Marilla, la poli amarilla

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Cuenta la leyenda que en el archipiélago de Lepi, un conjunto de islas de la provincia de Dópteros, vivía Mari, una revolucionaria y curiosa mariposa que lideró una serie de cambios que fueron fundamentales para modernizar la vida de su reino.

TEXTO POR BORJA IGLESIAS
ILUSTRADO POR BORJA IGLESIAS
ARTÍCULOS | KIDS
MARIPOSAS | PRINCIPIA KIDS
8 de Noviembre de 2021

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Desde oruguita, y antes de desarrollar las preciosas alas amarillas que le hicieron ganarse el apodo de Marilla, ya sentía curiosidad por todo lo que la rodeaba. Preguntaba con interés todos los porqués, y se contaban por cientos los misterios y casos que resolvía investigando por su cuenta. Su fin siempre era el mismo: conseguir respuestas que calmasen sus instintos indagadores.

Bañada por el mar de Insectalia, la vida en Lepi era alegre y festiva durante el día. En cualquiera de sus islas se podían observar todos los colores del arco iris en las vistosas alas de los ciudadanos diurnos. Sin embargo, durante la noche, esa explosión de color se volvía pálida y oscura, y los tonos grisáceos y negruzcos se apoderaban del silencio y de alas de los ciudadanos nocturnos. Tan solo el brillante amarillo de las estrellas y una luz azulada que parecía ir a conjunto con el mar, procedente de un faro en una pequeña isla lejana, alumbraban la vida de los habitantes que podían salir de noche.

Desde los primeros tiempos había sido así. Todo el archipiélago se encontraba bajo esa misma orden: la vida estaba dividida en día y noche, Sol y Luna, color y oscuridad. De día, las mariposas podían hacer sus quehaceres y, de noche, era el turno de las labores que desempeñaban las polillas, policías guardianes del orden que aseguraban que nadie incumpliese la norma.

A Marilla, todo aquello le parecía digno de una investigación especial. Sentía que algo la impulsaba a descubrir los motivos de esa norma divisoria que separaba a los lepidópteros y, decidida a conocer un poco sobre aquel misterio, se lanzó a la calle a preguntar a los vecinos. Fue a la plaza del pueblo y, sin pensarlo dos veces, gritó: «¡Holaaaaa! ¿Alguien puede contarme algo sobre el faro, su luz azul y las polillas? ¿Por qué no podemos salir de noche?».

Repitió la operación durante varios días, pero no obtuvo respuesta alguna. De hecho, lo único que llegaron a contestarle fue que era una pesada y que dejase de investigar, que dónde se había visto a una mariposa investigando, que eso era cosa de policías. Aquello no le sorprendió en absoluto, pues no era la primera vez que le decían que era un poco impertinente preguntando y, lejos de sentarle mal, le dio una gran idea: si eso de investigar era cosa de policías, ella, una enamorada de la investigación y de la resolución de misterios, ¡iba a ser una fantástica policía!

Con la idea de ser la mejor poli del mundo, pidió cita para poder hablar con el alcalde de Lepi.

—Señor alcalde, me gustaría saber qué pasos tengo que dar para convertirme en policía —dijo convencida Marilla—. ¡Quiero ser la mejor poli que jamás ha existido en Lepi!
—¡Eso es imposible! ¡Jamás una mariposa como nosotros podrá ser policía! Solo las polillas, por sus colores oscuros, su forma de posarse siempre en horizontal y su carácter investigador, pueden serlo. Solo hay que verla para saber que usted no puede ser policía. ­No me moleste para este tipo de tonterías, señorita —dijo, cerrando de un portazo tras acompañarla a la salida de mala gana.

A Marilla aquel señor le pareció un completo maleducado, pero su tenacidad le hizo plantearse por qué parecía ser la única mariposa interesada en ser policía. ¿Acaso estaba mal querer serlo? ¿Por qué aquella clasificación tan absurda iba a romper con su ilusión de ser policía? ¿Por ser amarilla? ¿Por posarse de forma vertical? No entendía nada…

Pasaron unos días y Marilla pensó que sería buena idea visitar a sus parientes, a los cuales no veía desde que era una pequeña oruga, para ver si ellos podían aclararles sus dudas. Se preparó para el viaje cargando energías bajo el Sol. Le encantaba desplegar sus alas y sentir como el calorcito poco a poco comenzaba a recorrerle todo el cuerpo.

Al llegar a la zona donde ella creía haber realizado su metamorfosis, se sorprendió al no encontrar a nadie. Pensó que quizás se había confundido de camino, pero estaba prácticamente segura de que aquel era el sitio correcto.

