos y cada uno de ellos —retomaba el locutor del programa— van y vienen, rebotando con todos los objetos del cuarto continuamente. Y es, tras su rebote, que transforman su color inicial, en aquel que distingue al material del que está hecho el objeto.

Los colores que uno ve, de aquellos objetos que no tienen luz, son los colores que no son absorbidos por la superficie del material

El locutor siguió explicando, pero ya era demasiada información y Karla María comenzó a perderse. Tan pronto se dio cuenta de esto, pausó el video, lo regresó hasta donde había entendido y le volvió a poner play.

—Sin embargo —continuaba el locutor—, lo interesante no es solamente esto, sino que su rebote no es completamente eficiente. Cuando el fotón inicial llega a la superficie del objeto, trae consigo todos los colores, pero cuando va de regreso, solo lleva a algunos pocos consigo. Es como si le hubieran robado parte de su identidad. Esto ocurre porque la superficie a la que llega tiende a absorber colores que le son afines, según los átomos de los que esté compuesto. ¡Lo más curioso es que el color, que uno ve de un objeto, es aquel que no absorbió!
—A ver, momento —dijo Karla María—. Yo ya no estoy entendiendo nada.

Entonces, detuvo el video y se sentó en el centro de su cama. La habitación aún seguía oscura. Ella quería entender lo que significaba todo lo que había escuchado. Así que se puso a imaginar:

—Yo soy un fotón —dijo dentro de su cabeza— y traigo una bolsa conmigo. En ella traigo tres frascos de pintura: uno con verde, otro con azul y el último con rojo — pues recordó que en sus clases de pintura le enseñaron que el blanco está hecho, con la misma proporción de tres colores primarios—. Ahora, camino hacia un objeto y al llegar a él soy atrapada y metida dentro de una pequeña cárcel. Ya adentro, para poder salir, me piden que pague con color.
—Necesitamos —dice el policía imaginario, cuya voz grave y masculina, es imitada por Karla María— que nos des todo tu color verde.
—Al pagarle al policía para salir de la cárcel —continúa imaginando y hablando—, solo llevo dos colores conmigo: el azul y el rojo. Si ahora los mezclo obtengo un color morado… ¡Esto quiere decir que llego blanca al objeto y salgo morada! ¡Y el color del objeto que veo es morado porque me ha robado todo el verde!

Al fin había entendido lo que el locutor había intentado explicar: los colores que uno ve, de aquellos objetos que no tienen luz, son los colores que no son absorbidos por la superficie del material. La vida de nuestra niña ya no podía volver a ser la misma. Satisfecha y feliz, se quedó recostada sobre su cama. Ese día, ella había descubierto tres verdades: que lo único que los ojos ven es solo luz, que la luz está hecha de partículas diminutas llamadas fotones y que los colores que observamos a nuestro alrededor son el complementario al color absorbido por la superficie del objeto.

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