Empezaba a hacerse de noche y Marilla seguía dando tumbos por una zona que le resultaba cada vez más familiar cuando, de repente, de la oscuridad se escuchó una voz:

—¿Adónde va usted? ¿Te has perdido? —le preguntó aquella tenebrosa voz mientras se acercaba a nuestra protagonista.
—Mmmm… me llamo Mari, me dicen Marilla… estoy buscando a mi familia… —respondió nerviosa tragando saliva antes de terminar la frase.

Pero Marilla no tenía nada que temer, aquella voz pertenecía a un primo lejano suyo que justo empezaba a salir de la oscuridad y a acercarse a ella para saludarla con mucha alegría.

—Mari, ¡cuánto tiempo! ¡No puedo creer que seas tú! ¡Tus padres llevan mucho esperando este momento! —exclamó con alegría su primo.

Marilla le comentó que estaba algo cansada, pues llevaba todo el día tratando de encontrar a sus padres y que no daba con ellos. Él la tranquilizó diciéndole que le haría de guía.

Durante el corto trayecto, Marilla tuvo tiempo de bombardear a cuestiones a su recién conocido primo. Ella, seguía teniendo en la cabeza la idea truncada de ser policía y le preguntó por la luz azul y por las polillas. Él, que ya conocía toda la historia, se limitó a responderle un «siempre tan ingeniosa, sabía que tarde o temprano volverías».

Marilla llegó a casa, y su madre, nerviosa, interrumpió el grito de alegría de su padre y se abalanzó sobre ella. ¡Solo podía decir su nombre una y otra vez!:

—¡Mari, Mari, Mari…! —le repetía a gritos mientras la abrazaba y besaba—. Eres completamente amarilla, hija mía, amarilla preciosa.  

La mamá era una mariposa imponente de color anaranjado, llena de motas negras y tramas blancas. Su padre, con un naranja similar algo más intenso, apenas tenía blanco en su cuerpo y en su lugar, destacaba el negro.

Marilla, tras los arrumacos de bienvenida y las muestras eufóricas de cariño y gritos, les habló del faro, de la luz azul y de cómo había decidido volver a visitarlos para saber si ellos podían ofrecerle más información. Fue entonces cuando su madre tomó aire y le dijo que era mejor que se posasen para hablar. Utilizó precisamente eso, la forma de posarse para explicarle que, aunque ella se posase vertical como ellos y tuviese un color amarillo intenso por todo su cuerpo, en realidad no era una mariposa… pero no pudo terminar la frase.

Fue el padre quién, armándose de valor, retomó el discurso materno. Le dio la noticia, terminando la frase de su madre, diciéndole que ella realmente no era una mariposa, sino una polilla. Lo hizo con la mayor naturalidad que el momento le permitía. Le contó la historia de la noche en la que nuestra Marilla, justo al desarrollar sus alas, se marchó atraída por esa gran luz, y que ellos por la mañana, al darse cuenta, fueron en su búsqueda, pero no consiguieron encontrarla.

Aunque ellos trataron de evitar que pasase, con sus constantes visitas, mientras ella estaba en fase de pupa, ambos sabían que aquella luz azul y la Luna atraerían a su pequeña, como buena polilla que era.

Marilla, lejos de estar triste, les agradeció el hecho de que la adoptasen en su momento y no le pidió más explicaciones. Intentó que no se sintiesen mal y, algo en su mente se encendió.

—Mamá, papá, tengo que volver a seguir esa luz. Pero no preocuparos, esta vez va a ser por algo positivo; salgo ya, volveré en unos días —dijo segura y con una meta que cumplir.

De esta manera, Mari volvió a la isla del faro. Siguió la luz, pero esta vez no se perdió a mitad de camino preguntando y curioseando sobre el mundo que la rodeaba. Esta vez tenía un objetivo.

Y cuenta la leyenda, que Marilla llegó al faro, y que habló con los comandantes que redactaban y vigilaban el cumplimiento de las órdenes. Y que convenció al alcalde para que le dejase hacer las pruebas, haciéndole ver que el color de sus alas, su forma de posarse y el ser o no una polilla, no la hacían mejor o peor policía.

Así, no solo se convirtió en la mejor inspectora que los lepidópteros jamás tuvieron, sino que consiguió que las órdenes cambiasen y que el aspecto físico no importase para clasificarlos de forma artificial en roles diurnos o nocturnos, no solo para las polillas, sino también para las mariposas.

Desde ese día, la clasificación antigua se extinguió y la moderna se instauró como la única válida aceptada y, aunque a veces se utilice la clasificación tradicional diurna-nocturna en las reuniones familiares para conocer quién es hijo de quién, las nuevas órdenes impulsadas por nuestra querida Marilla se mantienen hoy vigentes.

Y, vosotros, lectores y lectoras, recordad que vuestra apariencia, etnia o cultura no determina vuestra inteligencia, quiénes sois, lo que hacéis o qué queréis ser. Así que, perseguid vuestra propia luz azul.

 

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